sábado, febrero 07, 2009

Placebos para afrontar la Crisis


En los próximos días Obama logrará la aprobación de su monumental paquete de ‘recuperación económica’, equivalente al 10% del PBI, para enfrentar la debacle de los EEUU y sus reverberaciones planetarias. A pesar del loable esfuerzo por mejorar la educación, la infraestructura y la salud de la sociedad norteamericana en el largo plazo, en nuestra opinión esa multimillonaria inyección de recursos no permitirá reactivar sostenidamente la economía, tanto por el erróneo diagnóstico de la crisis por la que atraviesa, como por la incomprensión sobre la forma en que se desenvuelven los procesos de acumulación productiva en las economías capitalistas de mercado.


Y es que en EEUU el gobierno ha resucitado ingenuamente a Keynes, cuando debió desenterrar atrevidamente a Schumpeter. Mientras el primero creía que bastaba expandir la demanda interna a través de un mayor gasto e inversión pública y algunos recortes tributarios, que ciertamente pueden resultar necesarios para reactivar temporalmente una economía en recesión, el segundo argüía que son básicamente las ‘innovaciones’ tecno-económicas revolucionarias las que permiten dinamizar la acumulación de capital y despertar los ‘espíritus animales’ de los empresarios en el largo plazo. Los acólitos de Keynes no se percataron que lass recetas de expansión de la demanda sólo resultaban efectivas si existían esas bases reales -desde el lado de la oferta- para asegurar el incremento acelerado de la producción gracias a los incrementos en la productividad. Como efectivamente sucedió durante los ‘Años Dorados’ de posguerra (de 1945 a 1973), en que el PBI mundial creció al 6% anual y el comercio internacional al 11%.


Desde los años setenta en adelante, sin embargo, el crecimiento se redujo sustancialmente, con lo que se cumplió la hipótesis de las ‘Ondas Largas de Kondratieff’, de acuerdo a la cual las economías industriales avanzadas crecen a elevadas tasas durante dos o tres décadas, pero que luego declinan como consecuencia de la sobreproducción a la que lleva el optimismo ciego de los mercados y que señaliza el agotamiento de las innovaciones en los sectores productivos claves, desacelerando su desenvolvimiento por un lapso prolongado parecido hasta que surge una nueva manada tecnológica. Es esa la historia de sobresaltos repetitivos del capitalismo desde que se procesó la Revolución Industrial de fines del siglo XVIII, en que hemos transitado por cuatro de esos extendidos ciclos y no sabemos cuándo ni cómo se daría el siguiente salto cualitativo que permita rejuvenecer su aparato productivo.


Es decir, las medidas que se vienen adoptando en EEUU y otros países, no tendrán sino efectos temporales, ya que no se están dando en un entorno de innovaciones en los principales sectores reales y en el campo institucional. Ese también fue el caso de la burbuja ‘dot.com’ que reventó prematuramente en el año 2000, fenómeno que se volvió a repetir con la burbuja hipotecaria del año pasado. Todas éstas simples reactivaciones pasajeras, alentadas engañosamente por paliativos –como la drástica reducción de las tasas de interés- que no afrontaron el problema de la caída de la productividad que caracteriza la senectud del sistema productivo.


El domingo pasado en el New York Times, David Leohnhardt (“The Big Fix”) ha planteado bien el problema al responder a la cuestión de dónde provendría el estímulo para dar lugar a una reactivación económica sostenida: “No es probable que Wall Street cure los problemas económicos del país. Tampoco, obviamente, lo es Detroit. Ni lo es Silicon Valley, por lo menos no por sí mismo. Mucho antes que explotara la burbuja hipotecaria, los grandes incrementos de productividad que llevaron al auge tecnológico de los años noventa parecían estarse desplomando, lo que sugiere que la Internet puede no ser capaz de alimentar décadas de crecimiento económico en la forma en que lo hicieran los inventos industriales de principios del siglo veinte. El crecimiento económico anual de la década actual ha sido el más lento de todas las décadas desde los años treinta del siglo XX”. Lo que refleja precisamente la falta de innovaciones schumpeterianas y que se refleja en el hecho de que la productividad promedio ha ido cayendo a la mitad en los últimos años (de 2,4% anual a 1,1%), osteoporosis particularmente notoria en la reducción de la competitividad norteamericana en sectores estratégicos como el automotriz, el de servicios financieros y el de las tecnologías de la información.


A todo ello se agrega que, recordando a Mancur Olson, la conformación de grupos de interés (‘vested interests’, ‘pet constituencies’, ‘sacred cows’, ‘special-interests’ y similares expresiones) que concentran cada vez más poder, el que aprovechan para obtener favores del gobierno (si es que no ocupan directamente los cargos claves), logrando la aprobación de leyes sesgadas, el nombramiento de reguladores que miran al costado, el otorgamiento generoso de subsidios, la reducción de impuestos directos y similares. Y lo que es más grave, son precisamente esas fracciones de clase las que en EEUU se han constituido en los principales obstáculos para el desarrollo de innovaciones schumpeterianas, tal como las que actualmente podrían germinar en torno a la biotecnología, la robótica, los nuevos materiales, las energías sustitutas, etc.


En pocas palabras, hay que reconocer que son muy audaces y aparentemente sensatas las medidas que se vienen adoptando en EEUU y en otras economías avanzadas, tales como la más eficaz regulación financiera, las reducciones drásticas del precio del crédito, las dirigidas a conseguir una mayor competencia en los mercados de productos, los mayores gastos públicos y las menores tasas impositivas, los salvatajes y recapitalizaciones bancarias, la apertura a los mercados externos y similares. Sin embargo, ninguna surtirá efectos duraderos porque no se sustentan en sustantivas revoluciones schumpeterianas. Ésas no aparecen aún en el horizonte, por más esperanzas que se hayan abrigado en torno a las mencionadas innovaciones potenciales. Lo que desafortunadamente aboga a favor de quienes consideran que la crisis norteamericana actual durará bastante más que 12 meses y que podrá extenderse por 12 años más… quizás con algunos sedantes y pompas de jabón de por medio, pero que no resuelven los problemas de fondo para garantizar un crecimiento equilibrado y sostenido de esa economía y, consecuentemente, de las del resto del mundo dependiente del Imperio.


Fuente: The Economist, febrero 12, 2009.