viernes, junio 22, 2007

La Camisa de Fuerza

En sus Cuentos Chinos, el último bestseller de Andrés Oppenheimer, leemos que en Latinoamérica “la falta de consenso está impidiendo adoptar políticas de estado que alienten la inversión productiva a largo plazo. Sin embargo, la experiencia europea demuestra que los consensos internos se pueden lograr, en condiciones favorables, desde afuera”. Así, el ingreso de España y Portugal a la Unión Europea “les sirvió de vacuna contra el populismo y los extremismos políticos”. De manera que ese proceso les habría servido como un “pacto de previsibilidad” que los obligó a adoptar “políticas económicas responsables y reglas democráticas inflexibles”. Con lo que, termina pontificando el autor, “los países latinoamericanos necesitamos lo que funcionó tan bien en Europa: una camisa de fuerza”.

Lo que me recuerda una ‘receta’ parecida de uno de nuestros más lúcidos expresidentes del Banco Central, quien –poco después de firmar un Acuerdo Contingente con el FMI- decía algo así como: “En realidad no necesitamos el dinero que nos aseguraría esta Carta de Intención, pero la hemos firmado para asegurar la disciplina económica interna”, por supuesto que muy ortodoxa. Como esa mágica poción no llegó a funcionar para encaminarnos por la ruta de un crecimiento sostenido, hoy en día el brebaje que nos ofrecen los buenos economistas consistiría en lograr lo mismo y mucho más por medio de Tratados de Libre Comercio. Incluso Robert B. Zoellick, seguramente el próximo presidente del Banco Mundial, quien lideró el equipo negociador de ese país durante las primeras rondas del TLC, reconoció que “los tratados comerciales pueden ser más útiles que el FMI para conseguir que los países en desarrollo hagan reformas”. Por lo que no es necesario revisar con mucha acuciosidad el articulado del TLC para llegar a la conclusión de que se trata casi literalmente de una nueva e informal Constitución Económica para el país, inspirada en los intereses de Washington que sorprendente y respetuosamente coincide con y refuerza los principios más perversos de nuestra Constitución Política de 1993 y del actual modelo primario-exportador de acumulación.

Lo que va a contracorriente de la esperanza que muchos teníamos respecto a la posibilidad de un desarrollo socialmente incluyente a partir del uso de los excepcionales excedentes de explotación que se han logrado durante los últimos años. Ingenuamente creíamos que el esquema exportador de recursos naturales no renovables, que explica gran parte de la temporal bonanza macroeconómica, permitiría redistribuir paulatinamente determinados montos de sus excedentes al resto de la economía para generar una modalidad de acumulación ‘hacia adentro’ por medio de una serie de círculos virtuosos. Lo que habría podido lograrse a través del fomento de actividades productivas con rendimientos crecientes a escala, el impulso de ciertas actividades por medio de una ‘selección de ganadores’, mayores efectos multiplicadores y de trasvase, incrementados valores de retorno, generación y diseminación de tecnologías modernas e intermedias, etc. Todo lo que habría permitido ampliar y descentralizar nuestros escuálidos mercados domésticos, que son bastante más estables y confiables que el mercado mundial. Con lo que se establecerían las bases para integrarnos proactivamente a la nueva división internacional del trabajo en base a ventajas comparativas dinámicas, en vez de las de origen estático que continuarán profundizando nuestro subdesarrollo.

Pero, la normativa del TLC va precisamente en la dirección contraria de lo deseable, amarrándonos al esquema de exportación primaria en su forma más primitiva. Porque ya no podemos establecer autónoma y democráticamente una serie de mecanismos de redistribución, al recortarse las posibilidades de conseguir legalmente ingresos tributarios por concepto de ganancias extraordinarias o regalías, ya que no se puede renegociar los contratos ‘de estabilidad’; porque tampoco nos permite establecer límites sensatos a la repatriación de utilidades a la casas matrices de las empresas transnacionales, con lo que se amenaza desestabilizar nuestra balanza de pagos por su incremento exponencial; porque tampoco estaría permitido el control temporal de capitales de corto plazo, que son los que en algún momento podrían evitar una estampida de divisas; porque será imposible generar cadenas productivas, ya que se impide lograr un determinado porcentaje de contenido nacional en la producción exportable, de dar preferencia a las mercancías domésticas en algunos sectores estratégicos, de permitir abrir los paquetes tecnológicos que traen las empresas extranjeras y demás requisitos de desempeño; etcétera. Y ya no hablemos de lo obvio, relacionado con su impacto que ejercerá sobre la producción agropecuaria, los precios de las medicinas, las patentes, el uso de la biodiversidad, el desarrollo tecnológico y, en último término, sobre sus consecuencias para la gobernabilidad y la democracia.

Y lo más grave es que nos han hecho creer que gracias al Tratado accederíamos al ‘infinito’ mercado norteamericano. Cuando todos sabemos que a él están acudiendo eficazmente decenas de países ‘nuevos’ (con China a la cabeza y con la India por penetrar) con una oferta similar a la nuestra y a precios bastante menores (con o sin TLCs), especialmente en productos ‘no tradicionales’, por los que nuestros empresarios –grandes y chicos- abrigan tantas esperanzas por diversificar nuestras exportaciones. Es decir, ese esquema representa una verdadera ‘competencia de fondo de pozo’, en el que será cada vez más difícil incrementar la venta de estos productos agroindustriales y manufacturados. Lo que explica porqué su gremio representativo está presionando desesperadamente por una mayor ‘flexibilidad laboral’ (léase: reducción de salarios reales) y el ajuste del tipo de cambio (léase: devaluación real), lo que solo aumentaría nuestra competitividad en forma espuria, insostenible en el mediano plazo y contraproducente para un desarrollo auténtico de largo plazo. En pocas palabras, la camisa de fuerza que nos quieren imponer figurativamente con el TLC, terminarán aplicándonosla literalmente para los fines para los que fue creada originalmente: “para sujetar los brazos de quien padece demencia o delirio violento”, por usar la jerga de la Academia Española.



Fuente: La República, junio 24, 2007, p. 18.

jueves, junio 21, 2007

Capacidad Ociosa en el Consumo

¿Por qué no existe este concepto en el léxico de los economistas?


(PRIMER BORRADOR MUY PRELIMINAR DE DISCUSIÓN)

“En todas las capitales de miseria, se rebusca. Se rebusca en el suelo y en el subsuelo. La gente se congrega en torno de los cubos de basura, se desliza entre los escombros: ‘Lo que tiran los otros es mío; lo que no les sirve ya, es suficientemente bueno para mi’. En un terreno baldío, cerca de Pekín, se amontan las basuras. Son los desechos de los pobres: han cribado todo, han rebuscado ya entre sus propios detritus; solo han dejado, de mala gana, lo incomible, lo inutilizable, lo innombrable, lo inmundo. Y sin embargo, el rebaño está ahí. A cuatro patas. Todos los días, rebuscando todo el día”.

Jean-Paul Sartre, 1954 [1].

“El que tenga una nevera que no necesite póngala en la Plaza Bolívar, el que tenga un camión que no necesite, un ventilador, una cocina, despréndanse de algo, no seamos egoístas”.

Hugo Chávez, 2007 [2].

“Love, justice, and compassion move people, allocate goods, and structure societes”.

Serge-Christophe Kolm (2006: 5).

Introducción

El presente ensayo está dirigido a desarrollar una primera aproximación a un concepto que curiosamente no han incorporado los economistas a su léxico teórico. Se trata de un tema que busca elaborar una contrapartida –en términos del desperdicio de fuerza de trabajo y capital- a la noción de Capacidad Ociosa de Producción (COP), que –a falta de otra acepción- denominaremos Capacidad Ociosa en el Consumo (COC). Esta consiste en la enorme cantidad de dinero que se pierde –a primera vista- por subconsumir o malgastar bienes de consumo en la sociedad en que vivimos.



¡CUÁNTOS TIENEN QUE VIVIR DE LA BASURA!



  1. De la COP a la COC

En ostensible contraste con el justificado énfasis que se le otorga al bienestar perdido que significa el desaprovechamiento de capital y trabajo en la producción, tal como se refleja en la teoría y los cálculos sobre la ‘Capacidad Ociosa en la Producción’ (COP) [1], la Teoría Económica Ortodoxa en general y las Teorías Microeconómica y del Bienestar en particular no se preocupan en absoluto de las consecuencias implícitas parecidas a las que puede conducir lo que hemos bautizado como ‘Capacidad Ociosa en el Consumo’ (COC).

Como se ha ejemplificado en las secciones anteriores, la subutilización o desecho prematuro de bienes de consumo -implícita e indirectamente- equivale a un desperdicio de los servicios del capital y del trabajo que se aplicaron en la producción de tales bienes. Esta subutilización del capital y trabajo, tal como se deriva de los análisis convencionales de la Teoría Microeconómica, se puede condensar también macroeconómica o sectorialmente en términos del hecho que el Producto Interno Bruto (PIB) efectivo es mayor al PIB aprovechado o efectivo, tal como se estila en los más variados estimados empíricos. Veamos cómo así se puede mostrar esta temática en forma gráfica.

En este ejercicio adoptaremos el modelo microeconómico simple del “2*2*2”. En tal sentido, asumiremos que se producen únicamente dos bienes en esta economía idealizada: ‘X’ de xilófonos representa la producción de bienes duraderos, e ‘Y’ de yuca la de los perecederos. Solo hay dos factores de producción: ‘K’, para representar la maquinaria y los equipos, y ‘L’, para la fuerza de trabajo. Finalmente, solo hay dos consumidores, ‘A’ y ‘B’. Por lo demás, como es costumbre, postularemos los supuestos convencionales para esta modalidad de análisis: competencia perfecta en los mercados de bienes, servicios y trabajo; rendimientos constantes a escala; ausencia de “fallas de mercado” y de todo tipo de externalidades en la producción y el consumo; información perfecta; falta de intervención del Estado (controles de precios, impuestos, etc.); los gustos y preferencias son constantes en el tiempo; etc.

1.1. Satisfacción potencial vis a vis satisfacción efectiva – un consumidor

Comenzaremos considerando la materia exclusivamente desde la óptica del consumo, por ser la más sencilla de comprender y porque nos permitirá determinar la COC y sus consecuencias sobre el bienestar de manera directa. Para repetir la definición de la COC en otros términos y en una aproximación aún muy burda, diremos que representa la existencia de bienes privados que no se utilizan plena y/o eficientemente, por lo que –teniendo en cuenta las diferencias del caso- no contribuyen al bienestar social en la medida, el grado y la intensidad que debieran si se usaran racional y exhaustivamente [2], como se podrá observar a partir del Gráfico I.

GRÁFICO I: COMPRA DE BIENES DE CONSUMO (Gasto) Y SU UTILIZACIÓN EFECTIVA (Uso)



En ese diagrama, el más simple posible, se muestra la ‘pérdida implícita de ingreso real’ de una sola persona que subconsume los bienes que ha adquirido. En este caso particular, la persona en cuestión gasta en bienes de consumo la suma de las cantidades Xo+Yo multiplicadas por sus respectivos precios, alcanzando el óptimo en el punto E*, porque lo que se gasta en bienes de consumo se consume plenamente. Ya que estamos simplificando, postulamos que se trata de una economía de un solo individuo al que le caen del cielo -como maná- una cantidad determinada de bienes duraderos (xilófonos: bien X) y otra de bienes perecederos (yucas: bien Y). El individuo optimiza porque la tasa marginal de sustitución entre X e Y (pendiente de la curva de indiferencia U
1) es igual a la pendiente de la recta de presupuesto (que va del punto ‘A’ al ‘B’), es decir a los precios relativos (Px/Py).

En la práctica, sin embargo, como lo ilustran los ejemplos que hemos dado en las secciones anteriores, todo el gasto en esos bienes de consumo no coincide necesariamente con el consumo efectivo de los bienes que se han comprado, con lo que el equilibrio del consumo (una vez realizado [3]) ya no se ubica en E*, sino en E’ (X1, Y1), el que se encuentra por debajo del punto óptimo-máximo, por tanto. Es decir, en este mundo utópico en el que nos estamos desplegando, luego que el individuo ‘compró’ tres xilófonos, desechó dos porque el tono de estos lo aburrió al poco tiempo de usarlos; y, en el caso de las yucas que adquirió, solo llegó a comer la mitad, pudriéndosele el resto.

En este caso, observando el gráfico, se tiene que la COC del bien X es igual a una determinada cantidad de xilófonos equivalentes a la distancia X0X1 ; y la COC del bien Y de Y0Y1. Se observa claramente la pérdida de ‘utilidad’ del consumidor, dado que ella se reduce del nivel que tiene la curva de indiferencia U1 (la óptima o potencial) a la Uo, que refleja del menor consumo efectivo o COC. De manera que, cuando adquirió el bien pensaba alcanzar el nivel U1 de satisfacción ordinal, pero que al consumirlos solo llegó al de Uo

Desde el diagrama en discusión también se puede medir la pérdida del consumidor en términos de ingresos reales, como consecuencia del ‘subconsumo’ de los bienes y servicios adquiridos. Trasladando la restricción de presupuesto [4] de su punto inicial (recta AB) y haciéndola pasar por el ‘nuevo equilibrio’ E' [5], obtendremos un ‘presupuesto ficticio’ (representado por la recta CD), que equivale –si lo comparamos con el presupuesto efectivo- a la pérdida de ingreso real por haber subconsumido/desperdiciado/despreciado el bien adquirido. En pocas palabras: se ha comprado más y se ha consumido menos de lo que el bien de consumo permitía potencialmente, con lo que se ha gastado –implícitamente- más de lo que efectivamente se necesitaba, de manera que no se alcanzó el nivel de utilidad inicialmente deseado (U1) sino uno que es algo (o muy) inferior (Uo).

De ahí que será necesario distinguir entre la utilidad esperada que promete un bien al momento de la compra y la utilidad efectiva que otorga al consumirlo. La divergencia se origina en una serie de motivos que describiremos más adelante, pero en lo esencial nos está diciendo que el consumidor ha realizado una elección inconveniente al comprar y de la que recién se percata –consciente o inconscientemente- al realizar el consumo incompleto de las mercancías adquiridas.

1.2. La economía del consumo agregado – dos consumidores

A continuación consideremos –a partir del Gráfico II- la situación de una economía del consumo como un todo, la que considera a los dos individuos (o grupos homogéneos) que la conforman teóricamente [6]. Se observa ahí que el óptimo social se alcanza en E*, que se ubica sobre la curva de los óptimos de Pareto, en la que la tasa marginal de sustitución de las dos personas coinciden con los precios relativos. En ese punto el consumidor ‘A’ compra QxA* del bien X y QyA* del bien Y, alcanzando un nivel de utillidad UA; mientras que el consumidor ‘B’ compra QxB* y QyB*, alcanzando la curva de indiferencia UB.

En la práctica, sin embargo, si ninguno de los individuos consume plenamente los bienes adquiridos, aparece la COC. Asumamos que con ello ‘A’ se ubica en EA** a un nivel de Utilidad UA’, inferior al alcanzado anteriormente. El individuo ‘B’, por su parte, llega a obtener una utilidad equivalente a UB’ en el punto EB**. Recuérdese nuevamente, sin embargo, para evitar confusiones, que estos puntos subóptimos no representan cantidades compradas menores, sino cantidades subutilizadas de Qx y Qy. Las flechas en el gráfico representan las capacidades ociosas de consumo (en cantidades físicas) de cada bien y correspondiente a cada consumidor. En tal sentido, el consumidor ‘A’ estaría ‘desperdiciando’ la cantidad QXA*-QxA’ del bien X y QyA*-QyA’ del Y, mientras que el ‘B’ estaría ‘perdiendo’ QxB*-QxB’ de X y QyB*-QyB’ de Y.

GRÁFICO II: EL ÓPTIMO PARETIANO Y EL CONSUMO AGREGADO SIN Y CON ‘COC’



1.3. Transformando la COC en COP

Con ello estamos en condiciones de dar un paso adicional, que consiste en comparar la equivalencia indirecta de los dos conceptos, en que transformaremos la COC en COP. Este procedimiento nos servirá para ilustrar sus similitudes en términos de pérdida de utilidad social y subutilización, tanto de factores de producción, como de bienes de consumo. Para ese efecto pasaremos a estudiar el caso tradicional –tal como se analiza en la teoría económica ortodoxa- que se centra en la perspectiva de la producción. Esto nos permitirá determinar la cantidad de recursos productivos que se malgastaron implícitamente como consecuencia del subconsumo del bien adquirido.

GRÁFICO III: EQUILIBRIO GENERAL (entre xilófonos-x y yuca-y)



Se observa en el Gráfico III que el equilibrio óptimo (o bliss point) se encuentra en el punto E*, en el que se alcanza la mayor curva de indiferencia social, aquella que refleja la Utilidad Social máxima que se puede lograr en esta ‘sociedad’ (curva de indiferencia social I), dadas las restricciones de ingreso, precios relativos, gustos y dotación de factores de producción. Lo que también coincide con el uso óptimo y pleno de los factores de producción disponibles en el país y que están representados por la curva de posibilidades de producción (curva convexa que se extiende de ‘R’, en la ordenada, a ‘S’, en la abscisa). Además, el óptimo está dado también suponiendo dados el ‘presupuesto nacional’ y los precios relativos de los bienes X e Y (representados por la recta que va de ‘A’, en la ordenada, a ‘B’, que está en la abscisa).

En ese punto E* se produce y se consume los mismos montos (físicos): xilófonos por una cantidad equivalente a X0 y yucas por Y0, alcanzándose el Producto Interno Bruto real máximo (PIBp). Nótese que en este ejercicio hipotético estamos asumiendo que se usan plenamente las demás componentes de la demanda agregada (consumo público e inversión privada y pública, así como exportaciones), la que coincide así con la oferta agregada (dada por el mismo punto ubicado sobre la curva de posibilidades de transformación).

En la práctica, sin embargo, nuestras economías siempre se ubican por debajo de la curva de posibilidades de producción; sea por falta de demanda y por la presencia de estructuras de mercado imperfectas (monopolios, oligopolios y sistemas monopolísticos), sea por ‘fallas de mercado’[7], mercados laborales imperfectos, información asimétrica o similares. En este caso asumiremos que no existen esas imperfecciones y que únicamente presenciamos el ‘desperdicio de bienes de consumo’, con lo que se alcanza el ‘equilibrio’ en un punto subóptimo que está ubicado en E’. Por tanto, los consumidores se encuentran en una curva de indiferencia inferior (II) a la óptima, con lo que el PIB aprovechado (PIBe) por el ‘país’ en ese año específico es inferior al máximo posible y efectrivamente generado (PIBp). Consecuentemente, también, la utilidad máxima no se alcanza (U1), sino una que está por debajo de ella (Uo), tal como lo hemos visto en el gráfico anterior.

1.4. Desperdiciando Capital y Trabajo

Lo expuesto en el diagrama anterior, como es evidente, también puede recalcularse como un desperdicio implícito en el uso del capital y el trabajo, como se desprende del Gráfico III. Como tal, la COC viene a ser una especie de ‘dual’ o mellizo de la COP[8]. Esto, que puede llamar la atención, tiene sentido si recordamos -de los principios de teoría microeconómica- que la demanda de factores productivos es una “demanda derivada” de la demanda de bienes de consumo (y de insumos, maquinaria, equipo, etc.).

De manera que, más interesantemente, el valor de la pérdida de bienestar social se puede medir en base a una transformación de la COC en COP, asumiendo –simplemente para fines ilustrativos- que ésta última es igual a cero, a fin de eliminar el efecto que tiene la capacidad productiva ociosa o desperdiciada por otros motivos no relacionado con el consumo[9]. Veamos cómo, a partir de ese diagrama, es posible ilustrar hipotéticamente la pérdida de esfuerzo productivo por malbaratear los servicios de la fuerza de trabajo y del capital utilizados efectivamente como consecuencia del subuso de los bienes de consumo que se han adquirido.

El gráfico adjunto ilustra el problema desde esa perspectiva microeconómica de equilibrio general. Al momento de comprar el bien o servicio, el consumidor se ubica –teóricamente- en el punto E*. Esta es una afirmación arriesgada, que tiene sus bemoles; pero, por el momento diremos que es válida, si partimos del supuesto que la gente compra para consumir plena o completamente lo que ha adquirido. En ese caso el óptimo de Pareto se encuentra efectivamente en E*, sobre la curva de óptimos paretianos alternativos que se extiende desde el origen OA hasta el de OB. En ese punto la tasa marginal técnica de sustitución entre la producción de X e Y coincide con las tasa marginal de sustitución en el consumo de X e Y por parte de los consumidores, por lo que se trata de un óptimo desde la perspectiva del consumo y de la producción.

De otra parte, en la práctica, una vez adquirido el bien y como consecuencia del desperdicio de los bienes de consumo adquiridos, se tiene que se ‘desaprovechó’ bienes de consumo, lo que –trasladado a la esfera de la producción- resulta equivalente a la pérdida implícita de los servicios de los factores de producción. Veamos cómo se procede.

Si no se consumen o no se terminan de consumir plenamente las mercancías adquiridas, en la práctica se ubica en E’. En cuyo caso, de una parte, se observa el ‘despilfarro’ de un determinado monto de fuerza de trabajo (LA’ a LA* de trabajo en la producción de X y de LB’ a LB* en la producción de Y) y de la otra, paralelamente, se ‘desperdició’ capital (en montos que van de K1 a K* en la producción de X y de K2 a K* en la de Y). En este caso, estamos presentando la situación desde el lado de la producción: lo que nos dice que, por el hecho de que el consumidor no consume plenamente los bienes que ha adquirido, equivale a una producción menor de esos bienes, con lo que se podría calcular la diferencia en términos de subuso o desperdicio de L y K.

En síntesis, aunque parezca un juego de palabras, si bien en esta economía se alcanza la producción máxima o potencial (PIBp), debido a la COC no se llega a la utilidad máxima (U1), lo que se puede traducir en un PIB no aprovechado (PIBe), inferior al efectivo y, por tanto, señal del desperdicio de los servicios de los factores de producción, precisamente como consecuencia del ‘subconsumo’ de los bienes adquiridos por los consumidores.

Nótese, sin embargo, que nuevamente estamos analizando únicamente dos periodos de tiempo, en cuyo transcurso no se procesa cambio alguno (ni de gustos y funciones de producción, ni de precios e ingresos): el que se da al momento de compra –que ubica al consumidor en el óptimo de Pareto E*- y el que se da después de consumido parcialmente el bien adquirido. Lo que se observa es que, en esta segunda ‘etapa’, no solo el bienestar social es menor al esperado (no al instante de la compra, sino cuando culmina el proceso de consumo, que se supone incompleto en muchos casos), sino que también permite calibrar indirectamente el ‘desperdicio’ de capital y trabajo en la producción de ese bien[10].

De manera que, para precisar la presentación anterior, sería necesario introducir un esquema intertemporal, que incluya varios periodos, los que deben distinguirse porque las preferencias pueden cambiar en cada uno de ellos: uno en que se decide comprar, a la que le sigue el tiempo en que se va a comprar, el otro correspondiente a la búsqueda y la compra propiamente dicha en uno o varios lugar, otro en el se consume el bien en un momento o periodo determinado, y el cuarto en que se reusa ese bien por parte de otro(s), luego que éste o éstos lo hayan recogido, alquilado o comprado. Este último periodo puede implicar el consumo de bienes, tanto aquellos tal como se botan a la basura (digamos, para alimentar animales), como los que se transforman o reciclan, convirtiéndose nuevamente en bienes de consumo (pero que también podrían constituirse en insumos o bienes de capital). Esta ‘etapa final’ la discutiremos más adelante.


[1] No es del caso analizar aquí las razones por las cuales en las economías reales no se llega a producir al nivel de los recursos disponibles; es decir, a la curva de transformación. Pero, en la fundamental, la existencia de la COP surge de los más variados factores, entre los que destacan la falta de demanda efectiva (teorías del subconsumo), por un lado, y las ‘fallas’ del mercado o del gobierno, por el otro.

[2] Esta idea se me ocurrió treinta y cinco años atrás cuando enseñaba Teoría Microeconómica en la universidad (‘inspirado’ probablemente por la lectura de autores como Vance Packard, John K. Galbraith, Martín Mayer, Ralph Nader y similares), pero que -por razones que ignoro- nunca desarrollé plenamente por escrito (apenas hubo algunas referencias orales en clase y un breve ejemplar a mimeógrafo que circulaba entre los estudiantes). En todo caso, tengo el pálpito que la noción de COC tiene algún defecto de concepción que me hace pensar que posee un error de fondo que hasta ahora no llego a captar. Si me he animado a redactar ahora algunas reflexiones en torno a este –aparentemente curioso- concepto es porque sigo creyendo en su utilidad, tanto teóricamente, como para fines de política. En todo caso, tengo la esperanza que algunos de mis colegas encuentren sus debilidades o invalidez o, en el mejor de los casos, lo rectifiquen o mejoren. Tampoco tengo conciencia de autores que hayan tratado este tema directa y explícitamente en lo poco que conozco de la literatura económica del pasado, aunque pienso que ‘todo ya ha sido inventado’ en este campo, pero no siempre se ha redescubierto. Por lo que espero que uno o más lectores más leídos en ‘historia del pensamiento económico’ me adviertan de contribuciones similares o conexas que pudieran existir en esta gelatinosa materia.

[3] Para lo que, necesariamente, tenemos que asumir que todos estos procesos se dan en un solo periodo.

[4] La recta de presupuesto viene representada, en abstracto, por la siguiente ecuación de pendiente negativa, en la que ‘I’ representa el ingreso del consumidor: Qy = I/Py – (Px/Py)*Qx.

[5] Nótese que este punto no necesariamente es tangente –como en el Gráfico I- a la curva de indiferencia máxima alcanzable con el ‘presupuesto ficticio’, dados los precios relativos. Pero la pérdida de ‘utilidad’ sería –ordinalmente medida- la diferencia entre Uo y U1.

[6] Para hacer comparable este gráfico con el anterior, hemos supuesto que las curvas de indiferencia y los gastos de cada consumidor (‘A’ y ‘B’) son iguales, lo que nos permite agregarlos y hacerlos así consistentes con el del diagrama I.

[7] Las tres formas tradicionales en que se presentan economías o deseconomías externas (con lo que no coinciden el beneficio social marginal con el costos social marginal), como fueran expuestas por en el texto ‘clásico’ de Francis Bator (1958): deseconomías o economías de propiedad; externalidades técnicas; y bienes públicos.

[8] El tema de los ‘duales’ fue introducido a la Teoría Económica por el célebre DOSSO (Dorfman, Samuelson y Solow, 1958).

[9] Nótese que de por sí, en la práctica, siempre producimos dentro de la Curva de Posibilidades de Producción, en la medida en que subutilizamos los servicios de la fuerza de trabajo y del capital. Lo que puede deberse a una serie de factores, como la falta de demanda agregada o el uso ineficiente de los factores de producción

[10] Evidentemente la representación planteada es una de estática comparativa (dos puntos en el tiempo), tal como figura en el diagrama. Lo que no solo simplifica en exceso, sino que nos obliga a añadir algunos supuestos adicionales, a saber: que los precios relativos, los gustos y los ingresos de las personas no cambian en el periodo 0 y el 1. En la práctica, sin embargo, incluye dos o más momentos en el tiempo: el momento de la compra (en que se supone que nos ubicamos en el óptimo) y el o los periodos de consumo del bien original (a lo que se añade después, el reuso o la transformación para el uso para otros fines).

  1. Casos ilustrativos de sentido común

Basten algunos ejemplos muy simples para ilustrar la idea de este masivo ‘desperdicio' [7] –especialmente en el caso de bienes duraderos- y que podría beneficiar a muchos, directa o indirectamente. Lo que nos interesa especialmente es si pudieran convertirse en bienes ‘públicos’, lo que ciertamente en muchos casos no es posible económica o políticamente y ni siquiera teóricamente, como veremos.

Sirvan los elementales casos prácticos que siguen para palpar lo que significa la noción de la COC, que implica la subutilización o el desperdicio en el consumo de bienes y servicios (de ‘primera mano’) que hemos adquirido en algún momento.

Piense usted, en primer lugar, en la enorme cantidad de libros y revistas que posee en su biblioteca o en el desván. La gran mayoría de esos textos ya los leyó y no lo volverá a hacer, o apenas los hojeó y nunca los va a leer [8]. Lo mismo se aplica, en segundo lugar, a los juguetes que sus hijos o nietos han despachado al olvido (o el desván) en sus primorosamente decorados dormitorios o salas de juego. Si usan un décimo de las muñecas y ositos, cubos y rompecabezas, pelotas y demás, ya sería mucho. Si bien algunos son los preferidos, a los que recurren a menudo, los demás seguramente peligran en boca de las polillas y van adquiriendo colores mustios por el polvo acumulado, al poco tiempo de deslumbrarlos como regalos de cumpleaños, de navidad o de la celebración que fuere.

Tercero: ¿Ha calculado usted la cantidad de ropa y calzado que su señora esposa y sus vástagos, por no hablar de su persona, ya no usan por haber crecido –a lo largo o a lo ancho- o porque se dice que ‘han pasado de moda’? [9]

A ello se agrega, en cuarta instancia, una infinidad de artefactos que atosigan su despensa, sótano o altillo: Radios y TV, discos y tocadiscos; lampas y lámparas; ollas y sartenes; patinetes y bicicletas; repuestos de la más variada índole; focos, latas y similares que jamás se utilizan, aunque no estén cuarteados, descompuestos, oxidados, quiñados o desinflados. Quinto: una cantidad no despreciable de medicamentos y ungüentos que podrían servir para hospitales, sanatorios u hospicios se desperdician, aún antes que caduquen, amontonados en las despensas de los hogares.

Añádale a todo ello, en sexta instancia, todos los alimentos y bebidas, al natural o empaquetadas, que no terminan de consumirse completamente o que se malogran o caducan, todos los que terminan en la basura. Es el caso de las sobras –no necesariamente podridas- de fideos y arroz, huesos y carnes, verduras y frutas, quesos y jamones, aceite y manteca, etc. Son cientos de miles de toneladas métricas de basura (restos de comida y envases) que generan diariamente los restaurantes, hoteles, hospitales, cárceles, fuerzas armadas y similares. Ligado con lo anterior, cuente usted la enorme cantidad de latas y metales, cartones y plásticos, periódicos y revistas, vidrios y botellas, llantas y baterías, etc. que almacenamos en la azotea o vertimos a la basura, diaria, semanal o mensualmente.

Pasando de los bienes a los servicios, también aquí encontramos casos evidentes de desperdicio. Pensemos en el caso del uso exagerado del agua, en que las tuberías o los caños no solo gotean por desperfectos, sino que son reflejo de la actitud de muchas personas que dejan correr el líquido en demasía para lavar ropa, utensilios o su propia persona. Es obvio que una cierta parte se tiene que perder necesariamente. También puede aplicarse al caso de variadas fuentes de energía, especialmente de la electricidad, derivada del hecho que muchas familias tienen prendidos focos, televisores, radios o planchas por periodos en que no los necesitan; por no hablar de las empresas y, sobre todo, de las oficinas públicas, que acostumbran dejar prendidas las luces toda la noche en edificios completos, sea por dejadez, sea para ‘lucir’ sus instalaciones.

Y no se necesita mucha imaginación para ampliar la lista de ejemplos ad infinitum. Se trata, por tanto, de una variedad y una cantidad enormes de bienes de consumo –duraderos o no- que se desperdician real o aparentemente y que bien podrían aprovecharse mejor en una sociedad en que hay tantas necesidades (medio ambiente) y tantos necesitados (pobreza).

  1. Tratamiento de casos más complicados de bienes duraderos especiales

También hay otras formas de subuso –generalmente en términos de tiempo- que podrían caber dentro de la categoría (o de las diversas variedades) de la COC. Pero aquí los problemas metodológicos se complican. Se trata de bienes duraderos privados que efectivamente no se pueden utilizar todo el tiempo, porque solo sirven a sus dueños en periodos determinados, por horas, semanas o meses.

A ese efecto es pertinente mencionar bienes de consumo duradero de menor cuantía, como refrigeradoras o lavadoras, como planchas y micro-ondas. Pero, también caben en este rubro las casas de playa o de campo, que están cerradas durante ocho o más meses al año. Igualmente, bienes de lujo como caballos de paso y similares podrían añadirse a la lista. De mayor importancia, sin embargo, son los automóviles y motocicletas, botes y yates, aviones y avionetas, así como otros vehículos de uso particular [10], que obviamente solo se utilizan y sirven por unas pocas horas al día, aunque hay casos en que se aprovechan al máximo en base a ingeniosos mecanismos, como veremos.

Un caso muy importante tiene que ver con los terrenos –sean de uso habitacional, recreativo o agropecuario- que se adquieren para realizar prontas construcciones, pero también –y esos son los que interesan aquí- de los que se adquieren con fines especulativos o para ‘lavar dinero’ y que durante años permanecen eriazos [11]; al margen de las denominadas reservas de exploración’ (mineras, gasíferas o petroleras), que generalmente permanecen ociosas, sea completa, sea parcialmente.. en espera de mejores tiempos; es decir, de mayores precios en el mercado internacional.

Si bien estos son los ejemplos ilustrativos más importantes en términos de valor en desuso, requieren un tratamiento de política distinto al de los bienes comunes sujetos a COC que ilustráramos en la sección anterior y en los que nos concentraremos en lo que sigue.

  1. ¿Por qué y cómo se generan las diversas modalidades de COC?

Esta es una cuestión muy compleja, porque los motivos que la generan van desde los valores y las normas vigentes en la sociedad, pasando por la creación de necesidades y la interdependencia entre consumidores, hasta llegar a las innovaciones tecnológicas en la fabricación y el mercadeo de bienes de consumo. Lo que quiere decir que no solo se trata de variables subjetivas propias al consumidor (lado de la demanda), sino también de procesos técnicos que derivan de las acciones empresariales (perspectiva desde la oferta). Es importante conocer las causas por las que se genera COC, porque son las que nos darán algunas de las pautas para diseñar –de considerarse necesarias- políticas para reducirla.

Aquí lo que nos interesará son lo motivos por los que se ‘subconsumen' [12] o ‘desperdician’ ciertos bienes y servicios, lo que nos servirá para determinar si pueden o no ser útiles para otros consumidores. Entre muchos otros factores, baste enumerar los siguientes: Pasaron de moda; se depreciaron o gastaron en exceso; cambiaron los gustos y necesidades de la personas, por ejemplo, cuando el usuario cumplió varios años más o aumentó algunos kilos demás; debido a un descuido, caducó su posibilidad de uso porque se pasó la fecha para consumir el bien; a la hora de consumirlos a uno no le gustan y los desecha, como consecuencia de una mala información, una compra compulsiva o una expectativa incumplida; se malograron y se tiene flojera de arreglarlos (si el costo de transacción es elevado) o el costo de hacerlo es mayor al de comprar uno nuevo o si se considera que ya no tiene sentido usarlo aún reparado; etcétera.

Por supuesto que, en vista de lo avanzado hasta aquí, usted ya habrá tomado conciencia que este es un tema poco agradable de tratar, puesto que implica el reconocimiento que hay sociedades en que una parte –a menudo importante- de la sociedad vive de los restos de una minoría dispendiosa.

  1. Digresión necesaria: Casos en que, a pesar de tener una elevada COC funcional, rinden principalmente utilidad extrínseca

Aunque los economistas somos muy dados a la cuantificación, como en el caso del muy útil (aunque complejo) cálculo la COP, cuando intentemos estimar la COC nos encontraremos con dificultades teóricas y metodológicas que a mi modo de ver son prácticamente infranqueables, por lo que harán imposible un cálculo siquiera aproximado de su magnitud, que todos sabemos –intuitivamente- que es formidable.

El principal motivo para pensar así se debe al hecho de que, desde una perspectiva estrictamente neoclásica, no todo lo que se compra, aunque no se use, forma parte de la COC, ya que brinda utilidad, por lo que no pueden (o deberían) convertirse en bienes públicos o en bienes para el uso de otras personas o empresas.

Concretamente, se trata de mercancías que se compran, no para consumirlas propiamente (por parte de quien los adquiere), sino que responden a motivaciones de prestigio, poder o similares. El caso más patético, pero muy ilustrativo, es el ejemplo que diéramos de la personas que compran libros para completar su biblioteca para ‘adornarla para las visitas’, lo que de paso le rinde beneficios no pecuniarios a su poseedor. Se trata, paradójicamente, de bienes (libros) que no se usan y que sin embargo no tienen capacidad ociosa, por lo menos en el supuesto de que el que los posee sabe (o cree) que desatará la admiración de sus visitantes ante la vista de una biblioteca tan elegante, completa y vistosa [13].

Estas reflexiones deben llevarnos a diferenciar entre los valores intrínsecos o funcionales y los que son extrínsecos a los bienes de consumo: los primeros dan ‘utilidad’ directa al propietario como consecuencia de su particular ‘ingesta’ (en ausencia de otros), mientras que los segundos gozan de la utilidad que le otorga al propietario del hecho de otros –que no son propietarios de esos bienes- le den un valor a ese bien. Esa ‘valuación por parte de otros’ es lo que le da utilidad adicional a su propietario. En el ejemplo, la existencia de esa biblioteca portentosa desata admiración (o envidia) en los que la observan, lo que le rinde utilidad a su dueño, por lo menos en su imaginación (justificada o no). De manera que, desde una perspectiva hedonista elemental, la ‘necesidad de impresionar’ a otros, puede conducir a la adquisición de bienes que no se usan, pero que ‘rinden utilidad’ (prestigio, felicidad, poder o lo que fuere en la específica función objetivo del que adquirió la mercancía) [14].

Cuando se planteen políticas para reducir la COC, por tanto, habrá quienes señalarán que debería tenderse a reducir el consumo de bienes que no se usan por la utilidad intrínseca que rinden, sino que solo –o principalmente- tienen valor extrínseco, ya que sirven para fines de prestigio, status y efectos demostración. Evidentemente, en la práctica, todos los bienes tienen algún componente de valor extrínseco, dada la tendencia humana a la ‘ostentación’, el efecto ‘demostración’ y demás mecanismos de impacto interpersonal (externalidades en el consumo todas ellas), así como por la técnicas de venta de las empresas [15].

  1. Dinámicas individuales, sociales e institucionales que reducen la COC por el destino al reuso personal

Sin duda habrá quienes argumentarán que el tema de la COC no interesa porque en efecto existe una enorme variedad de mecanismos ‘naturales’ –muy creativos en unos casos y muy denigrantes en otros- que resuelven automáticamente este problema de la alta COC. Lo que se da, gracias a iniciativas individuales, ‘de mercado’ o institucionales para reducirla y que generalmente responden a la necesidad de supervivencia de los receptores y a la de solidaridad (o prestigio) de los ‘donantes’ con éstos. Por supuesto que ya hoy en día existe una serie de mecanismos institucional-sociales o de modalidades ‘de mercado’, si bien no necesariamente muy eficientes en muchos casos, para reducir la COC.

En efecto, en cuanto a los bienes de consumo no duraderos o duraderos, basta asomarse a la ventana, tarde en la noche o temprano en la mañana, para observar la doliente imagen de niños y jóvenes de ambos sexos, e incluso de ancianos, que a diario arriesgan su salud –de por sí precaria- escarbando desesperadamente entre la basura depositada en nuestros barrios residenciales, en botadores de la periferia o a la vera de los ríos. Lo que parece ser un fenómeno universal, en especial en países económicamente ‘subdesarrollados’ (recuérdese la cita de Sartre en el encabezado de este texto) [16]. A ellos se suma una miríada de personajes que circulan por la ciudad en triciclos y camionetas, comprando y cargando con todo lo que encuentran, entre botellas, ropa, periódicos, juguetes, licuadoras, radios y hasta bazofia.

Para diseñar políticas dirigidas a recortar la COC es necesario esbozar previamente una taxonomía de los potenciales usos de esa capacidad ociosa. Para ordenar las diferentes ‘formas de uso de lo que no se usa’, proponemos un simple taxonomía que diferencia entre tres perspectivas de reuso: la personal-familiar, la industrial (sección siguiente) y la de bienes públicos (sección 8.). Veamos cada una.

En lo que se refiere al uso personal, en algunos casos las actividades y acciones que están dirigidas a reducir la COC se realizan para satisfacer directamente satisfactores básicos como el hambre o el abrigo, tanto de personas como de animales; pero en su mayoría se trata de gente que recoge o compra bienes que otras personas o empresas adquieren para revenderlos, regalarlos o alquilarlos, tal cual o luego de arreglarlos o reciclarlos. En ese sentido se trata –cuando menos, a primera vista- de toda una cadena productiva eficiente. Por supuesto que el propio ‘mercado’ también se viene encargando de reducir la COC, lo que consigue a través del alquiler, la reventa o el reciclamiento los bienes subutilizados. Con ello se recupera parte del potencial que tienen los bienes de consumo desperdiciados o en desuso y que, además, son ‘salvados’ así de los perros, de los gallinazos (incluidos los que no tienen plumas, para recordar el cuento de Julio Ramón Ribeyro) y del fuego que los consume en los basurales.

Cabe enumerar cinco formas de uso personal o familiar de la COC, según el tipo de transferencia que lleva al re-uso de los bienes y servicios, a saber:

  1. Uso directo, con o sin transformación del bien por parte de quien lo recoge. Consiste en el recojo, por iniciativa personal o familiar, de alimentos –arroz, panes y papa o camote cocidos, p.ej.- que se realiza generalmente en barrios residenciales para dar de comer a sus animales o a sí mismos. A ese respecto es interesante que ciertas franquicias –p.ej. las que venden hamburguesas o pizzas- tienen la costumbre de darle a los niños pobres los restos que quedan cada noche, por más contradictorio que ello suene – positivamente esperanzador y trágicamente deprimente a la vez, según desde donde se lo vea.

  1. En este rubro también caben la ropa para abrigarse, los cartones y esteras para construir sus chozas, los muebles para acomodarse, los utensilios de cocina y similares que consiguen en los basurales.

  1. Ligado a lo anterior, podemos ubicar a quienes utilizan la basura que recogen para otros fines ‘extraeconómicos’. Aquí podemos incluir obras artísticas. Se usan periódicos, cartones, retazos de ropa, etc. para realizar pinturas decorativas o artísticas; otros usa baterias y pilas (autor desconocido que utiliza estos desechos más dañinos si se llegan a depositar en la tierra o el mar), metales (Delfín) y hasta latas para hacer ‘esculturas’ (Schult). Este último –generalmente combinado con un mensaje ecológico- también viene haciendo uso creciente de artefactos y desperdicios, generalmente para hacer esculturas. Véase la ilustración siguiente que proviene de la obra “Trash People” (Gente Basura) de HA Schult, que está formada por entre 300 y 1.000 figuras humanas diferentes de 1,80 metros de altura, armados con los más variados materiales reciclados (latas, componentes de computadoras, cables, materia orgánica, etc.). Aunque usted no lo crea, esas ‘esculturas’ han sido expuestas en los lugares más sorprendentes, tales como la Muralla China, las Pirámides de Cairo, la Plaza Roja en Moscú, la Piazza del Poppolo en Roma. "Producimos basura y nos convertimos en basura", es como Schult resume el porqué del uso de desechos para realizar sus obras.

  1. También en el caso de los servicios podría pensarse en su uso secundario para reducir sus altos niveles de COC. Muchas familias re-utilizan el agua que necesitaron con fines de higiene (lavado de ropa, utensilios, personal) para regar sus macetas, su jardín o para abastecer el excusado. Pero también se están diseñando modalidades más eficientes para evitar su uso abusivo y el desperdicio, como está sucediendo en ciertas empresas –en un intento por bajar costos- en que los caños de sus servicios higiénicos solo se accionan por un tiempo determinado, con lo que se usa prácticamente el óptimo del líquido para lavarse las manos o –gracias a rayos láser y contadores informáticos- para desaguar los urinarios. A un nivel bastante mayor, las municipalidades vienen utilizando crecientemente los desagües para irrigar los parques, lo que tiene la ventaja que de paso fertilizan las plantas, aunque también pueden atraer roedores, olores y enfermedades no muy agradables.

.LA TERRIBLE REALIDAD DE LOS QUE NO TIENEN AGUA...



  1. Asimismo, es muy común la donación o reparto gratuito de instituciones sin fines de lucro (beneficencias, colectas, ONGs) de los mismos bienes señalados en varios de los párrafos anteriores. Las más conocidas son las labores de caridad y solidaridad que se realizan en navidades o para barrios marginales, en que se junta ropa, libros o lo que fuere en empresas, colegios y otras instituciones para repartirlas como obsequio a grupos de personas, colegios, etc. De igual manera, son importantes las iniciativas de grupo, que hacen casi lo mismo, pero en forma institucionalizada, como en el caso de los ‘Traperos de Emaús’. Asimismo, lo que indica que la COC es elevada en muchos casos, es muy común –especialmente para Navidades- que se realicen colectas de ropa, calzado y demás en colegios o universidades particulares, labor que realizan además –a lo largo de todo el año- instituciones o grupos diversos, a fin de repartirlos en asilos, barrios marginales, colegios nacionales.

  1. Los que se dan en uso en forma de alquiler y que atraviesan propiamente los mercados. Una tradicional innovación a este respecto son los ‘puestos’ que –en los mal llamado Conos- se dedican a alquilar revistas y hasta libros usados por horas a afanosos lectores que los aprovechan en ese lugar. También es el caso de los teléfonos privados, que se alquilan por una módica suma en las bodegas o tiendas de barrio. Obviamente, también se cuentan en ese sentido las películas que se alquilan para su reproducción (en DVD o VHS) y que, por más ‘piratas’ que sean, se usan bastante más plenamente que los que se disponen por compra. Mención aparte la merecen los automóviles –generalmente Ticos- que se alquilan por parte del propietario de un taxi, que evidentemente no puede dedicarse a su manejo las 24 horas [17].

  1. Por préstamo es otra posibilidad. Se da cuando los libros de texto son caros y las universidades y colegios los ponen a disposición –en algunos casos se cobra una módica suma- de sus estudiantes para ahorrarles la compra y que se desechan cuando están totalmente desgastados. Menos común es el préstamo de casas o habitaciones, de automóviles y similares.

  1. Cuando el reuso se realiza por venta del bien. El caso típico es el que se da en la Cachina donde se ofrece la más variada gama de mercancías (desde aros y llantas, pasando por televisores y lavadoras, hasta llegar a repuestos y espejos). Más conocidos son los ‘mercados de pulgas’, así como, lo que se da en el centro de Lima o en las puertas de las universidades nacionales, donde venden libros de segunda mano, que tienen mucha demanda. Esos eventos se dan básicamente para estratos de bajos y muy bajos ingresos, mientras que los bienes de gran valor generalmente van a parar a los anticuariados donde son vendidos a gente de alto poder adquisitivo.

  1. Finalmente, el mecanismo más eficaz actualmente conocido –pero aún difícilmente accesible para la mayoría- es el que ofrecen las tiendas virtuales como ‘eBay’ en que los propios dueños ofertan prácticamente todos los tipos de productos que ya no usan; o, en el caso más especializado de los libros: Amazon, que no solo los ofrece nuevos para la venta.

También es interesante el caso de las iniciativas que no solo piensan en el reuso de bienes depositados sin uso, sino que buscan evitar las externalidades negativas que esa acumulación de mercancías desechadas contrae. El mejor ejemplo son las bien conocidas campañas de ONGs y de la Municipalidad de Lima, como la de ‘Techo Limpio’, por medio de las cuales –a través de un complejo y esforzado sistema organizativo- se recogen los desperdicios que se encuentran en las azoteas del Centro de la capital. En este caso, no solo se busca mejorar la imagen estética de la ciudad, sino también intentan servir para asegurar la higiene (proliferación de ratas, piojos y demás) y la seguridad de la gente que ahí vive (dadas las condiciones precarias de las viviendas y ¡para evitar que se derrumben!).

El uso de basura (y del excremento de animales) para generar energía también puede caber aquí. ¿Y por qué no se usa más ‘bienes libres’ para hacerlo? Como p.ej. el viento y el sol (‘bien libre’, cuya oferta aún es perfectamente elástica en ausencia de nubes), así como una gran variedad de material orgánico: ¡cómo se desperdician estos ‘bienes’ infinitos!

El uso más pleno de ciertos bienes de consumo duradero es otra forma de reducir la COC. En efecto, hay la posibilidad de uso potencial más pleno de ellos, como es el caso de las madres de familia que se turnan para llevar y recoger sus infantes del colegio. En procesos de crisis este ‘compartir’ es más evidente. En ellos se desatan una serie de mecanismos que incrementan el uso que se le da a los bienes, con lo que disminuye la COC. El mejor ejemplo es aquel en que –por la polución temporal del medio ambiente en una ciudad o por la falta de combustibles- cada automóvil solo pueden transitar durante determinados días de la semana, con lo que los que poseen uno comparten el automóvil en grupo para trasladarse. En cambio, hoy en día, generalmente todo propietario viaja solo en su vehículo, con lo que se gasta más gasolina, se deteriora el medio ambiente, se congestionan más las vías [18]. También es conocido el caso de las madres de familia que se turnan para llevar y recoger a sus hijos pequeños al colegio. Obviamente estos procedimientos tienen costos de coordinación y de transacción que a veces pueden colisionar con el bienestar de las personas, no así con el bienestar social.

Para terminar, puede ser interesante recordar cómo en los países altamente desarrollados se utilizan muy eficiente y rentablemente los bienes de consumo desechados [19]. Para nuestros fines es relevante el proceso de ‘desnacionalización’ o exportación de esos desperdicios, en que esos bienes fluyen a países como el nuestro (en que, dicho sea de paso, China es uno de los grandes demandantes de estos desechos), aparentemente para bien en unos casos y para mal en otros. El caso de la ropa usada que se nos envía es un caso palpable (en forma de donación o de venta), así como el de los automóviles (¡con el timón a la derecha!), la mayoría de los cuales se venden en Tacna donde genera empleo, contra la oposición del gremio de industriales (SNI) [20]. Asimismo es cada vez más común la venta de maquinaria de segunda mano, obsoleta, que se importa de los antiguos miembros de la URSS y que en el país adquieren las micro y pequeñas empresas. Más grave es el caso de desechos dañinos, los que son exportados a nuestros países, para lo que se pagan precios módicos [21].

  1. El reciclaje

La segunda modalidad, seguramente la más importante de todas en términos de valor mercantil, tiene que ver con el re-uso industrial de los bienes desechados [22]. En relación al reciclaje, caben señalar los siguientes comentarios, tratándose de un procedimiento cada vez más común en los países del Norte (The Economist, 2007a y 2007b), pero también en los nuestros. Para llevar a cabo el reciclaje, se seleccionan periódicos y revistas, vidrio y plástico, papel y cartón, metales; y, en menor medida, monedas, juguetes y joyas. Los que se recogen de la basura o que adquieren a bajo precio los ‘tricicleros’, los ‘emprendedores individuales’, etc. y que luego revenden a los recicladores o a las mismas fábricas.

Es este uno de los aspectos más interesantes, realistas y rendidores para ‘recuperar lo perdido’ por la existencia de COC. El proceso de reciclado tiene una serie de ventajas. Primero: permite ahorrar recursos naturales valiosos, particularmente metales, petróleo y madera. Segundo: reduce la cantidad de basura que se entierra o se quema, con lo que se ahorra espacio y se reduce la emisión de metano, ese potente gas de invernadero que genera aquella (en especial, la basura orgánica). Tercero: implica un menor gasto de energía, ya que recupera insumos desechados para la industria y porque –como lo acaba de señalar The Economist (2007b)- “la concentración de metales que se obtienen de las explotaciones mineras es extremamente intensivo en energía. (En cambio) el reciclado de aluminio, por ejemplo, puede reducir el consumo de energía por hasta un 95%. Los ahorros de otros materiales son menores pero aún sustanciales: alrededor del 70% para plásticos, 60% para acero, 40% para papel y 30% para vidrio. El reciclaje también reduce la emisión de elementos que polucionan el ambiente al generar humo, lluvia ácida y la contaminación de vías acuáticas”.

A ello se añaden los esfuerzos que despliegan algunas instituciones que –en lugares estratégicos de su local- disponen barricas destinadas, cada una por separado, para productos orgánicos, para papel y cartón, para plásticos y botellas, para metales y demás. La diferenciación que se hace en los basureros entre papel, vidrio y plástico en los basureros es lugar común en un países tan ricos como Suiza, si bien ahí el énfasis está dirigido a mantener el medio ambiente físico, más que para fines filantrópicos. Afortunadamente en el Perú ya se viene implementando –si bien a pequeña escala- esa política por parte de universidades, municipalidades y otras instituciones que albergan a mucha gente que genera cuantiosos desperdicios y que –potencialmente- se pueden reciclar. Los bancos, los supermercados, las farmacias y similares ya están instalando –muy tímidamente- depósitos en que la gente puede depositar sus sobras, al margen del hecho de que las municipalidades deberían facilitarle a los que botan basura clasificarla, como hacen algunas instituciones, distinguiendo entre papeles y cartones, vidrio y plástico, medicinas, madera y muebles, juguetes, etc.

En un emprendimiento muy innovador, también hay quienes utilizan desechos (básicamente cartones y papel reciclados que adquieren de los recicladores) para elaborar libros a bajo costo y que están dirigidos a fomentar la lectura en sectores populares, como es el caso de la asociación Sarita Cartonera [23], liderada por tres egresados de Literatura de la UNMSM, apoyados por AECI.

  1. Una propuesta crítica: transformación de bienes privados en ‘bienes públicos’

Lo que inmediatamente nos lleva al tema de la desigualdad y la exclusión social. Y es que, en efecto, la extrema pobreza y la muy desigual distribución del ingreso y los activos en el Perú, explican en gran medida la elevada COC en los sectores acomodados de la sociedad, así como la tendencia de los desempleados o subempleados a ocuparse de reducirla para poder sobrevivir. De ahí que una tercera categoría para reducir la COC, la que más nos interesa aquí, sea la de los bienes privados en desuso que se convierten (o se pueden convertir) en bienes públicos.

En todos los casos mencionados anteriormente, el problema es que esos bienes –desechados o reciclados- pasan de unas manos privadas a otras manos privadas (personas o empresas). De ahí que nuestra atención vaya dirigida a privilegiar una propuesta que los convierta en ‘bienes públicos’. Aunque en gran parte es cierto que en nuestra sociedad ‘todo se vende, todo se compra’, aún hay amplios espacios para la donación o entrega gratuita a conjuntos de pobladores, de manera que estos mecanismos puedan contribuir a incrementar el bienestar de los más necesitados. Uno de los principales retos para asegurar esto radicaría en responder la siguiente interrogante: ¿Qué mecanismos –desde tributarios, pasando por acicates psicosociales, hasta llegar a títulos honorarios- existen para gestar los incentivos necesarios para hacerlo?

Por tanto, se trataría de crear los mecanismos e incentivos necesarios para convertir esos bienes (en especial, los duraderos, aunque no siempre depreciados o desgastados, como veremos) en ‘bienes públicos’, tal como los definen los economistas: pueden ser utilizados por todos sin costo alguno y sin excluir o dificultarle el goce a los demás ‘demandantes’, tal como sucede con los clásicos bienes públicos como por ejemplo bibliotecas y lozas deportivas, parques y plazas, etc.

Para que esta política de reconversión de bienes privados en bienes públicos se pueda cumplir tendrían que intervenir directamente las más variadas instituciones públicas, de preferencia las municipalidades, pero también organizaciones sin fines de lucro como escuelas, universidades, iglesias, bibliotecas, cunas infantiles, hospitales, instituciones de beneficencia y ONGs [24]. Estas instituciones servirían de intermediarias entre los que poseen bienes que no se usan y los que requerirían de ellos o serían sus demandantes potenciales. Como tales, servirían para formalizar el procedimiento de entrega, para reducir los costos de transacción, para facilitar su reciclaje o arreglo y para aumentar el uso de la capacidad de consumo de los bienes. A nuestro entender, en el diseño e implementación de estas políticas habrán de desempeñar un papel estelar las municipalidades provinciales y distritales, que son las que están en las mejores condiciones para asumir el liderazgo con conocimiento de causa, básicamente por la proximidad que tienen con los vecinos. Implica también una ardua tarea educativa, en la que están y deberían estar más comprometidas las ONGs.

¿En qué estamos pensando en este caso? ¿Cómo tratar y adoptar medidas según el tipo de bien subutilizado? Básicamente se trataría de convertir colecciones valiosas de objetos -que son de propiedad privada- en bienes públicos. Es decir, para ese efecto se deberían considerar las mercancías de poco uso (alta COC) que serían susceptibles de convertirse en bienes públicos. Éstos se aprovecharían en bibliotecas públicas nacionales o municipales, en museos, en determinados espacios de universidades y escuelas.

Pensamos en películas y libros antiguos, en huacos y tejidos pre-incas, en joyas y orfebrería; en pinturas y esculturas; en artesanía popular; en monedas y estampillas; en automóviles clásicos; en muñecas, columpios, toboganes, trenes eléctricos y otros juguetes [25]; en arte clásico foráneo (pinturas, máscaras, esculturas); en animales embalsamados; etc. Generalmente se trata de ‘inversiones’ realizadas por personas o familias para satisfacer ciertos gustos muy sofisticados, así como también manías [26].

En muchos de los casos nombrados, sin embargo, muy bien pueden formarse colecciones de varios particulares –cuyos nombres figurarían prominentemente como ‘donantes’- que no hacen uso de tales bienes y que están dispuestos a compartir sus riquezas estéticas con toda la población. Ciertamente algunos podrían donarse o prestarse por un tiempo (cada año) a museos o a bibliotecas públicas para que una mayor cantidad de personas puedan gozar de ellas. Como de hecho ha sucedido con bibliotecas enteras donadas, por ejemplo, por eminentes académicos a sus universidades de origen [27].

Este procedimiento ya lo están acometiendo algunos bancos privados, que vienen comprando obras de arte, pero cuyo acceso no es en todos los casos abierto a todo público [28]. En tal sentido, el acceso es más importante que la donación en sí (piénsese en colecciones privadas que se pueden visitar, previa cita y generalmente sin pago alguno), teniendo en cuenta los intereses de los futuros herederos de tales colecciones. También podría pensarse en el préstamo por un tiempo de colecciones enteras, como ya se estila en algunos casos en casi todo el mundo.

Los bienes de colección son parte de lo que llamaríamos COC potencial, en que se pretendería generar incentivos para que sean donados a la comunidad en determinado momento de la vida del coleccionista o al momento de su deceso, testamento de por medio. Desgraciadamente en esos casos, aunque con algún derecho, esos valiosos bienes se venden y desperdigan en otras manos privadas una vez que los herederos los lanzan al mercado. ¿Ayudaría en algo implantar un muy alto impuesto a las herencias de este tipo, cuando se trata de mercancías valiosas que pueden convertirse en públicos que permitan contribuir con la educación o la ‘identidad nacional’?

A manera de digresión, también puede ser ilustrativo el procedimiento contrario al que aquí hemos propuesto, aquel en el que –lo decimos con vergüenza- ciertos bienes públicos son convertidos en bienes privados.

Finalmente, hay una cuarta categoría –bastante distante de la personal, de la de reciclaje y la de bienes públicos- que escapa propiamente a nuestro análisis y propuestas de política. Nos referimos a situaciones menos comunes, que en algún momento fueron muy importantes en el país, como son las invasiones de tierras urbanas o rurales –sin uso o eriazas- de propiedad del estado, de municipalidades o de privados. Sin embargo, son un claro ejemplo de la posibilidad de incrementar el bienestar social, al margen de la problemática ligada a los ‘derechos de propiedad’; por lo menos, si sus propietarios no le dan un uso productivo o no lo convierten en bien público, sea por razones especulativas o falta de financiamiento o desidia. Sin embargo, una propuesta más racional (y que puede convertirse en un mecanismo legal con una Ley para el efecto) para incrementar su uso y que podría plantearse a partir de un impuesto sobre las tierras sin uso, tal como la planteáramos hace algún tiempo (Schuldt, 2001).

Antes de pasar al siguiente tema, permítaseme un breve digresión en torno al concepto contrario al aquí señalado: la conversión de bienes públicos en bienes privados. Aunque hay muchos ejemplos, nos limitaremos a ilustrar la idea en base unos pocos, probablemente los más llamativos que llevan a una especie de Apartheid físico. Pensemos, en primer lugar, en las playas de ciertas zonas de nuestro litoral –en especial, entre los kilómetros 50 a 120 de la Panamericana Sur- que supuestamente son públicas, pero que por la construcción de condominios privados y alguna que otra artimaña para imposibilitar el acceso de cualquiera a la orilla del mar, se convierten sigilosamente en zonas de uso absolutamente privado para los socios de los ‘clubes’ ahí ubicados. El caso de la ‘Costa Verde’ es otro ejemplo de la prepotencia de ciertos empresarios y de la connivencia de alcaldes para convertir las playas de uso público –en que deben respetarse las arenas que se extienden por un mínimo de 50 metros desde las orillas del mar- para la construcción de restaurantes, clubes y demás. Algo similar se aplica, finalmente, al caso de muchos parques públicos que se encuentran entre o al interior de zonas edificadas de áreas residenciales tipo A o B (sobre todo en distritos como San Isidro, Miraflores y Surco), las que se cierran al público con rejas o muros, para beneficio exclusivo de los dueños de esas viviendas.

En todos estos casos, los que sí pueden acceder a estas zonas y que tienen el poder y la prepotencia de prohibir o limitar el ingreso de ‘otros’, arguyen que la ‘autarquización’ responde a motivos de tranquilidad, seguridad, higiene y similares. Evidentemente esto solo puede suceder en sociedades desinstitucionalizadas y altamente fragmentadas, social o étnicamente discriminatorias y que reflejan no solo la enorme pobreza reinante, sino sobre todo la muy desigual distribución del ingreso y los activos vigente, lo que ‘obliga’ a ‘enmurallar’ los espacios sociales. En cuyo caso el poder político asigna los recursos a su antojo, en contra de la ‘debilidad de los mecanismos de mercado’ y, sobre todo de la impotencia de la ‘voz de los ciudadanos’ [29].

  1. Políticas adicionales

En este acápite se proponen medidas extra-económicas, que intentan desarrollar los ‘valores’ necesarios para reducir la COC y convertir los ‘desperdicios’ en bienes útiles para quienes no los pueden comprar.

Una primera consistiría en educar al ciudadano. La elevada COC también es resultado y un problema que tiene relación con las ‘buenas maneras’ y la educación familiar y escolar de la población, asunto difícil de pedir en las condiciones precarias en que vive la mayoría. Por ejemplo, ¿gastaría usted en kerosene para cocinar si no tiene dinero? ¿no recurriría al bosque o al basurero más cercano para alimentar el fuego requerido? Parte importante de los bosques deforestados puede deberse a este ‘uso culinario’ de los árboles. De otra parte, todos sabemos lo descuidada que es la población en relación al uso de los bienes y servicios públicos, aquellos que no están en manos privadas. El desperdicio de luz en edificios, el exceso de uso de agua, toallas y jabones en los hoteles, etc. Podría reducirse en campañas educativas, desde la escuela y, sobre todo, en las mismas oficinas y hoteles. Pero algo similar se da en el consumo de bienes privados, especialmente entre los segmentos acomodados de la población.

Otra forma consistiría en apelar a solidaridad de la Ciudadanía. Sólo cuando falta agua en las grandes ciudades o hay limitaciones para el uso de electricidad, el gobierno central hace un llamado ‘a la cordura’ para que se ahorre el limitado stock disponible de esos servicios esenciales. Lo mismo se aplica al uso de automóviles cuando escasea la gasolina; en cuyo caso se establecen turnos para el manejo y la gente se agrupa para trasladarse conjuntamente, aumentando así el uso de los vehículos.

Finalmente, con lo que no se agotan las políticas, puede conseguirse mucho motivando a las empresas a ser ‘socialmente responsables’. Después de muchos años de luchas ‘en defensa del consumidor’, ya existe la obligación de marcar la fecha en que caducan ciertos bienes de consumo, especialmente alimenticios un bien duradero de consumo alimenticio (leche, salsa de tomate, cerveza, etc.), así como de las medicinas. Sin embargo, en otros aspectos las empresas no contribuyen precisamente a utilizar eficientemente los recursos, en especial cuando los utilizar para estimular la demanda de bienes de consumo. La técnica más notoria y nefasta a la vez, es la de la llamada ‘obsolescencia planificada’. Ella consiste en lanzar al mercado bienes que solo son de utilidad por un breve tiempo a fin de obligarnos a botarlo o a reemplazarlo por uno ‘más nuevo’, a pesar de que se trata de mejoras mínimas (en lo que apela al afán ridículo de los consumidores de ‘estar al día y con la moda’). La ‘planificación’ de la obsolescencia –que se da en productos tan diferentes como focos de luz, software, relojes, automóviles, edificios, etc.- en muchos casos se realiza sobre la base de: la utilización de los insumos y componentes más baratos para evitar que el bien tenga una vida más larga; la producción de volúmenes con especificaciones técnicas que reducen el tiempo entre una compra y otra de un mismo bien (modelo); el cambio de la moda, cada cierto tiempo, variando según el valor del bien en cuestión; etc.

  1. ¿Para qué sirve este concepto o paradigma?

Después de este extenso recorrido, para decirlo en pocas palabras, hay que reconocer –como es evidente en muchos otros aspectos- que la gente menesterosa, necesitada e innovadora descubre las cosas y los procesos, así como las soluciones, mucho antes que las detecten y le den un apelativo los académicos –en especial, los economistas-, como es el caso de los ejemplos mencionados. De manera que, en el fondo, no estamos diciendo nada nuevo al referirnos a la COC. Lo único que podría serlo es el concepto o calificativo que estamos sugiriendo y alguna de las propuestas de política que de ahí se derivan para darle –entre otros usos que veremos más adelante- una mayor amplitud y eficiencia al consumo de bienes para reducir la COC, redireccionando el consumo –de preferencia hacia bienes públicos- que permitiría el goce de una mayor cantidad de gente o para que los desperdicios (la alta COC de ciertos bienes) no contribuyan al deterioro del medio ambiente.

Quizás, pensando en los ejemplos anteriores (re-uso personas, reciclaje y bienes públicos), en que la propia población o las fuerzas de mercado reducen la COC, habrá quienes piensen que no habría necesidad de reflexionar sobre el tema y de proponer políticas al respecto. Argumentarían que, ya que –por un lado- el recolector de desperdicios es ‘eficiente’ y, por el otro, en caso que no lo fuera, siempre hay agentes económicos privados ‘socialmente necesitados’ o instituciones ‘socialmente responsables’ que realizarán el ‘arbitraje’ para que no se malgaste tanto o casi nada de la ‘capacidad instalada’ de los bienes de consumo. En tales circunstancias, los ‘restos’, ‘residuos’ y ‘desperdicios’ que consiguen en la vía pública o a través de colectas o la venta directa se usarían óptima y eficientemente, tal cual o por medio de una transformación, la más importante de las cuales es sin duda –como hemos visto- la modalidad de reciclaje de papel, vidrio, plástico, metales e insumos similares.

El problema que acarrean estas ‘soluciones espontáneas o ‘de mercado’ es que los bienes transados vuelven a manos privadas, con lo que aquellas son sub-óptimas, dado que no contribuyen sino a incrementar el bienestar (más bien: a aminorar el malestar) de los que los readquieren para uso directo de las familias e individuos (muebles o aparatos eléctricos [30]) o, por acción de un intermediario, para la utilización indirecta de las empresas (reciclado de vidrio, metales o papel) [31]. En ese sentido, lo repetimos, debería privilegiarse –hasta donde ello sea posible- su conversión en ‘bienes públicos’, que es –hasta donde hemos avanzado- la principal utilidad del concepto de la COC. Pero vayamos algo más lejos.

Lo primero que hay que decir es que el concepto como tal puede ser utilizado para mal, como para bien [32]. En el primer sentido, el concepto de COC puede llevar a la adopción de políticas y propuestas altamente asistencialistas, paternalistas y, sobre todo, clientelistas. Es el caso que se desprende de la cita que encabeza este texto y que proviene –nada menos- del presidente venezolano (o el de su sugerencia de invadir casas y departamentos, que finalmente se llevó a cabo). Estas serían soluciones facilistas que nos llevan al desvío y que pueden peligrosamente derivarse de una comprensión demagógica del concepto.

Segundo: Esta reflexión muy superficial sobre las diversas variedades de COC nos parece pertinente porque puede llevar a repensar la actividad productiva y las tendencias al consumo en nuestro sistema económico y su relación con el bienestar-felicidad de la población, dando lugar a ideas innovadoras para la adopción de políticas sociales que permitan incrementar el bienestar social contundentemente, tanto porque elevarían el nivel de vida de la población más pobre del país, como porque permitirían contribuir a reducir el amenazante deterioro del medio ambiente [33]. Tratándose de un concepto que –hasta donde alcanza nuestro conocimiento- es nuevo, apenas hemos intentado una primera aproximación a un tema complejo, que ciertamente requiere un mayor espacio para evitar malentendidos.

Por lo demás y paralelamente, nos permite ensayar el diseño de políticas que generen los incentivos adecuados para reducir esa COC, el deterioro del medio ambiente y el despilfarro de bienes de consumo que, implícitamente, significan el desperdicio de fuerza de trabajo y capital ‘congelados’ en ellos. Lo que quiere enfatizarse es que lo que no se consume plenamente es un desperdicio expost –indirecto o implícito- de fuerza de trabajo y de capital. Por supuesto que parte de ese desperdicio responde, de un lado, a la lógica de los medios por los que el bien se le hace llegar al consumidor (botellas, cajas y envases en general) y, del otro, a las modernas técnicas del mercadeo (en que tales envases o la publicidad por el producto a veces cuestan más que su contenido) [34]. Esta termina siendo –si solo nos ocupamos del quehacer económico- complementaria a la de la COP [35], en el sentido que implica, tanto un desperdicio implícito de fuerza de trabajo y capital, así como explícitamente ciertos grados de utilización de los bienes. En ambos casos, estaríamos observando una subutilización que no permite alcanzar el bienestar social máximo, dados los recursos.

Yendo más a fondo, luego de este largo recorrido por la noción de la COC, por más que se le vuelta, se concluye que por más que se done, distribuya y se usen completamente los bienes de consumo, no se logrará eliminar la pobreza. Por tanto, seguramente la duda que siempre he tenido en relación a este concepto, probablemente radique en el hecho de que no toca los problemas de fondo, que están en las modalidades de acumulación, de distribución y de consumo que le son innatas al capitalismo de mercado. Su modificación –que no sabemos aún por donde deberían proponerse y realizarse- están a la raíz de esos problemas de fondo, que son los que los economistas deberíamos afrontar en lo inmediato y como lo han venido haciendo muchos pensadores en el pasado, aunque las utopías generalmente llevaron a condiciones de vida peores de las que hoy en día gozamos.

En tercera instancia, la mera noción de COC, en tanto se trata de un nuevo paradigma, nos puede llevar a revisar nuestra concepción de algunos de los aspectos del mundo en que vivimos y los patrones de consumo que privilegiamos. En tanto, como creemos, puede transformar nuestra ‘sabiduría convencional’, nos debería permitir ver o percibir aspectos de la vida humana desde una nueva perspectiva. Por lo que también podemos llegar a conclusiones algo más profundas. Nos interesa resaltar y divulgar este concepto de la COC porque nos ofrece un modelo o arquetipo para observar el mundo económico del consumo (incluidos sus aspectos sicológicos y antropológicos, así como morales) y no solo el del uso de los factores de producción en la fabricación de bienes. Además nos obliga a tomar posición sobre el desperdicio masivo a que la lugar el sistema de capitalismo de mercado.

Por lo demás, en última instancia, esto nos lleva precisamente al punto neurálgico de este ensayo. A nuestro entender, el problema radica en los mecanismos endógenos de funcionamiento del sistema socioeconómico en el que estamos insertos, en que el ‘molino infernal’ del consumo es –paradójicamente- parte consustancial de su funcionamiento, tal como lo reconociera en su momento Robert Malthus, lo formalizara posteriormente John M. Keynes y lo aprovechara tan lúcidamente Kenneth Galbraith. Como es sabido, sin consumo no hay inversión, con lo que tampoco habrá empleo e ingresos. Dejar de consumir o consumir cada vez menos lleva a la debacle del sistema, de este sistema. Las más diversas fuerzas endógenas al sistema nos llevan a desarrollar patrones de consumo que, en muchos casos y cada vez más, no se condicen con la satisfacción de nuestras necesidades fundamentales y, consecuentemente, con nuestro desarrollo humano intergral.

De donde podría surgir otro cuestionamiento a la noción de COC, ya que finalmente la economía capitalista de mercado solo sobrevive gracias a la permanente expansión de la demanda de bienes nuevos, los que además tienen que ser cada vez más sofisticados, real y, sobre todo, aparentemente. De manera que tratar de reducir la COC para permitir su re-uso por otros, implicaría –a primera vista- reducir el crecimiento económico y la dinámica del sistema, tal como funciona actualmente.

Yendo más a fondo, naturalmente todos estos fenómenos responden a la propia lógica del capitalismo de mercado, que se sustenta básicamente en la expansión del consumo a través labores de marketing y de innovaciones que pretenden asegurar el perfeccionamiento real o aparente de los bienes. Incluidas en estas cuestiones están obviamente muchas más, como por ejemplo la ‘obsolescencia planificada’, que envejece los productos adrede (técnica o funcionalmente), cuando se le podría dar una mayor vida útil; como también el empaque, que desempeña un papel cada vez más importante en las ventas, a la vez que significa cada vez más en términos de costos, que a veces sobrepasan al del producto que envuelve.

Lo que nos lleva a responder la interrogante de partida: Que en las economías capitalistas de mercado los académicos no se preocupen mayormente de la presencia de elevados niveles de COC es comprensible, ya que es un sistema económico que requiere que los agentes económicos compren más y más mercancías para que la demanda efectiva se expanda y así progresen las economías (a través de un crecimiento económico sostenido), las empresas (alcanzando mayores ganancias) y las familias (para tener empleo e ingresos). En ese sentido podría decirse que se trata de un sistema muy racional –a pesar de tratarse de un molino infernal- desde una perspectiva económica, no así desde la ética y desde una visión social y humanista de la economía y la sociedad.

A Manera de Conclusión

A nuestro entender, el concepto de Capacidad Ociosa en el Consumo no ha sido introducido al cuerpo de la Teoría Económica por cuatro motivos fundamentales. Uno es propiamente empírico: porque se considera que su nivel es muy bajo, gracias a los mecanismos que hemos mencionado y que permiten su reuso. Otro, porque no da mayores luces para fines de política, aunque aparezca –a veces- enmascarado por la problemática de la ‘obsolescencia’ y la necesidad de deshacerse de ‘basura’, especialmente de la tóxica. Una tercera explicación podría radicar en el hecho de que es absurdo hablar de la COC en nuestro sistema económico, dado que éste requiere que la gente consuma cada vez más (¡no importa qué!) para poder asegurar altos niveles de empleo e ingreso, que es lo que sostiene y viabiliza esta modalidad de acumulación. Finalmente, aunque sea una hipótesis aventurada, porque da pie a cuestionar el sistema capitalista de mercado, que obliga a consumir cada vez más bienes, aunque ellos casi no contribuyan al bienestar y la felicidad de sectores cada vez más amplios de la sociedad, especialmente en los países ‘desarrollados’.

Puede haberlo desilusionarlo a usted el hecho de que aquí no encontró una fórmula matemática, un cuadro estadístico o aparataje técnico alguno. Pues, en efecto, solo se trata de formular un concepto muy general.

Como se habrá observado la sola mención del concepto de COC puede resultar altamente subversiva, tanto para mal, como para bien. Para mal, por el uso demagógico, paternalista, asistencialista y clientelista que se le puede dar, tal como el caso que se presenta en la segunda cita del encabezado a este artículo. Para bien, por algunas políticas que efectivamente podrían contribuir a incrementar el bienestar de la población. Y, no sé si para bien o para mal, porque ataca algunos de los nervios más finos del ‘molino infernal’ que significa la vida en un sistema capitalista de mercado, en que la gente va tras bienes que -en vez de satisfacer necesidades axiológica y existenciales fundamentales- lo acogotan por satisfactores que lo reducen a un homo economicus puro unidimensional (Marcuse, 1964) y que, en conjunto, nos convierten en una ‘masa solitaria’ (Riesman, 1950).

A mi entender, para plantear esquemas que permitan vislumbrar un futuro mejor para el ser humano, habría que partir de su naturaleza más profunda. Hasta donde mis conocimientos alcanzan, son dos los economistas que han planteado el problema –y vías lejanas que prometen utopías realista- en su forma más digerible: Manfred Max-Neef (198 ) y Amartya Sen (199 ).

Nótese, sin embargo, que tampoco se trata aquí de sugerir que vayamos por la senda de una economía ‘budista’ o ‘puritana’ en lo que a los patrones de gasto y a la magnitud del consumo concierne. Tampoco se trata, por supuesto, de proponer políticas paternalistas y asistencialistas que no hacen sino humillar a los receptores, como lo acaba de proponer el presidente venezolano. Es decir, se convertiría la noción de COC como un paradigma para llevar a cabo políticas asistencialistas, paternalistas y asistencialistas, cuando su esencia consiste en privilegiar el bien público versus el bienestar individual. En el extremo, bien se puede convertir –que es nuestra intención última- en un concepto radicalmente anti-sistémico.

De manera que la utilidad del paradigma de la COC radica en que, si logramos interiorizarlo adecuadamente y observamos la realidad a través de estos nuevos lentes, se nos abre un menú muy polifacético para los más diversos gustos, porque:

  1. Nos permite tomar conciencia respecto al desperdicio e irracionalidad de ciertos patrones de consumo que forman parte consustancial de nuestra personalidad y son inducidos por el efecto demostración y las técnicas modernas de marketing;
  2. Nos podría conducir a una mayor responsabilidad respecto a los bienes que compramos en función a nuestras ‘necesidades reales’ (las compras emotivas y compulsivas son cada vez más notorias) [36], más que para responder a la ostentación y el consumo conspicuo;
  3. Nos percatamos del gasto adicional que pagamos por los bienes por los ‘esfuerzos de venta’ de las empresas, en especial por la publicidad y los empaques costosos que en muchos casos no contribuyen a satisfacer necesidad sentida alguna;
  4. Nos aguza la mente para encontrar formas de convertir bienes de consumo privados en bienes públicos;
  5. Nos induce a crear metodologías para calcular el enorme costo que significa la ‘obsolescencia planificada’;
  6. Nos hace pensar que siempre ‘seguimos parados en el mismo sitio’ porque cada vez nuestras aspiraciones crecen, sin contribuir a incrementar nuestro bienestar;
  7. Nos hace pensar en el tiempo que le dedicamos al consumo de bienes materiales a costa de los ‘bienes relacionales’;
  8. Nos concientiza sobre la creciente falta de solidaridad social;
  9. Nos hace preguntarnos por las consecuencias que tiene el consumismo exagerado, no solo en la salud de las personas (tendencia a la gordura), sino a su impacto en el ‘calentamiento global’ por la emisión de ‘gases de invernadero’;
  10. Nos puede servir para diseñar políticas educativas para ‘racionalizar’ patrones de consumo, para cuidar el medio ambiente y para tomar conciencia sobre la lógica perversamente racional del capitalismo, lo que nos puede conducir a su cuestionamiento y a la búsqueda de sistemas alternativos;
  11. Etc.

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Anexo I: Capacidad Ociosa en el Consumo (COC): Enfoque Intertemporal

Por: Nikolai Alva

Sea el modelo usual de una familia que vive dos periodos, donde:

t = periodo (1,2)

Qt = Ingreso

Ct = Consumo

r = costo de oportunidad (tasa de interés)

Para hallar el equilibrio igualamos el Ingreso con el Consumo, Qt = Ct, llevándolos a valor presente:

Q1 + Q2/(1+r) = C1 + C2/(1+r)

Luego, para incluir el efecto de la COC, introducimos el concepto de la tasa natural de consumo: “f”, la cual entendemos como la tasa de desgaste de un bien de consumo, similar a la tasa de depreciación.

La tasa natural de consumo (f ) puede tomar valores que van entre 0 y 1, donde 0 significa que el bien de consumo puede revenderse al mismo precio que fue comprado, y 1 que el desgaste fue total por lo que su precio reventa tras ser consumido sería 0. Además, asumimos que existe un mercado perfecto para bienes de consumo usados.

Tomando en cuenta lo anterior, igualamos nuevamente el Ingreso con el Consumo, Qt = Ct, llevándolos a valor presente, obteniendo lo siguiente:

Q1 + Q2/(1+r) + (1-f)C1/(1+r) = C1 + C2/(1+r)

Un observador acucioso notaría que no hemos incluido la reventa de los bienes consumidos en el periodo 2, ya que la familia solo vive dos periodos, la cual llevada a valor presente sería:

(1-f)C2/((1+r)2)

¿Qué hacemos con ello? ¿Podemos introducirlo en el modelo? Sí es posible, pero para hacerlo necesitamos tomar el supuesto que el mercado de bienes usados está tan bien desarrollado que se pueden realizar contratos de ventas a futuros de los mismos. Para darle más realismo, podemos agregar que -debido a la incertidumbre y al margen de ganancia de los revendedores- el precio de un bien usado vendido a futuro disminuye según la tasa “h”, la cual, también va de 0 a 1, donde 0 representa que los compradores a futuro pagarían el mismo precio del de una venta en tiempo normal, y 1 que no pagarían nada por dicho bien en un sistema de ventas a futuro.

Finalmente, incluyendo todo lo anterior, realizando la habitual igualación del Ingreso con el Consumo, Qt = Ct, ,y llevándolos a valor presente, obtenemos lo siguiente:

Q1 + Q2/(1+r) + (1-f)C1/(1+r) + (1-h)(1-f)C2/((1+r)2) = C1 + C2/(1+r)

Pregunta: ¿Cuál es la COC?

Sugerencia: Comparar la diferencia en los consumos entre el modelo final y el inicial.


BIBLIOGRAFÍA

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The Economist (2007b), “The Truth about Recycling”, junio 7; edición virtual (www.economist.com/opinion/displaystory.cfm?story_id=9249262).


[1] Del Prefacio de D’une Chine a l’autre, de Henri Cartier-Bresson y Jean-Paul Sartre. Paris: Ed. Robert Delpire, 1954. La cita proviene de Sartre (1965: 15).

[2] Fuente: “Chávez pide donar bienes superfluos”, en La República, junio 12, 2007; p. 27.

[3] No nos ocuparemos aquí de sus diversas variedades (maquinaria, equipo, capital social, recursos naturales, etc.), ya que –en lo que sigue- interesará el uso de los bienes, sean de capital (inversión acumulada) o de consumo.

[4] Técnicamente hablando, ello significa que se pretendería llegar a la ‘frontera de posibilidades de transformación’, en la que se usan plenamente los factores de producción y más allá de la cual no es posible incrementar la producción de mercancías.

[5] [5] No es del caso analizar aquí las razones por las cuales en las economías reales no se llega a producir al nivel de los recursos disponibles; es decir, a la curva de transformación. Pero, en la fundamental, la existencia de la COP surge de los más variados factores, entre los que destacan la falta de demanda efectiva (teorías del subconsumo), por un lado, y las ‘fallas’ del mercado o del gobierno, por el otro.

[6] Esta idea se me ocurrió treinta años atrás cuando enseñaba Teoría Macroeconómico en la universidad, pero que por razones que ignoro nunca desarrollé plenamente por escrito (apenas hubo algunas referencias orales en clase). En todo caso, tengo el pálpito que la noción de COC tiene algún defecto de concepción que me hace pensar que posee un error de fondo que hasta ahora no llego a captar. Si me he animado a redactar ahora algunas reflexiones en torno a este –aparentemente curioso- concepto es porque sigo creyendo en su utilidad. En todo caso, tengo la esperanza que algunos de mis colegas encuentren sus debilidades o invalidez o, en el mejor de los casos, lo rectifiquen o mejoren. Tampoco tengo conciencia de autores que hayan tratado este tema en lo poco que conozco de la literatura económica del pasado, aunque pienso que ‘todo ya ha sido inventado’en este campo, por lo que espero que uno o más lectores más leídos en ‘historia del pensamiento económico’ me adviertan de contribuciones similares o conexas que pudieran existir en esta gelatinosa materia.

[7] La RAE de la Lengua lo define, sea como “derroche de la hacienda o de otra cosa”, sea como residuo de lo que no se puede o no es fácil aprovechar o se deja de utilizar por descuido”, que son las acepciones que aquí también utilizaremos.

[8] Nótese, sin embargo, que hay casos en que la evaluación de la COC se complica, en especial si el bien se adquiere no para consumir su valor ‘intrínseco’ (en este caso, la lectura de los libros), sino para ostentarlo (valor extrínseco). Es conocida la costumbre de algunas personas que compran libros que les sirven de simple adorno: ¿Recuerda cuando adquirió doce metros de libros bien encuadernados para llenar los estantes de su biblioteca particular recién inaugurada y a vista de todos –de preferencia, en la sala y hasta en el comedor- los visitantes de su hogar?

[9] Al igual que en el caso de los libros, hay casos en que la vestimenta ‘no queda ociosa’ en un sentido amplio, básicamente por razones de status, con lo que teóricamente no debería ser parte de la COC. Hay señoras que pasean a sus amigas –después de tomar el té- por los armarios y cómodas (y, de preferencia, si los tienen, por los ‘walking-closets’) de sus casas para enseñarles sus colecciones de calzado, de vestidos de noche y hasta de joyas, aunque en su mayoría ya no los usen o lo hagan una vez al año o dos veces en la vida, lo que justifican por los avances de la moda[9] y que los convierten –en el mejor de los casos- en reliquias para el anticuariado, aunque no los hayan heredado de la tatarabuela.

[10] Sin duda, habrá quienes consideren que estos vehículos son ‘factores de producción’, al igual que los camiones o camionetas y, en general, todos los vehículos que transportan carga. La diferencia, aunque sutil, está a la mano.

[11] Una propuesta para este caso la hemos esbozado en el artículo “Revalorando la Pachamama: Un impuesto reactivador”, en Actualidad Económica del Perú, no. 221, 2001 (ver: www.actualidadeconomica-peru.com/anteriores/ae_2001/221/polit_econ3.pdf).

[12] Nótese que este fenómeno no tiene nada que ver con las ‘teorías del subconsumo’, que son un problema macroeconómico y han sido tratados por economistas de las más variadas escuelas, especialmente por parte de los keynesianos y marxistas.

[13] Claro que ya sería el colmo que incluyéramos dentro de la COC el jardín o la piscina de nuestra casa, aunque apenas se disfruten, o las pinturas y esculturas que adornan nuestras habitaciones, o los discos de nuestra preferencia aunque los escuchemos una sola vez al año, o los 20 gatos que alimenta nuestra abuelita, etc. Todos ellos rinden ‘utilidad’ y, como tales, aunque no estén consumiéndolos, tienen un uso temporal o potencial a futuro (Piense en el tren eléctrico –aunque ya no le interese mucho a los chicos de estas generaciones- que le regalaron décadas atrás y que usted quiere obsequiárselo a su único o más engreído nieto).

[14] Nótese que el ‘subconsumo’ también puede estar relacionado con tabúes sociales o normas religiosas, cuyo caso más extremo es el de las vacas en la India, paradójicamente en un entorno de miseria extrema. En este caso la ‘utilidad extrínseca’ deriva del respeto a los cánones de conducta que prescribe el budismo.

[15] En que, por ejemplo, en algunos artículos el empaque es más costoso que su contenido mismo, que es el que le da el valor intrínseco, como es el caso de los perfumes (tanto por la caja, como por el frasco. Evidentemente, nadie consume el paquete o la botella, pero esas ‘envolturas’ le dan el caché (junto con la marca, por supuesto) al bien en cuestión.

[16] También es común entre las mamás de hogares bien establecidos y adinerados que muy a menudo exclaman: “¡Hijito, termina tu plato, que hay millones en el mundo que no tienen nada que comer!”, con lo que -en última instancia- están intentando reducir la COC en el consumo de alimentos, aunque lo que le interesa es que su vástago se alimente adecuadamente.

[17] Este es, ciertamente, un ‘caso límite’, ya que roza peligrosamente la noción de COP (subuso de la capacidad productiva), más que de COC.

[18] Nótese el contraste con el transporte público, especialmente en el de los microbuses, donde efectivamente hay sobre-uso de los vehículos en determinadas horas del día o de la noche. En ese caso, los que se transportan por ese medio, sufren diversos maltratos, en especial porque tienen que ‘viajar como anchovetas en conserva’, a pesar de la proliferación y competencia salvaje que existe entre los choferes de tales vehículos.

[19] También son interesantes las advertencias para ahorrar recursos en este sentido. En los baños de los cuartos de los hoteles, por ejemplo, se señala explícitamente que no se use agua y papel en exceso; e, Incluso, se recomienda volver a usar las toallas si uno se queda por más de un día.

[20] El gobierno regional de Tacna acaba de emitir la ordenanza 006-2007-CR/, por medio de la cual “se autoriza la comercialización de ropa y calzado usado (J.S.: se entiendie que se trata de importaciones de países desarrollados, específicamente EEUU) en diversos distritos de la zona”, hasta que se puedan llevar a cabo los “proyectos de reconversión de los comerciantes a otras actividades productivas”, con el propósito de inducirlos a retirarse de esta “actividad tan precaria e inestable”. Esta actividad ha proliferado de tal manera en esa región que incluso existe una Federación de Comerciantes de Ropa y Calzado de Segundo Uso (Ver: La República, junio 13, 2007, p. 13: “Gobierno Regional de Tacna publica polémica norma – Legalizan venta de ropa usada”). Por supuesto que los “Industriales iniciarán acciones legales contra la venta de ropa usada en Tacna” (como reza el título de un artículo aparecido en Gestión, junio 13, 2007; p. 9).

[21] Recuérdese el sonado caso de Larry Summers a quien –mientras que se desempeñaba como segundo en el Banco Mundial- apoyó la propuesta de su colega Lant Pritchett, de enviar los desechos tóxicos a países subdesarrollados, porque ahí el ‘costo de oportunidad’ era menor. Véase los detalles en: www.commondreams.org/headlines01/0313-04.htm, donde también se reproduce el famoso memorando y la patética frase que dio lugar a todo el entuerto según esa fuente: ''I think the economic logic behind dumping a load of toxic waste in the lowest wage country is impeccable and we should face up to that''.

[22] De paso vale la pena notar que en la ciudad de Lima, que rebasa los 7 millones de habitantes, solo existen dos plantas de tratamiento de basura (en Huaycoloro y Ancón), pero que apenas reciclan el 5% de la basura. En cambio, existen 18 botaderos informales o irregulares en la periferia de la capital.

[23] Véanse los detalles de su creativo proyecto en: http://www.saritacartonera.com/#

[24] En estos últimos días de junio todos hemos sido testigos del enorme esfuerzo humanitario por juntar ropa, víveres y medicinas para las zonas altoandinas del Perú –especialmente del departamento del Cusco- para paliar en algo los efectos del friaje que ya ha acabado con la vida de muchísimos niños (49 en lo que va del año; número que, sin embargo, es menor a los ¡150 que fallecieron de neumonía el año pasado en esas zonas!) y ancianos. Y aún se esperan temperaturas menores, que hasta ahora se ubicaban en torno a 12 grados bajo cero y que el SENAMHI estima llegarían a 20 y 22 grados bajo cero en los próximos días. Hoy día, 19 de junio salió el primer envío de alrededor de 15 TM de medicinas, ropa, frazadas y comida desde Lima a la región. Esto nos da una buena idea de la cantidad de COC existente, aparte de la buena voluntad de ciertos sectores de la población que depositaron sus donativos en el Estadio Nacional. Ver: “Zonas altoandinas tendrán temperatura de menos 20 grados”, en Perú.21; junio 19, p. 20. A ello se añade, como informa El Comercio de hoy, que “unas 150 toneladas de ropa y víveres decomisados por la Policía Fiscal en las últimas semanas serán destinadas a familias de escasos recursos que vienen siendo afectadas por las bajas temperaturas que se registran en 12 regiones del país”.

[25] En Trujillo ya existe un Museo del Juguete, señero en su género en América Latina, como nos cuenta W. Ardito Vega: “En ese acogedor museo se puede encontrar desde muñecas preincaicas hasta las colecciones de soldaditos de plomo con los que antaño los niños reproducían la batalla de Waterloo o la de Ayacucho. Los visitantes disfrutan contemplando los trompos, los trenes, los camiones de hojalata y las muñecas de porcelana; los más pequeños miran con curiosidad y los adultos con nostalgia”.

[26] Aunque también, porqué no decirlo (si bien en este caso se justificaría que se mantengan en manos de sus dueños), para afrontar gastos imprevistos, tener recuerdos personales y para cubrir los más variados valores o requerimientos ‘extra-económicos’. Sin embargo, Al responder a ‘satisfactores extra-económicos’ (de alto valor extrínseco, en el sentido indicado), no necesariamente pueden incluirse en nuestra definición de COC si nos limitamos a considerarlos únicamente desde una perspectiva utilitarista.

[27] Si vemos la enorme COC que existe en ciertas casas particulares no saldremos de nuestro asombro: Huacos, automóviles, estampillas, obras de arte y similares. A ese respecto nos preguntamos porqué no se podrían donar (por lo menos algunos de los disponibles) para crear –en las principales ciudades del país, inicialmente- espacios para el (varios de los cuales ya existen, pero sólo en la capital): Museo de Reliquias Coloniales; Museo de Pintura Criolla; Museo de Arte Moderno; Museo del Juguete; Museo de la Moda del siglo XIX y XX; Museo de la Artesanía Peruana; Museo de la Tecnología; Museo de Instrumentos Musicales; Museo de la Estampilla Peruana; Museo de Automóviles Clásicos; Museo de Insectos; etc. Cuánto nos enriquecerían estas colecciones públicas, pequeñas y grandes, en colegios y galerías, en Lima y sobre todo en provincias.

[28] Loable esfuerzo al que se añade la restauración de casas coloniales y de balcones en el centro de Lima.

[29] Es pertinente recordar que los que encierran esos bienes públicos para su uso particular, son generalmente los mismos que más vociferan contra las invasiones de la propiedad privada en otras zonas (aunque se den en cerros desérticos).

[30] Un ejemplo paradigmático a este respecto es el de los estudiantes universitarios, especialmente en los países del Norte, quienes acuden a ‘tiendas’ de segunda mano para amoblar sus departamentos cuando viven lejos de sus familias. Los denominados ‘mercados de pulgas’ son otro ejemplo notorio de esta tendencia.

[31] Aparte de ello, estimamos que el ‘mercado’ o la filantropía apenas reducen en parte y no muy eficazmente esas COCs relativamente elevadas, las que bien pueden significar entre 5 y 10% del Producto Interno Bruto de una economía como la nuestra. Sin embargo, la realización de ese cálculo aún es un reto –no solo empírico, sino fundamentalmente conceptual- para economistas y demás científicos sociales.

[32] Pero, ¿no es y no seguiría siendo humillante entregar tales bienes ‘remendados’ (por no decir, desechos) a los pobres? En efecto, que sí, aunque depende de la forma como uno los haga llegar a los beneficiarios, en qué condiciones y en qué circunstancias.

[33] Si cada año sólo se desperdiciara aproximadamente un 10% de lo que consumen de las personas (y que representa un apreciable 67% de PIB), tendríamos que el uso pleno de los bienes de consumo aumentaría el PIB en aproximadamente 3,3 puntos porcentuales, considerando que algo menos del 50% del 10% se podría re-consumir a través del re-uso o reciclaje.

[34] Recuérdese, a ese respecto, la anécdota célebre de las latas de leche que Alan García cuestionaba en su primer gobierno y que proponía sustituir por bolsas o cajas que habrían permitido reducir el costo del producto. La lata a que aludía García entonces aún sobrevive, mientras que ha crecido la oferta de envasados en cajas, bolsas y botellas, que ciertamente son más baratas y, probablemente, deterioran menos el medio ambiente cuando se desechan.

[35] Para decirlo en términos del DOSSO (Dorfman, Samuelson y Solow, 1958) cabría preguntarse: ¿La COC es el ‘dual’ de la COP? ¿O al revés? Pensamos que no lo es en sentido estricto, pero sí lo es si pensamos que el desperdicio directo de trabajo y capital que se observa en la COP, se puede detectar también indirectamente por medio de la COC. En ese y solo en ese sentido, la COC sería el ‘dual’ de la COP.

[36] Piense, por ejemplo, porqué al lado de las cajas registradoras de los supermercados se ofrecen dulces, revistas, navajas de afeitar y similares, para bien unos, pero generalmente para mal.