lunes, mayo 26, 2014

Comida Chatarra

Acaba de cumplirse un año desde que se promulgó la Ley 30021, Ley de Promoción de la Alimentación Saludable para Niños, Niñas y Adolescentes. Dos meses después, julio del 2013, debió publicarse el reglamento respectivo. Como van las cosas, parece que quedará para las calendas griegas, aparentemente por la oposición de ciertos anunciantes, industriales y distribuidores, a quienes supuestamente perjudicaría la ley. 

Hagamos un ejercicio de ciencia ficción. De haberse publicado la mencionada norma en su momento, se habrían sentado las bases e implementado medidas para bien de la salud de los menores de 16 años, tal como se desprenden de la ley.

1) El año pasado el gobierno ya habría presupuestado, y el Ministerio de Salud habría puesto en marcha, el Observatorio de Nutrición y de Estudio del Sobrepeso y de Obesidad (artículo 5 de la ley), que recogería datos, a escala nacional, para evaluar los niveles de sobrepeso y obesidad vigentes, y el impacto de las políticas públicas en los niveles de nutrición y salud de los menores.

2) En todas las instituciones, tanto de educación básica regular como de aquellas de la salud, ya se habrían instalado quioscos y comedores con comida saludable (artículo 6). 

3) Toda la población y particularmente los padres de familia y los directores de colegios y clínicas estarían enterados de la detallada lista de alimentos saludables que el Ministerio de Salud publicó en el anexo a la Resolución Ministerial 908-2012/Minsa (noviembre del 2012). En él figura una lista de comida sana, en cinco categorías que facilitan el cumplimiento de lo establecido por la ley: cereales; frutas, vegetales y tubérculos; líquidos; lácteos y derivados; y alimentos preparados. 

4) Los gobiernos locales ya estarían fomentando la realización de múltiples juegos infantiles en espacios públicos, mientras las instituciones de educación básica estarían promoviendo la práctica de los deportes en una cantidad mínima diaria de horas ajustada a la edad de los infantes (artículo 7), la que rebasa la que se ejercitaba.

5) La publicidad de los medios de comunicación ya se basaría en el principio de veracidad y ya no aceptarían los anuncios que utilicen los tradicionales trucos del márketing que, en algunos casos, distorsionan los patrones de consumo (artículos 8 y 9).

6) En cada producto alimenticio y bebida no alcohólica se estarían consignando los niveles de azúcar, sodio, grasas saturadas y trans que contienen (artículo 10).

¡Qué bueno sería si todo lo antedicho se estaría cumpliendo! Por cierto que para que ello suceda no basta disponer del reglamento. Ya es hora que asuman su responsabilidad los padres de familia y demuestren su liderazgo las Apafas, los directores de colegios y centros de salud, los profesores y las empresas ligadas al sector de alimentos. Cuidar la salud no es algo que pueda seguir postergándose, sabiendo que dos de cada diez sufren sobrepeso y riesgo de obesidad.

Sobre este asunto tan trascendental acaba de publicarse un libro de ensayos de 15 autores que evalúan minuciosamente la ley, comparativamente y en el contexto nacional, así como las causas y propuestas de prevención para evitar los vergonzosamente elevados y crecientes niveles de sobrepeso y obesidad que se observan entre los menores de la nueva generación. Se trata de “Comida chatarra, estado y mercado”, editado por María Matilde Schwalb y Cynthia Sanborn. Lectura obligatoria y urgente para todos.

FUENTE. El Comercio, Opinión, mayo 26, 2014; p. 20 ( http://elcomercio.pe/opinion/columnistas/comida-chatarra-jurgen-schuldt-noticia-1731891).

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P.D.: Junio 10, 2014. Véase la interesante (e interesada) crítica al texto anterior, en: http://elcomercio.pe/opinion/colaboradores/aplicacion-norma-ivo-gagliuffi-noticia-1735155 .
 

miércoles, mayo 07, 2014

Crecimiento y Bienestar



Políticos, empresarios y analistas dan por sentado que el crecimiento económico incrementa también la satisfacción subjetiva o felicidad de las personas. Comparten esta “teoría” la gran mayoría de economistas, para quienes siempre “más es mejor”, refiriéndose al hecho que mayores ingresos inevitablemente dan lugar a superiores niveles de bienestar. Esta “teoría” ha sido derrumbada en el transcurso de la última generación, en la que ha aparecido una miríada de artículos académicos y libros, sobre la base de los cuales se ha constituido una nueva subdisciplina de la ciencia económica, teórica y empíricamente bien fundamentada: La Economía de la Felicidad.


Fue el economista Richard Easterlin quien primero demostró que -según las encuestas realizadas en países “desarrollados”- el bienestar subjetivo no había aumentado a lo largo de las últimas generaciones a pesar del enorme crecimiento económico logrado durante el periodo de post-guerra. Este fenómeno es conocido como la “paradoja de Easterlin”, de acuerdo a la cual a partir de un cierto nivel de ingresos anuales por habitante (en torno a los 10.000 a 15.000 dólares del año 2002), el nivel de bienestar subjetivo se estanca por más que crezca el PBI, por lo que también se ha dado a conocer como la “tesis del umbral”.


A manera de ilustración puede presentarse la mencionada paradoja en base a dos experiencias que la constatan, si bien también se han demostrado para muchos más países, incluso en algunos “subdesarrollados” con menores ingresos por habitante que el marcado por el supuesto umbral. Baste observar los gráficos siguientes. En el izquierdo se presenta la evolución del PBI real per capita de EEUU que se duplicó entre 1945 y 1995, mientras que el bienestar subjetivo creció inicialmente para caer a partir de 1973 y mantenerse estancado de ahí en adelante en 2,2 puntos sobre un máximo de satisfacción de 4. En el diagrama de la derecha se presentan los datos del Japón, cuyo PBI real p.c. se quintuplicó entre 1958 y 1990, pero el nivel de “satisfacción de vida” prácticamente permaneció constante en torno a un índice promedio de 2,7 puntos, observándose una leve tendencia a la baja en el largo plazo (con todo, serían más felices que los estadounidenses).

 



Ante este curioso fenómeno, a manera de digresión, cabría preguntarse porqué todos los economistas –y detrás de ellos, los gobiernos- buscan estimular el crecimiento económico sin límites y al máximo ritmo posible, cuando a partir de cierta valla de ingresos por habitante el bienestar subjetivo se estanca, acompañado por cierto hartazgo y soledad. La respuesta es muy sencilla: en las economías capitalistas de mercado, si no aumenta el consumo (no importa de qué chucherías) y, con éste, de la demanda agregada, se retrae la inversión. Con lo que disminuye la producción y el empleo. Un círculo vicioso irremediable, motorizado por fuerzas endógenas y patológicas características del sistema económico-político. De donde, como es bien sabido, vivimos en sociedades en el que el ser humano está al servicio de la economía y no a la inversa, como debería ser. De estos planteamientos, sobre todo en Europa, ha surgido toda una corriente de pensamiento en torno a la necesidad del “decrecimiento”, que plantea -con buenos fundamentos- la necesidad de instaurar un modelo de desarrollo que tienda a reducir el uso de energía y materia en el proceso de acumulación-producción-consumo, asociado a otra corriente conocida como Bioeconomía. Utopía que, por cierto, no se hará realidad sino cuando sea muy tarde, para cuando se materialice la catástrofe ecológica que muchos científicos pronostican para mediados del presente siglo.


Bajando a tierra, convendría preguntarse por la situación específica que en materia de bienestar subjetivo se estaría dando en el Perú. Latinobarómetro (LB) encuesta anualmente (desde 1997) a una muestra representativa de ciudadanos (entre 1.000 y 1.200) de los países latinoamericanos en torno a su autopercepción de bienestar. La pregunta que se les plantea a los encuestados reza así: “Diría usted que está… ´Muy Satisfecho’, ‘Bastante Satisfecho’, ‘No Muy Satisfecho’ ó ‘Para Nada Satisfecho’”. Sumando las dos primeras alternativas –sobre la base de la última encuesta, de junio 2013- se llega a un promedio de 77% de satisfechos en los 18 países latinoamericanos incluidos. Ocuparon entonces los dos últimos lugares Perú (59%) y Bolivia (58%). Lo que contrasta con los más satisfechos: Panamá (89%), Costa Rica (88%), República Dominicana (87%) y Colombia (85%).


Estos resultados son muy interesantes, pero el resto de la encuesta de LB –a pesar de la valiosa pero enorme cantidad de preguntas que plantea- no intenta averiguar los motivos de la satisfacción/insatisfacción de los ciudadanos. Tampoco parecen existir estudios rigurosos sobre este aspecto en el país. Lo que nos obliga a plantear algunas hipótesis para tratar de entender las causas de la tan elevada cantidad de ciudadanos insatisfechos con la vida que llevan en el Perú (41%). Me aventuro a plantear las siguientes conjeturas -basadas en el marco teórico y algunas tesis expuestas por los “felicitólogos” en torno a esas sensaciones negativas, reales o imaginadas. En nuestro caso, las causas de la insatisfacción están a la mano y se han venido dando a pesar de las elevadas tasas de crecimiento económico del 7% de los últimos diez años; lo que significa que se duplicó el PBI. 


De una parte, no es sólo la muy desigual desigual distribución del ingreso (que ha disminuido en algo), sino la extrema inequidad existente en términos de riqueza y activos, así como la elevada y creciente diferencia de los ingresos absolutos entre los estratos bajos y altos lo que explica la desazón. 


De otra parte, tesis central de los “felicitólogos”, es el explosivo crecimiento de las aspiraciones, para cuya cobertura no alcanzan los ingresos, seguramente el factor principal de la frustración. Sin duda, consecuencia de los más variados factores derivados de: el bombardeo publicitario; por lo que ven calles, centros comenerciales y televisores; por la innecesaria competencia que es tan común entre vecinos y compañeros por mostrar sus supuestos éxitos y méritos en base a los bienes que puede mostrar; por presión social derivada de los patrones de consumo de los estratos altos, etc. No en vano tanta gente malgasta su dinero en los casinos y en la compra de loterías. Todo lo que viene acompañado por el abundante crédito disponible a tasas de interés exorbitantes (de 80% a 200%), que permiten adquirir bienes de consumo con 4 o 5 luminosas tarjetas de crédito que se ofrecen a manos llenas y se usan en carrousel. Por lo que a nadie deben sorprender las elevadas y crecientes tasas de morosidad.


Otra hipótesis consistiría en argumentar que sus ingresos no aumentaron en los últimos meses o años, como el ciudadano promedio se había imaginado y esperado en un país que se decía era el jaguar sudamericano. Además, el desasosiego proviene de las negativas expectativas que se tienen hoy respecto al futuro de la economía (dada la desaceleración de las economías china  sudamericnas), de donde la población considera que sus ingresos no aumentarán al ritmo esperado o al del experimentado en los años de bonanza.


Finalmente, entre muchos otros factores, las “externalidades” negativas que provienen de los más diversos ámbitos también están contribuyendo al malestar ciudadano: del medio ambiente familiar, social, físico e institucional. Los más notorios y obvios serían el de: la rudeza familiar y la destrucción de la vida nuclear; la inseguridad ciudadana por efecto de la delincuencia y el narcotráfico; la corrupción creciente; el desprestigio del poder judicial, del poder legislativo y, sobre todo, de los partidos políticos; la congestión del tráfico y la insoportable polución urbanos; etc.


En todos los casos, a lo largo del tiempo, se ha ido expandiendo una sensación de frustración creciente y reprimida, excepto aquella que se desfoga después de un Clásico. Quedaría, por tanto, como elemento común y esencial de ese desasosiego y malestar relativamente extendido el hecho de que la mayoría de peruanos no pueden alcanzar lo que todos desearían (sin ser demasiado exigentes), sea por razones materiales (falta de ingresos y activos), psicológicas (desigual distribución de la riqueza), sociales (solidaridad declinante, dispersión del núcleo familiar), institucionales (corrupción generalizada) o políticas (impotencia frente a los abusos y el autismo de los poderes fácticos, descrédito generalizado de los poderes judicial y legislativo, etc.).


Por cierto, que en el trasfondo de estos factores encontramos que los ciudadanos-consumidores “modernos’ tienden a valorar cada vez más los “bienes posicionales” (mercancías/cosas) que los bienes “relacionales”, que son los que –junto con el ocio- más bienestar rinden: las relaciones familiares; los amigos del barrio, del colegio, de la universidad; los colegas del trabajo; los clubes de deportes, baile, música; la soledad de la lectura; etc.


Es una lástima que, una vez más, se hayan desaprovechado las enormes oportunidades que ofrecía la bonanza macroeconómica para implementar las reformas que desde tanto tiempo se han venido proponiendo desde las más diversas opciones político-ideológicas. 


FUENTE. Hildebrandt En Sus Trece, mayo 7, 2014. 

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Recomiendo la lectura de un excelente artículo complementario sobre este complejo tema:

“¿Tiene efecto el dinero sobre la felicidad de las personas?”.  En: El Comercio, mayo 25, 2014 (http://elcomercio.pe/economia/peru/tiene-efecto-dinero-sobre-felicidad-personas-noticia-1731607?ref=nota_economia&ft=mod_interesa&e=titulo)

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