lunes, octubre 27, 2014

Postergacionitis


Una de las principales causas de nuestro atraso económico y social puede atribuirse a nuestra reducida productividad y rendimiento microsocial. Lo que en buena medida puede deberse, entre otros factores, a lo que los psicólogos behavioristas han bautizado técnicamente como "procrastinación", tendencia a retrasar actividades importantes con metas relativamente precisas en el tiempo. Este es un fenómeno consuetudinario de nuestro comportamiento individual que tiene efectos micropsicológicos y macroeconómicos perjudiciales.

Nuestra tendencia habitual a postergar tareas importantes, realizando –a cambio– trabajos de poca importancia o menos estresantes, a la larga afecta para mal las acciones de la vida diaria personal, alcanzando hasta a un 50% de la población. Todos caemos en esta anomalía de vez en cuando. Sin embargo, si llega a ser permanente, se convierte en patología y, como tal, en trabajo para psiquiatras.

Son bien conocidos los casos paradigmáticos de procrastinación: los burócratas que dicen que “pronto” aprobarán todos los trámites pendientes, ministros y congresistas que juran que “en pocos días” aprobarán una ley para resolver el problema de la inseguridad ciudadana, los policías de tránsito que se comprometen –“desde mañana”– a no cobrar nunca más coima alguna, etc.

Se sabe que son pocos los que cumplen esas metas y muchos los que postergan –una y otra vez– la meta autoimpuesta (entre 15% y 20% de los mayores de edad). Y nótese que quienes sufrimos de ‘postergacionitis’ siempre tenemos una excusa supuestamente bien justificada para demorar o incumplir lo propuesto. Como tal es parte sustancial de nuestra “cultura nacional”. Las causas de esta anomalía son diversas: falta de autocontrol, autosobrevaluación, débil voluntad, temor al fracaso, irresponsabilidad, autoengaño, inestabilidad emocional o una combinación de varios.

Son dos las opciones –desde extremos opuestos– para acabar con la procrastinación. La más adecuada ha sido detectada por el psicólogo Dan Ariely para el caso de la elaboración de monografías por parte de estudiantes universitarios. A base de sus experimentos, se concluye que el mejor método consiste en que los estudiantes presenten dos o tres avances del trabajo a lo largo del semestre. Los que respetaban esta norma por etapas obtenían la mejor nota y los que elaboraban y presentaban el trabajo a última hora pasaban con las justas. Este principio de cumplir lo propuesto “por etapas”, más que “de golpe”, es perfectamente aplicable a la mayoría de casos en que nos amenaza la procrastinación.

Un método más cruel, en apariencia exitosamente comprobado, consiste en ajustar a quienes han caído en la ‘postergacionitis’ una pulsera parecida a un reloj, que se conoce como Pavlok (en honor al fisiólogo ruso Iván Pavlov). Según los hábitos o comportamientos que uno quiere modificar, ese aparato le avisará si no está cumpliendo su promesa. Primero le advierte de su retraso con una vibración (un ‘rin-rin’ o ‘pip-pip’), cuyo sonido va aumentando a medida que se reduce el tiempo para cumplir la autopromesa. Si ello no funciona, le propina automáticamente un electroshock que puede pasar paulatinamente de 50 voltios hasta los 340 [sic]. Este artefacto costará US$200 cuando salga al mercado a mediados del próximo año. Ya se han ordenado mil pedidos, aunque usted no lo crea.

FUENTE. El Comercio, octubre 17, 2014; p. A18.
(http://elcomercio.pe/politica/gobierno/postergacionitis-jurgen-schuldt-noticia-1766817).

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Sobre el mismo tema, véase el Editorial de ‘El Comercio’: ¿Procrastinación congresal?
Diciembre 2, 2014; p. A18 (http://elcomercio.pe/opinion/editorial/editorial-procrastinacion-congresal-noticia-1774579).

Es imperativo que la Junta Directiva priorice los temas de mayor relevancia para el país antes de fin de año.

La procrastinación es la mala costumbre de dejar las cosas para último minuto. El riesgo de esta, por supuesto, es que uno se quede sin tiempo de cumplir sus objetivos o los cumpla mediocremente. Sin embargo, el mayor problema y, el que más debería preocuparnos, es cuando la procrastinación se convierte en una táctica política de dilación de temas espinosos. Esto último es, precisamente, lo que parece estar sucediendo en el Congreso. Efectivamente, ayer dimos cuenta de cómo, a tan solo dos semanas del fin de la primera legislatura ordinaria, todavía no se ha formado la comisión que investigará el caso de Martín Belaunde Lossio y cómo tampoco parece haber voluntad alguna de discutir el tan esperado informe de Alexis Humala.

En lo que toca a Belaunde Lossio, preocupa que pareciera que el oficialismo intenta retrasar la formación de la comisión que investigará los lobbies que este habría realizado para ganar licitaciones del Estado y de indagar acerca de su posible relación con la pareja presidencial. Prueba de ello es que, después de descartada la intención inicial del nacionalismo de ocupar dos de los siete asientos en la referida comisión, ahora se presenta en el Congreso un nuevo ‘impasse’: los dimes y diretes sobre qué congresista la presidirá. En lugar de que desde el partido oficialista se logre llegar a consensos que permitan que se instale la comisión lo más pronto posible, Perú Posible ha avivado el debate al presentar como candidato a la presidencia de la comisión a Yehude Simon, lo que ha generado fuertes reacciones de la oposición, quien asegura que él no ofrece las garantías para realizar una investigación independiente al Gobierno, pues su partido forma parte de una alianza con Gana Perú. La cercanía entre Simon y el nacionalismo se evidenció, entre otras cosas, cuando aquel votó en contra de acusar constitucionalmente a Omar Chehade, entonces vicepresidente de la República envuelto en el escándalo del restaurante Brujas de Cachiche.

El tema de quién sería la presidencia de la comisión es tan delicado que, inclusive, el PPC ha amenazado con retirarse de la comisión si Simon sale elegido. Lo cierto es que a poco del fin de la legislatura el ruido político no deja ver la luz al final del túnel y amenaza la instalación de la comisión.

Y si de dilaciones se trata, llama también la atención que la Junta Directiva del Congreso todavía no haya puesto en agenda el informe de la Comisión de Fiscalización y Contraloría que recomienda denunciar penalmente a Alexis Humala (hermano menor del mandatario), quien habría incurrido en usurpación de funciones cuando se presentó en Rusia en nombre del presidente electo. Este informe tiene más de un año y medio durmiendo en el Parlamento y, sin embargo, aún no ha podido ser discutido. Esto es especialmente preocupante, pues cuando la presidenta del Legislativo, Ana María Solórzano, asumió su cargo se comprometió a no ocultar ninguno de los casos pendientes.

Por supuesto, hay otros temas de vital importancia para el país que no han sido abordados debido a una procrastinación pura y dura, es decir, una gran incapacidad de gestión. Un claro ejemplo de esta es el hecho de que todavía no se haya designado al defensor del Pueblo. Hace más de cuatro años que la defensoría está sin titular debido a la desidia de nuestros parlamentarios en elegir a un sucesor, lo que da luces de cuánto le importa a nuestros congresistas esta institución.

Sea por la razón que fuere, los anteriores casos demuestran que nuestro Parlamento está muy lejos de definir claramente sus prioridades. Mientras no tenemos la Comisión Martín Belaunde Lossio ni un pronunciamiento sobre el caso de Alexis Humala ni un defensor del Pueblo, el Congreso ha destinado gran parte de su tiempo a discutir proyectos de menor importancia para el país, como la prohibición del uso de celulares en los salones de clase, la pertinencia de que el nuevo sol pase a llamarse simplemente sol o buscar ponerle nombre a nuestro cielo. El Parlamento tampoco pierde el tiempo con los diversos eventos que incluyen payasos en el hemiciclo y los múltiples homenajes y distinciones a diversos personajes. El más reciente: nuestro querido amigo Melcochita.

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