viernes, mayo 25, 2007

¿Dejar sepultados nuestros Recursos Naturales No Rennovables?

Nadie en su sano juicio le propondría a gobierno alguno –y menos a uno en cuyo derredor campea la miseria- que deje inexplotados los recursos petroleros o mineros que posee en el subsuelo. Sin embargo, recientemente, el economista Alberto Acosta: Ministro de Energía y Minas del Ecuador, ha propuesto esta aparentemente peregrina idea para determinados lotes de petróleo ubicados en su Amazonía, a pesar de los elevados precios del crudo y recordando que un tercio del presupuesto nacional se basa en esas exportaciones.

En su propuesta, apoyada por el presidente Rafael Correa, se trataría de dejar de explotar un bolsón de petróleo, estimado en 920 millones de barriles (40% de los cuales son reservas probadas) a lo largo del próximo cuarto de siglo, ubicado en la zona selvática de Ishpingo-Tambococha-Tibutini (ITT) de las provincias de Pastaza y Napo, próximos a la frontera noreste del Perú. Este bloque abarca nada menos que un millón de hectáreas de bosque húmedo del Parque Nacional y Reserva de la Biósfera Yasuní, declarado como tal por la UNESCO en 1989.

Por supuesto que estamos hablando de cifras multimillonarias. Si una empresa (privada o pública, nacional o extranjera) explotara ese pozo, el más grande del Ecuador, en los siguientes 25 años producirían un valor bruto de nada menos que US$ 29.000 millones (que ciertamente habría que recalcular en términos de valor presente), que le generarían utilidades netas por US$ 18.000 millones. Anualmente, estas últimas equivaldrían a un promedio de US$ 720 millones, asumiendo un precio de US$ 32 por barril (recuérdese que se trata de crudo pesado) y un costo unitario de US$ 12.

Partiendo de esos datos, lo que el gobierno ecuatoriano exige es que se le pague anualmente apenas la mitad de esas utilidades netas por el hecho de mantener enterrado el oro negro en ese lugar. Esa cifra no deriva de un capricho, sino que se obtiene de la estimación -que aquí no viene al caso- de los costos de oportunidad de la conservación y los de la pérdida de servicios ambientales en ese ecosistema. Ese dinero se ‘recaudaría’, tanto por el patrocinio de la comunidad internacional para asegurar la condonación de parte importante de la deuda externa multilateral (cercana a los US$ 5.000’), de la bilateral y de la que tiene con el Club de París (US$ 800’), como de donaciones de gobiernos, ONGs y personas que apuestan por la iniciativa. Con ese financiamiento se crearía un fondo de compensación, manejado quizás por un organismo internacional, de preferencia ambientalista, a través de un fideicomiso, destinándolo a obras sociales, de ecoturismo, de conservación del medio ambiente y para el desarrollo de fuentes alternativas de energía.

¿A guisa de qué se pide ese monto de dinero, que tampoco es una fortuna? Básicamente, según la contundente argumentación del Ministro, porque ello permitiría evitar los problemas que la explotación petrolera generara durante las últimas cuatro décadas en el país, especialmente en la zona de Lago Agrio, a cargo de Texaco. En efecto, en este nuevo caso se arruinaría la flora y fauna de la zona, se envenenarían las aguas y tierras –es decir, el sustento y la salud- de los colonos, a la vez que se desintegraría a las comunidades nativas huaorani que ocupan la zona (básicamente las etnias tagaeri y taromenani) y que no tienen interés ni necesidad alguna de incorporarse a la ‘civilización’. A pesar de no tener voz y voto, con lo que no le rinden rédito político alguno al gobierno, éste viene asumiendo su defensa. De otra parte, en estrecha relación con el cuidado de la biodiversidad, tienen toda la razón que se les pague por el oxígeno que genera el bosque húmedo impoluto para el planeta, evitando que –por el consumo de esa mayor producción petrolera- se agrave aún más el efecto invernadero; en este caso por la generación de CO2, externalidad negativa que ha sido valorada en US$ 4.400 millones para todo el periodo. A lo que se añade el hecho que, de explotarse el crudo pesado, habría que invertir en una termoeléctrica y una planta de conversión para posibilitar su transporte, con lo que se añadiría una nociva carga adicional sobre el medio ambiente.

De esta manera, el gobierno ecuatoriano cumpliría con la necesidad -por todos compartida- de ocuparse de uno de los más importantes ‘bienes públicos globales’. Además, este esfuerzo, si tuviere seguidores que respetaran esos mismos criterios, al contribuir a aumentar el precio internacional, aceleraría los esfuerzos a escala internacional por sustituir energías sucias por otras menos dañinas. Éste es también el propósito del Ministro, quien viene alentando la inversión en hidroeléctricas y, sobre todo, en energías alternativas, solar y eólica. Todo lo que no quiere decir que en otras zonas del país sigan explorando y explotando petróleo, siempre y cuando existan las condiciones para evitar los daños mencionados.

¿No creen que eso es suficiente para pedir esa pequeña suma anual de US$ 350 millones de la comunidad internacional? ¿No es sumamente ‘rentable’ ese gasto, especialmente para los ciudadanos de los países del Norte, a cambio de que se respete el medio ambiente en un mundo que cada vez sufre más de la petro-dependencia y su impacto sobre el clima? Bien dice el sociólogo ecuatoriano Javier Ponce sobre esta proposición: “¿Es un sueño? No necesariamente, si se tiene en cuenta el enorme valor simbólico que podría tener en el mundo un paso de esta naturaleza y de estas dimensiones, en pleno clímax de la amenaza del calentamiento global. Sería una primera medida concreta, en la que las sociedades del Norte reconozcan a un país amazónico por su esfuerzo por conservar un espacio que contiene la mayor biodiversidad del planeta y es una de las 24 áreas prioritarias para la vida silvestre del mundo”.

¡Cuánto podríamos aprender en el Perú de este caso paradigmático –diría que hasta de repercusión mundial- que nos obliga a pensar más allá del estrecho horizonte de nuestras narices y que privilegia el verdor de nuestras selvas amazónicas frente al del verde dólar!


P.D.: ¿Será verdad tanta belleza?

In Ecuador, an Unusual Carbon-Credit Plan to Leave Oil Untapped

By Joshua Partlow
Washington Post Foreign Service
Tuesday, May 26, 2009

QUITO, Ecuador -- Beneath the tropical jungles of northeastern Ecuador lies a vast pool of oil, representing one-fifth of the small Andean country's petroleum reserves and potentially billions of dollars in revenue. Directly above that pool, the Yasuni National Park is home to a diversity of wildlife that is among the richest on the planet, Ecuadoran and U.S. biologists say.

Faced with these two treasures, Ecuador is pursuing an unusual plan to reap the oil profits without actually drilling for oil.

The idea envisions wealthy countries effectively paying Ecuador to leave its oil -- and the carbon dioxide that would result from using it -- in the ground. Environmentalists hail the proposal as a potentially precedent-setting approach to conservation in developing countries.

Ecuador would sell certificates to governments or companies that would allow them to emit carbon dioxide in amounts corresponding to the carbon left underground in Yasuni. Proponents say the plan would help reduce overall levels of air pollution.

"From my perspective, this has got to work," said Matt Finer, a biologist with Washington-based Save America's Forests, who has studied Yasuni National Park. "This area is really of just supreme global conservation importance."

Similar ideas have become increasingly popular across South America. Brazil has developed an Amazon Fund, which seeks to attract money to conserve the rain forest-- so far, Norway has pledged up to $1 billion over the next several years. The Japanese government recently agreed to lend Peru $120 million to protect 212,000 square miles of Amazonian rain forest over the next decade. And Colombia is seeking funds from Norway to combat climate change by protecting forests.

But relying on other countries to send cash to save remote jungles has run into repeated obstacles, including a lack of clarity on what exactly they would be buying, how the money would be spent and, in the case of Ecuador, how the Yasuni certificates could be sold on carbon markets. Plus, the global economic crisis has made funding scarcer for environmental causes.

"One of the issues that is difficult to handle in this financial crisis is to ask governments for taxpayers' money," said Roque Sevílla, a prominent Ecuadoran environmentalist who is on the committee in charge of the Yasuni initiative. "So that's a huge problem. That's another reason we're trying to go to the carbon market."

Sevílla said that focusing on carbon could save Yasuni. The 410 million tons of carbon dioxide that would avoid being emitted could raise $4 billion to $7 billion, Ecuador estimates.

European countries could accept the Yasuni certificates as an equivalent to the carbon allowances traded on the European Energy Exchange in Leipzig, Germany. The exchange is a market for energy products such as electricity and natural gas, as well as carbon dioxide emissions rights. But such an arrangement is not allowed under the rules of the 1997 Kyoto Protocol, aimed at curbing greenhouse gas emissions -- a treaty the United States rejected. Ecuadorans say they hope this type of pilot project could be embraced under climate change rules to be formulated at a meeting in Copenhagen in December, Sevílla said.

"The benefit to the planet is not that we leave the oil underground. That has no benefit. The benefit is the C02 that we keep underground," he said. "So the idea is: try to obtain a compensation not for the oil but for the carbon."

The money from selling carbon-emission certificates would go to a trust fund managed by international organizations. The interest would be spent on protecting national parks and funding alternative energy projects and other environmental initiatives.

Germany has expressed the most support for the Yasuni project. The German Parliament passed a resolution in June in favor of the project and has funded a study to outline how it might work. Ute Koczy, a lawmaker from the opposition Green Party, who traveled to Ecuador as part of a delegation studying the issue, said other countries, particularly the United States, should help find ways to support such a proposal.

"The Ecuadoran proposal is still unique. There is no other proposal like it worldwide. That makes it kind of difficult to find support," she said. "Ecuador's president is getting very impatient and may give the whole area to [the Spanish oil and gas company] Repsol or to China or somebody else. He's under big pressure from the oil companies."

Attacking climate change in this way could prove effective because it simultaneously addresses the two main drivers of greenhouse gas emissions -- fossil fuels and deforestation, said Thomas E. Lovejoy, president of the H. John Heinz III Center for Science, Economics and the Environment, based in Washington.

"It really goes straight at the heart of the distortion of the global carbon cycle," said Lovejoy, who in the 1980s invented a policy tool known as debt-for-nature swaps. "I find it imaginative and encouraging that there is a government that would be even willing to consider foregoing using a natural resource like that."

Ecuadoran officials said their country's history of oil-driven environmental degradation helped lay the political ground for such a measure.

"The petroleum activity in the northeastern Amazon has been the cause, directly or indirectly, of a vast process of devastation in the region," said Alberto Acosta, a former minister of mines and energy who helped develop the initial Yasuni proposal.

"The worrisome thing is also that the Amazon provinces have more poverty and misery than the rest of the country. You have to do something so you don't repeat this situation," he said.

Acosta's 2007 plan sought to attract international funding to equal the revenue the country would forgo by not drilling for oil, a simpler, if more vague, approach. Since then, he said, President Rafael Correa has vacillated over whether he supports the idea or favors drilling for oil. "These ambiguities threaten the project," Acosta said.

Juan Fernando Terán, an environmental professor at the Simón Bolívar Andean University in Quito, Ecuador's capital, said the project's designers have failed to clearly explain the benefits of protecting the Amazon, its rich biodiversity and its role in regulating air and water currents far from this country.

"If I knock on your door in California and tell you, 'Help me with a little money to improve the air in South America' -- well, why? South America wouldn't matter to you," he said. "But Yasuni is much more than a museum."

Others said Ecuador made it more difficult by proposing to save a national park, which, in theory, should already be protected.

"That kind of muddied the argument," said Joe Keenan, managing director of the Latin America region for the Nature Conservancy. "My impression is it's a really innovative and daring idea, but I think it's probably ahead of its time."


lunes, mayo 21, 2007

El Regreso de los Diletantes II

El domingo pasado, de paso por Madrid, tuve la fortuna de poder adquirir “El Regreso del Idiota”, acabado de salir de la imprenta (Barcelona: Plaza & Janés), escrito por los mismos célebres autores del “Manual del Perfecto Idiota Latinoamericano” (1996): Plinio Apuleyo Mendoza, Carlos Alberto Montaner y Álvaro Vargas Llosa. A 17,50 euros, tapa dura, 334 páginas y 420 gramos de peso, tuve el privilegio –ya que aún no llega a Lima este futuro bestseller- de leer un texto de los más lúcidos propagandistas latinoamericanos del liberalismo. He aquí un avance de mis primeras impresiones muy superficiales, en la esperanza de abrirle a usted el apetito por su lectura.

1. Racionalismo crítico versus inductivismo ingenuo

Un primer aspecto metodológico elemental que llama poderosamente la atención en autores que se dicen acólitos de Popper –de aquel de La Lógica de la Investigación Científica[1]- es que en la práctica son inductivistas recalcitrantes. Curiosamente, creen que es posible hacer ciencia –e, incluso, llegar a ‘la Verdad’- “a partir del análisis de los hechos”, como si fuera posible ese quehacer partiendo asépticamente de “la realidad”, sin paradigmas (Thomas Kuhn, 1962) o programas de investigación (Imre Lakatos, 1970) preconcebidos de por medio. A lo largo de todo el texto, repiten una y otra vez que ‘la realidad’ –“ese mundo exterior que percibe un individuo dado” (p. 343)- les sirve de base para criticar a los idiotas y que a partir de ella se llega al conocimiento objetivo y a las políticas adecuadas para ‘desarrollar’ nuestras postergadas sociedades y economías.

Las citas que confirman este proceder son múltiples, pero valgan aquí solo unas cuantas que confirman su positivismo jurásico, de acuerdo al cual es posible conseguir ‘la evidencia’ (p. 203), sin hipótesis de partida y libres de juicios de valor: “La realidad demuele mentiras ideológicas” (p. 25); el liberalismo “no obedece a ideología alguna (no cree en ellas) sino a una lectura de la realidad (sic)” (p. 34); “las cifras y los hechos están ahí para demostrarlo” (p. 100); “aceptar la luz, es decir, la comprobación y el análisis de los hechos” (p. 234); etc. Pero la cita que más desnuda su inductivismo desinfectado –para ser objetivos y llegar a la verdad- es ésta: “Mirar primero realidades que nos sirvan de ejemplo y formular después propuestas parece algo más sano que obedecer a los dictados, deformaciones o supersticiones de una ideología (...)” (p. 170).

Magna sorpresa, cuando fue precisamente Popper quien argumentó convincentemente[2] que los científicos siempre tienen que partir de hipótesis e ideas preconcebidas y solo después ‘bajan a la realidad’ para poder –en base al método inductivo- ‘falsear’ o no las hipótesis de partida[3]. No hay ‘verdad’ absoluta –en tiempo y espacio- para él, solo tesis o hipótesis no falseadas. Es lo que se conoce como ‘Positivismo Lógico’ o ‘Racionalismo Crítico’, que consiste en construir una ciencia en un laborioso ir y venir circular (y hasta dialéctico), comenzando con el método deductivo y aplicando después el inductivo, en una marcha ad infinitum, sin pretender establecer La Verdad, sino apenas lo que sería ‘válido temporalmente’, hasta que se falsee el planteamiento o tesis de partida.

2. Asépticamente desideologizados

Como es evidente, los que se creen inductivistas inmaculados imaginan que no poseen ideología alguna, que son científicos objetivos y empiristas higiénicos, creyendo así estar ubicados más allá del bien y del mal en este campo. El resto del mundo es ideológico, ellos en cambio son dueños de la verdad incontestable e impoluta de juicios de valor, porque parten de ‘la realidad’ y se concentran en la minuciosa y virginal observación de las experiencias exitosas para copiarlas o adaptarlas a nuestros países.

Veamos la ‘argumentación’ de nuestro trío dinámico: “Dirá nuestro amigo, el perfecto idiota, que el liberalismo es también una ideología. Pues bien, nunca lo fue. Se limitó a establecer un conjunto de observaciones sobre acontecimientos cumplidos. Adan (sic) Smith en La Riqueza de las Naciones no hizo a priori construcción teórica alguna (sic) sobre la mejor sociedad posible, sino que, al examinar la realidad de su tiempo, descubrió lo que había permitido a unos países ser más ricos que otros” (p. 169), donde aparece nuevamente el ingenuo inductivismo impoluto que ilumina todo el texto. De manera que para ellos el diagnóstico y el recetario del ‘liberalismo’ es la verdad absoluta derivada de los hechos, así simple y llanamente, por más que Popper se revuelque en su tumba.

3. De héroes y tumbas

La parte más deliciosa del libro viene a continuación, cuando enumeran sus ejemplares países-guía. Dicen que “de igual manera, hoy el liberalismo extrae conclusiones de las experiencias exitosas de naciones como Corea del Sur, Taiwán, Singapur, Hong Kong, España y Nueva Zelanda, y más recientemente China, India, Irlanda, Estonia, República Checa y el propio Chile, al mismo tiempo que observa lo que les falta a nuestros países para seguir por ese rumbo, encontrando en ello, de paso, una explicación de nuestros persistentes niveles de pobreza. Mirar primero realidades que nos sirvan de ejemplo y formular después propuestas parece algo más sano que obedecer a los dictados, deformaciones o supersticiones de una ideología (...)” (pp. 169s., lista que repiten en las pp. 270s.).

Es un bello menú de países, un cajón de sastre que abarca sociedades autoritarias y democráticas, europeas y latinoamericanas, católicas y confucionistas, con y sin estados intervencionistas, nacionalistas y globalizantes, que respetan o no los derechos humanos, militaristas o relativamente pacifistas, etc. Es decir, un auténtico menjunje de experiencias, tanto por los prerrequisitos que hicieron posible su ‘despegue’, como por las políticas que adoptaron para lograrlo.

Con un facilismo que no tiene nombre dicen que “lo que caracteriza el milagro de países asiáticos como India y China es precisamente haber entrado de lleno en el área del comercio mundial y la miseria de África el haber permanecido al margen de él (con excepciones crecientes). Una vez más, es la realidad la que refuta a nuestro perfecto idiota” (p. 23). Pero, también una vez más, los autores olvidan las precondiciones que existían en esos países para que la apertura funcionara, el poder de negociación estatal que utilizaron o siguen utilizando inteligentemente para beneficiarse y las políticas intervencionistas que adoptaron o siguen adoptando pragmáticamente para ‘despegar’.

Así, como esos países, habría que “seguir por ese rumbo”, como si fuera uno solo –“la realidad señala un camino, uno solamente” (p. 269)-, cuando se trata de experiencias tan radicalmente distintas, no solo porque sus puntos de partida fueron tan diversos en términos de estructuras económicas, institucionales y sociopolíticas, sino porque aplicaron políticas económicas y reformas estructurales absolutamente divergentes y extremamente heterodoxas. ¿Cómo elegir lo bueno de lo malo de cada experiencia y para qué? Por lo demás, ¿no era que los mercados libres acabarían con la pobreza y la desigualdad? Más aún, ¿cómo nos pueden servir de ejemplo economías que despegaron hace 30 o 40 años cuando las condiciones de la economía mundial y de la división internacional han cambiado tan radicalmente desde entonces?“

¿Qué nos falta? Aquí entra a tallar la ‘ingeniería social y económica’ del esquema ideológico de los autores, cuando la democracia representativa y el juego de la oferta y la demanda deberían resolver todos los problemas. Si alguien poco informado siguiera sus recomendaciones seguramente que estaría pensando que, en lo político, requeriríamos un partido comunista como el de China o un Pinochet como el que gobernara Chile, que son los ejemplos que ‘la realidad’ destapa como los más exitosos. En lo económico, podrían recomendarse políticas industriales o reformas agrarias como las de Corea del Sur o Taiwán. Además, casi en todos los casos que ellos nombran como ‘ideales’, se disponía de estados fuertes, que negociaron su inserción a la división internacional del trabajo, que daban protección temporal a sus industrias nacientes, que otorgaban subsidios, fijaban precios y ejercían el control de cambios, que fomentaban el desarrollo tecnológico, que escogían a los ganadores, que se aliaban con los grupos de poder nacionales, que permitían la piratería, la falsificación y otras trampas, donde campea(ba) la corrupción en el sector privado y público, en que no se respetaban los derechos humanos y en que se prohibían los sindicatos y regían pésimas condiciones de trabajo.

¿Qué le falta a nuestros países para seguir ese rumbo” que “nos sirva de ejemplo”? ¿Cómo pueden postular que hay un rumbo único, ante tanta diversidad? Sencillamente no entendemos cómo autores que defienden la economía libre de mercado y la democracia representativa pueden aprender algo de economías que ‘despegaron’ –y hasta lo siguen haciendo- con estados autoritarios, que adoptaron planes quinquenales, políticas industriales y de sustitución de importaciones, que forman parte de las ‘bandadas de gansos silvestres’, que apoyaron abiertamente a grandes grupos de poder (los chaebols en Corea y los keiretsu en Japón), que fueron nacionalistas extremos y hasta militaristas afanosos, por no hablar de las corruptelas que campea(ba)n en la mayoría de ellos. ¿No es que en esos países predominaron lo que tanto critica el trío: “los ingenieros sociales y económicos, esas personas que sustituyen a la acción humana individual con planes diseñados por expertos” (p. 326)?

La “boba democracia con su división de poderes y sus libertades básicas” (p. 87), que es su gran ideal, también lo olvidan al nombrar -como imágenes a seguir- a países como Chile en su momento, China, Taiwán y Singapur (esas islitas, sí), por no hablar de Corea y varios otros de su lista de predilectos. ¿O es que ellos también comparten “la perniciosa convicción de que hay dictaduras buenas y malas” (p. 264) que ellos tanto critican cuando se refieren a Alfonso Sastre?

Las empresas transnacionales (ETN) “nos traen dinero, tecnología y trabajo. Lo han comprendido los chinos pero no aún los idiotas de nuestras latitudes” (p. 26). Olvidan señalar las condiciones que les pone el gobierno chino para aprovecharse de la inversión extranjera directa (IED): “A la inversión extranjera se le asignó una función clave en la transferencia de tecnología, y una de las primeras cosas que hizo el liderazgo reformista fue dictar una ley sobre operaciones conjuntas que concedía prioridad a inversión para actividades de uso intensivo de tecnología y exigía incluir en ellas un socio chino. La idea era simple y ya se había probado: los acuerdos de operación conjunta son una manera eficiente de traspasar tecnología de manera integral (que no es lo mismo que traspasar líneas de producción completas, comprar tecnología o adquirirla mediante concesiones); y es menos lesiva de la sensibilidad nacionalista que las operaciones de propiedad total de una entidad extranjera” (Shenkar, 2005: 103).

Es importante recordar que varios de esos países de ensueño fueron o siguen siendo ‘vegetarianos’ (es decir, ‘idiotas light’) en lo económico y, en su mayoría, fueron o siguen siendo ‘carnívoros’ (que son los idiotas radicales) en lo político. ¿Quién entiende a estos máximos exponentes del liberalismo latinoamericano? Si fuéramos estrictos y tomáramos en serio sus países-guía, diríamos que en estos últimos años ellos mismos se han convertido en lo que ellos denominan idiotas vegetarianos.

4. Medios versus fines

Una y otra vez nos quieren convencer que los países triunfadores crecieron y crecen sostenidamente a tasas del seis o más por ciento. Pero, en ningún momento, se toman la molestia de explicarnos las precondiciones que le permitieron el despunte, ni los instrumentos de política que aplicaron, ni las reformas institucionales que llevaron a cabo y cómo lo hicieron, ni las bases sociales en que se sustentaron para materializarlas, etc. Sencillamente se limitan a hablar de lo obvio: la importancia que tiene la educación, los valores, la productividad, los derechos de propiedad, etc. Por más diletantes que sean –en el sentido de que son aficionados, más que profesionales- han debido dedicar más páginas a estos aspectos y muchos menos al chismecillo barato que tanto abunda en sus lánguidas hojas.

Paradójicamente, el trío considera que uno de sus países ejemplares resulta ser El Salvador, cuando el PIB apenas ha crecido –lo que no mencionan- a un promedio anual de 2,6% (el per cápita lo hizo al 1% y su valor absoluto actual equivale al 53% del promedio de ALC) en los últimos cinco años (2002-2006). Su déficit comercial ha ido en ascenso exponencialmente y hoy llega al 18% (US$ 4.000 millones) del PIB, el que es compensado por las remisiones de los salvadoreños emigrados. Estos vienen saliendo a un ritmo de 350.000 personas por año (5% de la población total)[4], lo que los lleva a un ‘stock’ de 2,6 millones que viven fuera (¡39% de la población total actual de casi 7’ en 2006!). A pesar de lo cual aún hay un desempleo abierto del 5,7% de la fuerza laboral que asciende a 2,8 millones, una pobreza que soporta el 47,5% de la población y una indigencia del 19%. En cuanto a la distribución personal del ingreso nacional, el quintil más bajo se lleva el 3,5% del pastel económico y el más alto el 36,7%, para el año 2004. El índice de Gini para ese año es de 0,493, como el de Venezuela, pero más favorable que el de Chile, otro de los paraísos liberales, donde era de 0,55 en 2003[5] (CEPAL, 2007). En cambio, el índice de libertad económica es bastante alto (seguramente de ahí y por la dolarización de jure que adoptaron provienen sus elogios por este país fantasmal), llegando a 79,2 puntos sobre 100; dentro del cual, sin embargo, solo llegan a 42 puntos en el campo de la ‘libertad frente a la corrupción’ y a 50 en materia de ‘derechos de propiedad’, según la Heritage Foundation (Kane, Holmes y O’Grady, 2007: 9). De manera que la lectura de ‘la evidencia’ por parte de estos autores resulta bastante –por decir lo menos- sesgada, cuando se trata de los resultados que ha alcanzado un país que sería liberal.

Tampoco son concientes que una economía puede crecer, pero que paralelamente su nivel de vida y bienestar pueden decrecer. Ejemplar en este sentido y que no es el único país que faltaba en su lista de héroes del crecimiento económico es Botswana, que viene creciendo al 10% durante las últimas dos décadas, aunque en ese lapso ¡la esperanza de vida al nacer cayó de 65 a 47 años!

5. Menjunje de conceptos básicos

Otro aspecto que llama la atención en la cultura general de los autores es la melcocha que tienen en el cerebro en torno a los principales conceptos que manejan a lo largo del texto y que son sinónimos en algunos casos y opuestos en otros. Es el caso, tanto del ‘mercado’, como de las nociones de populismo, fascismo, socialismo y comunismo. Veamos algunos ejemplos.

El mercado es la panacea porque es participativo en lo económico como la democracia en lo político. Según ellos el mercado “no es otra cosa que la decisión democrática que toman las personas cada día comprando y vendiendo de acuerdo con sus preferencias” (p. 25). Es decir, se trataría de una institución similar al de las elecciones en que todos votan y pesan igual. Como tal sería un aséptico instrumento que asigna los recursos eficientemente, que no tiene fallas y que retribuye adecuadamente a quien rinde en función a su productividad. Pero resulta que el mercado no es lo que piensan tan ingenuamente, ni es democrático, ni es un simple instrumento neutro y hasta justo, que premia a los buenos y castiga a los malos. Por el contrario, la naturaleza del mercado es muy peculiar porque parte de una distribución de la propiedad socialmente dada y aceptada, así como de regulaciones políticamente dadas y aceptadas para el uso de la propiedad, reproduciendo indefinidamente esa estructura.

En ese sentido, el mercado no tiene fuerza propia, sino que simplemente refleja las dinámicas que el gobierno y la sociedad le imponen o que surgen espontáneamente en el ‘libre’ juego de oferta y demanda. De ahí que las reformas deben atacar la estructura que determina los datos del proceso mercantil y no el mercado en sí, que solo las refleja. Por lo que el mercado no tiene nada de malo (al margen de sus clásicas ‘fallas’, como la asimetría de información, las externalidades, los rendimientos crecientes a escala, el tratamiento de los bienes públicos y demás imperfecciones menores), ya que el problema proviene de las fuerzas que están detrás de sus determinantes básicas, que son la estructura de la propiedad, el esquema de acumulación y la distribución de la riqueza (natural, pecuniaria, tecnológica o educativa). El que no dispone de ésta y apenas de su fuerza de trabajo, no tiene tantos votos como los que sí la poseen, por lo que orwellianamente unos son más iguales que otros en esta pedestre realidad. Y ya no solo tienen más poder en los mercados de bienes, trabajo y monetario, sino que esas fuerzas van bastante más allá y -condicionados en parte por ellas- afectan los ‘mercados’ judicial, social, educativo y político, dificultando aún más el logro de la igualdad de oportunidades.

Sobre Chávez: “(...) la clave de esa atracción por Ceresole fue su tesis de que hoy en nuestros países una verdadera revolución sólo puede realizarse uniendo tres elementos: caudillo, Ejército y pueblo. (...) algo que podríamos llamar tranquilamente fascismo” (p. 88). Nada de clase obrera al poder o de democracia representativa... (p. 88). O sea que, nada de socialismo o comunismo, a no ser que el fascismo sea sinónimo de socialismo y comunismo, como parece serlo en su confusión ideológica.

De otro lado, se remiten permanente y ácidamente a la aparentemente extinta teoría de la dependencia, pero anotan que –refiriéndose al gobierno de Chávez- “el más inmediato y visible de sus propósitos es el de servirse del petróleo para crear a favor suyo una situación de dependencia económica –y a través de ella, política- de las naciones del Caribe y de la América Central” (p. 97; n.s.). El petróleo permitiría así crear dependencia económica y política, lo que –en contraposición- no sería así en el caso del control sobre tecnologías, del financiamiento y demás por parte de las ETN u organismos internacionales como el FMI y el Banco Mundial. ¿Cómo compaginan semejantes afirmaciones? Pues ¿por qué solo EEUU y las ETN tienen ese derecho de crear dependencias? Probablemente esto sea consecuencia del (hipotético) hecho que escribieron el texto al alimón, pero se dividieron el trabajo por capítulos, pero –por la comprensible confianza que se tienen- ninguno llegó a leer lo que escribían los otros dos.

Como están encima del resto de seres humanos han considerado que no es necesario definir –siquiera escuetamente- los principales conceptos que utilizan. Pero lo hacen implícitamente al calificar los gobiernos de los más diversos países, sin conocer sus peculiaridades.

6. Del menú liberal

El ‘Retorno del Liberalismo’ en América Latina, tal como lo revelara Prebisch en 1981, se procesó tímidamente desde mediados de los años setenta, pero que se dio con más fuerza después de la crisis de la deuda que se desató en agosto de 1982 (¡vaya que se trató de una ‘Década Perdida’!) y llegó a su cenit en los años noventa. No pudo con los grandes males del subcontinente. Los autores deberían haber argumentado –como lo hacen los neoclásicos más serios o más inteligentes o más criollos- que las políticas económicas y las reformas estructurales de corte liberal no se aplicaron adecuadamente o en el tiempo necesario o en forma completa o en la mezcla precisa. De manera que les recomiendo –ya para la segunda edición, que no debería tardar en salir- el argumento que utilizan los liberales criollos para explicar porqué las políticas ‘neoliberales’ no redujeron sustancialmente la pobreza y demás problemas que nos aquejan: las reformas de primera generación (Consenso de Washington) solo fueron parcialmente efectivas (respecto a la inflación y los problemas de balanza de pagos), pero el problema radicó en el hecho de que no se adoptaron las de la segunda generación y, mucho menos, de la tercera. Esa es una coartada útil para dejar de reconocer los fracasos de sus recomendaciones de política y para salir indemnes frente a las críticas.

Se molestan cuando se les llama ‘neoliberales’, pero Revel parece que también asume el término de marras, como ellos mismos lo citan: “El neoliberalismo (J.S.: sin comillas) no procede de una batalla ideológica ni de un complot preconcebido, sino de una banal e involuntaria comprobación de los hechos: el fracaso de las economías de mandato, la nocividad latente del exceso de dirigismo y los callejones sin salida, reconocidos, del Estado-providencia” (p. 341).

Sobre el fracaso del ‘neoliberalismo’ siempre disponen de hipótesis ad hoc para exonerarlo de pecados, aún cuando en gran parte de ALC se aplicó el ‘Consenso de Washington’ a rajatabla desde los años ochenta. Pero, nos dicen, sin sonrojarse y acogiendo la táctica de todos los neoliberales criollos, que el recetario liberal no se aplicó como debía, porque: se adoptó muy lentamente (o demasiado rápidamente); se hizo parcialmente; faltaron las medidas esenciales; se impuso sin consistencia e incoherentemente; cambió un mal por otro (monopolios estatales pasaron a ser monopolios privados, p.ej.); no llevó a cabo las reformas de segunda y tercera generación; entre otras muchas justificaciones falaces y bienvenidas, que permiten dejar libre de culpa e impoluto el esquema chicha-liberal. El alibi que los libera de todo yerro parecería incontestable, como ellos mismos lo afirman: “Pero el ‘neoliberalismo’ de los noventa fue muy poco liberal. Y no sólo por las razones consabidas –privatizaciones en calidad de monopolio, ausencia de reforma laboral, burocratización del MERCOSUR-, sino por la forma en que se ejerció el poder” (p. 146), refiriéndose al caso argentino.

En cambio, la ‘culpa’ de la pobreza y las desigualdades actuales la tiene exclusivamente el ‘populismo’, a pesar de que prácticamente desapareció del mapa en América Latina hace más de treinta años, desde que los liberales accedieron al poder en la región: “La indigencia es la condición de uno de cada cinco latinoamericanos. Esa es la hazaña social del populismo latinoamericano” (p. 54). De paso habrá que recordar que critican esa actitud muy nuestra de echarle la culpa a otros, especialmente al imperialismo norteamericano. Ahora ellos proceden de igual forma: lo que para los idiotas era o es el imperialismo ellos lo sustituyen por el ‘populismo’, que sería así una especie de imperialismo ‘interno’. Ellos no tienen culpa alguna, ni sus amigos neoliberales, en vez de reconocer que todos –los que somos ciudadanos- hemos contribuido a lo que nos merecemos.

7. Aspectos atmosféricos (actitudes)

El clima que se respira a lo largo de casi todas las 350 páginas es el de quienes están por encima de todo, que lo saben todo y que se pasean virtualmente por todos los países, de las ciencias y de las estadísticas como en su casa. Ese aire de superioridad y arrogancia tiñe de amarillo estas páginas.

También el título del libro es significativo en ese sentido, ya que los autores parecen asumir que todos saben de qué se trata. Pero, quien no se enteró de la existencia del ‘Manual’ (de 1996) probablemente considere que se trata de un texto de sicología conductual. Aquí el marketing les falló porque la gente joven no está enterada, aquella de 17 a 27 años que sería un público al que deberían acceder para cultivar sus mentes desde temprano. Eso explicará parte de las ventas mucho menores que tendrán con este libro. Aunque, probablemente algo tarde, los editores se dieron cuenta de esta falla y le pegaron apuradamente un sticker anaranjado en que dice “Los autores del polémico Manual del perfecto idiota latinoamericano vuelven a la carga”. Esto también explica porqué los libreros en ‘El Corte Inglés’ donde adquirí el libro no sabían de su existencia y tuvieron que buscarlo en la computadora, porque no estaba en las mesas principales (de ‘novedades’, ‘best sellers’ y demás), y que deben haber encontrado recogido del estante de siquiatría (por eso de los idiotas) o en el de gastronomía (por eso de carnívoros y vegetarianos).

Lo que sí hay que reconocerles es que están muy bien informados de una serie de chismecitos de medio pelo: Es un fenómeno muy generalizado en nuestros países y al que se le podría denominar la ‘magalización de la intelectualidad diletante’: Se nota que han hurgado profundamente en las biografías de los idiotas: A Castro lo ven como “un anciano cirrótico de setenta y cinco años, jugador de gallos y contador de chistes vulgares” (p. 71); Chávez es “el que mejor justifica el título de este libro” (p. 84), quien “cuando aún no soñaba con ser presidente de su país sino una estrella de las grandes ligas americanas de béisbol” (p. 85); Morales, por su parte, “es básicamente un mestizo en el que sobresalen rasgos de distinto tipo” y que “era un líder cocalero sin gran proyección política” (p. 114); y Correa era perseguido por las guapas chicas de la oligarquía que se enamoraron de él (p. 225). Les gusta, pues, el chisme, algo que ciertamente le da sabor al libro, aunque no contribuya con pizca alguna para comprender a estos personajes. No entendemos bien a qué vienen tales cholywoodadas: o es que creen que ¿Chávez es duro en la política porque le gustaba el béisbol de jovencito? y ¿Castro se rompió la rodilla porque había tomado sus copitas? y ¿Morales es un oportunista porque no es un indio puro? y ¿Correa es agresivo porque ya no tiene niñas bonitas que lo persiguen desesperadamente?

En pocas palabras, es un libro en que hay más cachondeo (que siempre es necesario en un buen libro) que seriedad (que es fundamental), más incoherencias que sustento, más forma que fondo, más paja que trigo. Lo que, sin embargo, estamos convencidos, impactará muy positivamente en aquellos liberales que no conocen a plenitud las peculiaridades del subcontinente y, peor aún, a los de otras latitudes en que nuestros héroes encuentran a sus países-bandera. Como cuando, lo repetimos, ponen en un mismo saco –como si hubiesen levantado cabeza en democracia- economías como la coreana, la singapurense, la china, la chilena.... que algunos de sus prototipos paradigmáticos de ‘libertad con crecimiento’.

8. Vacíos notorios, lapsus y dedos torcidos

Es muy sintomático que no tocan a los EEUU ni con el pétalo de una rosa. No hablemos ya del genial presidente Bush, pero por lo menos han debido llamar la atención sobre ese tipo de ‘populismo’ que rige en ese paraíso que ha logrado engendrar irresponsablemente esos fenomenales déficit fiscal y externo que son una bomba de tiempo y tienen en ascuas a todo el mundo. Recorren casi todos los países del mundo pero para nada EEUU, seguramente porque consideran que ahí ya se cumplió el sueño del ‘Fin de la Historia’. En el caso de Colombia, hablan hasta por los codos de las FARC, pero para nada de las paramilitares Autodefensas Unidas de Colombia (AUC). De Fujimori mutis, ese gran reformador liberal. Curiosos sesgos de quienes se dicen amantes de la libertad y los derechos humanos y que buscan informar con la Verdad a sus lectores, que aparentemente consideran ignorantes.

Hay también una serie de pequeños lapsus rebautizantes. Destacan, entre otros, la conversión del simpático Mr. Bean en “personaje del cine norteamericano” o la de la ciudad de Manta en cubrecamas (la rebautizan como Mantas, p. 228). Pero, finalmente, son pequeñeces que pueden sucederle a cualquiera, así como la gran cantidad de errores de tipeo.

Las fallas conceptuales también son varias, aunque de menor calibre y, sobre todo, en el campo de la economía. “Ese país (Bolivia) de nueve millones de habitantes registra el ingreso per cápita más bajo de Sudamérica: apenas 870 dólares” (p. 116). Donde confunden ingreso con producto: no saben, como sabría cualquier estudiante de primer año que el Producto Interno Bruto es superior en aproximadamente 30% al Ingreso Personal Disponible (¡excepción hecha de El Salvador y algunos países en que abundan las remesas!). En cambio son muy duros con su ídolo del Monde Diplomatique ”(...) Xavier Sala-i-Martin, señala que Ramonet comete un error en el cual no incurriría uno de sus alumnos de primer año al comparar riqueza con renta”. Error que ellos también cometen –es decir, el de confundir stock con flujo- al hablar de riqueza cuando debieron hablar del Producto. Tampoco conocen la diferencia entre regalías e impuestos (p. 185), en que las primeras derivan de las rentas diferenciales de la tierra (o el subsuelo), por lo que no están sujetas a la ‘estabilidad tributaria’, mientras que las segundas derivan de las ganancias, remuneraciones, importaciones o ventas.

Los errores de tipeo son múltiples, gracias a la proliferación de exquisitas cañas dobles que debe haber ingerido el corrector. Para el editor le indico únicamente algunas fallitas para que no se repitan en la segunda edición (excluyo las que deberían incluir algunas comas ausentes): 33 (dice ‘aymará’ en vez de aimara), 76 (la l que le falta a ‘de establishment’), 115 (A la inmensa mayoría de bolivianos les interesaba...), 116 (falta una palabra en ‘lo que no quita que ambos cometerían errores...), 125 (‘En la segunda mitad de 2006 se sucedieron –debe decir: sucedió- una enorme cantidad de huelgas...’), 126 (‘done vive exiliado’, faltó la d), 188 (‘desde su atalaya lo mita todo..’), 219 (‘limpio de polco y paja’, cuando el polvo le nubló los lentes al corrector), 228 (Mantas donde debería decir Manta, ya lo hemos dicho), 233 (escriben Schröeder, cuando debieron poner una de dos: Schröder o Schroeder... complejo ese idioma alemán, pues), 241 (‘dando privilegios a los grupos corporativos...’), 341 (tres palabras sobran y se le chispotearon a la computadora en un párrafo en que nada tienen que hacer: ‘Radio Television Luxembourg’), entre otras muchas. De manera que, aparte de los tragos del corrector, los autores y la editorial no parecen tener el elemental software para corregir automáticamente las fallas o es tan bueno que corrige en demasía, como todos debemos haberlo experimentado en carne propia algunas veces.

9. ¿Para qué y para quién se escribió este libro?

Después de la lectura del libro me preguntaba porqué lo habrían escrito, cuando –en su opinión- los peligrosos idiotas jurásicos apenas son tres y medio en nuestras latitudes y no hay signos que aparezcan otros. Ellos nos dicen que el retorno del idiota carnívoro y “toda suerte de tonterías muy suyas (...) es en América Latina donde tiene más resonancia” (p. 15). Sin embargo, de los 32 países de ALC, con una población de 565 millones de habitantes, apenas 10,9% estarían sujetos al canibalismo de sus gobernantes idiotas: Cuba, Venezuela, Bolivia y Ecuador. Una cifra irrisoria. Por lo demás, la idiocia parecía más nutrida –si aceptamos sus incoherentes hipótesis y confusas conceptualizaciones- en el periodo de ‘desarrollo hacia adentro’ o de ‘industrialización por sustitución de importaciones’, y que entonces abarcó prácticamente todo el periodo de posguerra –aunque hubo experiencias anteriores en México y Brasil- hasta los años setenta en gran parte de América Latina y el Caribe.

Nuestra hipótesis es que probablemente, cuando iniciaron la escritura de su texto, el trío estimaba que también irían a caer en las garras antropófagas países como Perú (Humala), México (López Obrador) y Costa Rica (Solís), que perdieron las elecciones, así como los que se –inesperadamente para ellos- se transformaron en ‘vegetarianos’ al llegar al poder, como en Brasil (Lula), Nicaragua (Ortega), Perú (García) y Uruguay (Vásquez).

De manera que uno se pregunta a quién quieren asustar con este nuevo libro. Leyéndolo con cuidado –sin cañas de por medio- se observa que los borradores estaban destinados a cubrir una masa mayor de ‘idiotas carnívoros’, no solo a los tres y medio del libro, sino asimismo –por el espacio tan vasto que ocupan en el texto- a Humala en Perú, a López Obrador en México, a Ottón Solís en Costa Rica y algún otro. Parecían felices con ello. Por lo que, encima, tuvieron que cambiar de brújula porque los que creían carnívoros se transformaron en ‘vegetarianos’.

Desafortunadamente para ellos sus expectativas no se cumplieron, porque su realización les habría traído una cantidad de lectores muchísimo mayor a la que tendrán ahora o a la que tuvieran con el exitoso Manual de 1996. Por lo que los idiotas jurásicos, más que estarse reproduciendo como conejos y cucarachas, como lo afirma Mario Vargas Llosa en el Prólogo, parecerían cuyes europeos o anémicos roedores abortivos.


En síntesis: Bumerán

Con estas livianas ‘tapas’ y algunas pesadas ‘cañas’ esperamos haberle abierto a usted el apetito por la lectura (y, especialmente, la compra) de este libro que da mucho que pensar sobre el fututo del pensamiento de avanzada de los más aguerridos liberales latinoamericanos. Sin duda, sus autores están desesperados, no ya solo por la venta de su libro, sino sobre todo frente al avance de gobiernos que buscan ubicarse en la centro-izquierda (los vegetarianamente idiotizados). En efecto, esos gobiernos que vienen adoptando políticas heterodoxas buscan navegar inteligente o criollamente entre Escila y Caribdis, en un heroico intento por conciliar acrobáticamente los equilibrios macroeconómicos y la estabilidad sociopolítica. El trío debe estar muy triste porque son cada vez menos los que se ubican en la centro-derecha, que aparentemente es la plaza de su preferencia.

La poca seriedad con la que abordan la problemática latinoamericana, en cuanto a diagnóstico y propuestas, hace temer que han perdido la brújula frente a los importantes cambios que se vienen dando en el subcontinente. También es exasperante que no conozcan las trayectorias tan diversas que adoptaron los países ‘exitosos’ y que –en la mayoría de los casos- están vedadas para nosotros. Todo lo que es una lástima, porque sería excelente que existan pensadores liberales de alto nivel con quienes sería fascinante discutir sobre la base de argumentos sólidamente sustentados, en vez de esos lugares comunes, agresiones vanas y generalizaciones falaces que se utilizan en este texto, que de todas maneras recomendamos a todo lector. Lo que seguramente los conducirá a convertirse en idiotas, sobre todo de la variedad vegetariana, más que en esos liberales-chicha que escribieron el libro de marras.

Para terminar y con el respeto que me merece el trío de diletantes, lo que afirman del indigenismo ideológico se aplica perfectamente a ellos: “Que ciertos manipuladores intelectuales pretendan dar a estas paparruchadas el prestigio de una ciencia social no quita que se trate de una colosal mentira política, y como tal, de un invento muy pernicioso” (p. 193). Cuando adquirimos el texto pensábamos que se trataría de un libro informado y bien sustentado sobre los idiotas, pero no solo se queda en la diatriba, sino que es un confuso pasquín que a nadie convencerá sobre las bondades del liberalismo en América Latina, excepción hecha de los propios liberales... si es que todavía existen.

BIBLIOGRAFÍA

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Mendoza, Plinio Apuleyo, Carlos Alberto Montaner y Alvaro Vargas Llosa (2007). El Regreso del Idiota. Barcelona: Plaza & Janés / Random House Mondadori, S.A. Existe dos ediciones adicionales: la de la misma editorial en México y la de Sudamericana en Buenos Aires.

Prebisch, Raúl (1981). “El Retorno del Liberalismo”, en Pensamiento Iberoamericano, vol. 1, no. 1.

Shenkar, Oded (2005). El Siglo de China. Bogotá: Editorial Norma.


[1] La versión en alemán apareció en 1934 (Viena: Julius Springer) y la inglesa en 1959 (Londres: Hutchinson). Señal que no entendieron a Popper es cuando escriben sobre “sus agudas reflexiones en torno a las teorías ciertas o falsas” (p. 329), en que son justamente las primeras las que no existen para los positivistas lógicos.

[2] Aunque debo confesar que me simpatiza bastante más su alumno predilecto Feyerabend, que se le fue de las manos como asistente y que lo debe haber aterrorizado cuando publicó sus célebres “Contra el Método” y “Adiós a la Razón”.

[3] Una excelente exposición de la forma de proceder de los ‘racionalistas críticos’, aplicada al caso de la economía, puede encontrarse en el primer capítulo de Adolfo Figueroa (segunda edición de 1996, pp. 17-34). Cita a Einstein en una frase que sintetiza precisamente la crítica al inductivismo puro o positivismo ingenuo: “Una teoría puede contrastarse con la experiencia, pero no hay ningún camino de la experiencia a la construcción de una teoría” (p. 21).

[4] A pesar de que ya no queda rastro de la terrible guerra civil que le costó la vida a 75.000 personas en la década de los ochenta.

[5] Siguen batiendo los récord de extrema desigualdad en ALC los siguientes países (solo existen datos para 18): Bolivia, 0,614 (2002), Brasil, 0,613 (2005), Honduras, 0,587 (2003), Colombia, 0,584 (2005), República Dominicana, 0,569 (2005) y Chile, 0,550 (2003).