miércoles, marzo 21, 2007

¿Enfermedad Holandesa en el Perú?

El origen del nombre con que se ha calificado este síndrome proviene de la experiencia específica de Holanda, cuando comenzaron a explotar los ingentes campos de gas natural del Mar del Norte desde principios de los años sesenta. La enorme cantidad de divisas que ingresó por ese concepto afectó notoriamente -para mal- la competitividad exportadora de sus sectores industriales y agropecuarios, como consecuencia de la creciente sobrevaluación del florín. El término fue plasmado por primera vez por los editores del semanario londinense The Economist (1977) en un artículo titulado “Dutch Disease”, entendida como “el contraste –entre la salud externa y el malestar interno- es el síntoma de la ‘enfermedad holandesa’”; es decir, la Enfermedad Holandesa (EH) estaría caracterizada por la paradojal presencia conjunta de una bonanza de la balanza de pagos con la quiebra de las empresas productoras de bienes transables.

Pero esa especie de ponzoña –que, hoy en día, poco tiene de holandesa- se conoce desde hace muchas décadas y hasta siglos atrás. Cuando menos, ha sido palpada desde la época en que la producción española de bienes transables –agrícolas y manufactureros- fue afectada adversamente por el ingreso masivo de metales preciosos (oro y, especialmente, plata) de sus colonias americanas. Por lo que, muy pertinentemente, hay quienes han señalado que a ese proceso perverso –que, además, probablemente fue el más extendido de la historia- debería denominársele más correctamente como el Síndrome Español o Americano e, incluso, como La Maldición de Moctezuma. Para otras latitudes este mismo fenómeno ha sido calificado de las más diversas maneras, según el país en el que se fraguó. Por ejemplo, en el caso de Colombia, a raíz de boom cafetero, se le ha dado en llamar el “efecto Pambelé”, estableciendo una paralelo con el destino de ese gran boxeador que -de la noche a la mañana- se hizo millonario, pero que una vez que dejó los guantes naufragó en la más penosa y aparentemente incomprensible miseria.

Este virus infecta al país exportador de alguna materia prima (petróleo, minerales) a partir de diversas circunstancias, que a veces pueden venir combinadas, a saber: cuando se eleva sustancialmente el precio de su principal producto de exportación o cuando se descubre y explota una nueva y abundante fuente o yacimiento (quantum). Este proceso también puede desatarse por el repentino e inesperado ingreso masivo de divisas por concepto de inversión extranjera directa (caso del Perú en 1995-97), por un auge del turismo (España en los años sesenta y setenta), por remesas de migrantes (Centroamérica) o por flujos abundantes de ayuda externa (África subsahariana). Con lo que, cuando se desata un boom de exportación primaria e ingresan divisas en masse, el exceso de oferta de divisas vis a vis la demanda, lleva a la sobrevaluación de la moneda doméstica respecto a la de los países con los que comercia. Con lo que se procesa una crisis en los sectores de bienes transables, pero la bonanza del sector transable beneficiado le otorga un empuje vertiginoso a la producción de las mercancías no transables (gobierno, transportes, servicios).

El auge, tanto del sector transable beneficiado (en nuestro caso sería la minería), como del de los no transables, generalmente da lugar –por intermedio de complejos fenómenos multiplicadores reales o monetarios- a un acelerado crecimiento económico a pesar de las dificultades por las que atraviesan los demás sectores transables. Este parecería ser el caso peruano, según gran parte de los analistas y de ciertos gremios empresariales, quienes consideran que el sol está sobrevaluado. Los datos sobre el tipo de cambio real (multilateral), con base en 1994, no confirman esta hipótesis ya que el índice promedio se ha ido devaluando 1,9% en 2004, a 0,7% en 2005 y 1,2% en 2006. Lo que quiere decir que en el último trienio se ha materializado una devaluación real del 3,9%.

Pero, como algunos analistas no confían en tales cálculos, en la medida que el Índice de Precios al Consumidor (IPC) no sería un proxy de los costos de las empresas exportadoras, sería interesante que, por ejemplo, ADEX nos ofrezca un índice de éstos, como lo acaba de presentar el BCR. De acuerdo a éste, utilizando un índice de costos de los insumos de las empresas, la devaluación real habría sido del 9,4% entre enero de 2003 y principios de este año, superior en más de cinco puntos porcentuales al calculado en base al IPC. Lo que se debería al incremento relativo menor de los combustibles en el país y al hecho de que la productividad de los trabajadores creció más que los salarios (véase Gestión de ayer; p. 12).

Al margen de ello, sin embargo, veamos un enfoque alternativo, el de la evolución de los sectores productivos en el Perú durante el año pasado. Para confirmar la existencia de la supuesta sobrevaluación y de la existencia de una Enfermedad Holandesa (EH) los sectores industrial y agropecuario tendrían que haberse comprimido, mientras que los no transables debieron haberse expandido. Esto último es cierto, ya que éstos se expandieron notablemente: 14,7% la Construcción, 12,1% el Comercio, 8,2% los otros servicios (gobierno y transportes) y 6,9% Electricidad-Agua. Sin embargo, lo que llama la atención, es que los sectores transables –que, se supone, serían golpeados por la sobrevaluación- también hayan crecido en forma notable: el agropecuario al 7,2% y el industrial no primario al 5,7%. Por si quedaran dudas las exportaciones no tradicionales aumentaron en cerca de US$ 1.000 millones, equivalentes a un crecimiento del 23%. Dicho sea de paso, la bonanza macroeconómica es tal (en enero de este año el PIB habría crecido al 9,9%), que probablemente hacia el segundo semestre del año en curso el BCR tenga que subir su tasa de interés de referencia si quiere cumplir con su meta explícita de inflación.

De lo anterior se desprende que no sufrimos –por lo menos, aún no- la perniciosa Enfermedad Holandesa, lo que en importante medida se debe a las afortunadas intervenciones masivas del BCR en el mercado cambiario desde hace varios años. Solo en lo que va del 2007, ya se ha visto obligado a ‘recoger’ dólares por más de US$ 110 millones semanales, los que vienen siendo parcialmente ‘esterilizados’ (para evitar la emisión exagerada y, por ende, la inflación) con la venta de certificados de depósito a corto plazo. Que ello también puede contraer otros problemas, no despreciables, ya es harina de otro costal.

Fuente: Gestión, marzo 21, 2007; p. 15.

lunes, marzo 19, 2007

Reivindicando a Prebisch

No hay político, periodista o economista liberal que no culpe del atraso y subdesarrollo de América Latina durante el periodo de postguerra (entre 1945 y 1980) a la ‘industrialización por sustitución de importaciones” (ISI). En tal sentido le achacan todos nuestros males a las (supuestas) sugerencias de política económica de Raúl Prebisch (1901-1985) y, consecuentemente, al pensamiento cepalino primigenio. Se sigue argumentando que proponían un proceso de industrialización a partir de la adopción de políticas populistas, estatistas y autárquicas, las que impidieron aprovechar las ventajas del comercio internacional, tal como lo hicieran tan exitosamente los Tigres Asiáticos. Esta idea fue muy generalizada y, desafortunadamente, sigue vigente. Lo que se debe, entre otras varias razones, al hecho de que cada vez son menos los que consultan los textos originales de los autores ‘clásicos’. Por lo que generalmente basan sus opiniones en segundas fuentes, en economistas contemporáneos que muy a menudo ofrecen interpretaciones simplistas e ideológicamente sesgadas. Si bien los juicios de valor son inevitables en las ciencias sociales, contra la opinión de su pretendida neutralidad-objetividad según los ortodoxos liberales, ello no da derecho a deformar las ideas de otros por conveniencia política, recurso fácil y muy común en nuestro medio.

Para rebatir la leyenda de que Prebisch fue un intervencionista empedernido y un exagerado defensor de la ISI, citaremos sus trabajos de hace cincuenta años, cuando asume la Secretaría Ejecutiva de la Comisión Económica Para América Latina (CEPAL), si bien sus trabajos posteriores son mucho más sofisticados. Para comenzar, don Raúl fue muy claro al señalar que “la industrialización de América Latina no es incompatible con el desarrollo eficaz de la producción primaria. (...). Necesitamos una importación considerable de bienes de capital y también necesitamos exportar productos primarios para conseguirla” (1950/1961: 2). Más aún, señalaba explícitamente que no se debe sobreconcentrar los esfuerzos en el desarrollo de la industria manufacturera. De ahí que para él la industrialización y el progreso técnico en la producción primaria fueran aspectos complementarios de un mismo proceso, “en el que la industria juega un rol dinámico, no solo porque induce el progreso técnico en las actividades primarias y en otras, sino también en nuevas actitudes estimuladas por el desarrollo industrial” (ibid.; n.s.).

Prebisch era muy consciente que en ese proyecto tampoco se podía descuidar el desarrollo agrícola, como cuando se refiere a su propio país, Argentina: “Este país ha seguido una política muy errada al tratar de estimular la industrialización en detrimento de la agricultura, en vez de promover un crecimiento balanceado de ambos”; en que, incluso postulaba el “incremento de las exportaciones por medio de la mecanización y otros avances técnicos en la agricultura” (ibid.), asunto de gran actualidad para el Perú. Por eso también reconoció que la protección de la industria debía tener límites cuantitativos y temporales estrictos. Reconociendo los problemas concretos que afrontaban ya entonces ciertos países de la periferia, advertía que “en algunos casos la protección indiscriminada y masiva ha llevado a un punto muy distante del óptimo, en detrimento de las exportaciones y el comercio internacional” (1959: 265). Sabía muy bien que la industrialización de la periferia solo debía llevarse a cabo hasta cierto punto, por lo que insistía en que debía evitarse que “se exagere en tal forma el desarrollo industrial, que la actividad agrícola se vea privada de los brazos que necesita para seguir aumentando las exportaciones” (1950/1961: 18).

Asimismo, era muy claro en el sentido de que la Industrialización, como la concebía entonces Prebisch, no implicaba la sustitución de importaciones de todas las mercancías previamente importadas, como generalmente se conciben sus planteamientos, sino que muy bien podía consistir también en un proceso de promoción de exportaciones industriales, como lo ha vuelto a recordar recientemente su célebre colega Hans W. Singer (1910-2006).

Para llevar a cabo la industrialización en América Latina, Prebisch se oponía a la devaluación del tipo de cambio y a los impuestos a la exportación, privilegiando más bien los aranceles (‘flat’) o la concesión de subsidios en el marco de una “selección de ganadores”. La nueva concepción desarrollista de la CEPAL (véase: ‘Transformación Productiva con Equidad”, 1990) también es muy clara al respecto, cuando distingue entre la ‘competitividad espuria’, que se logra artificial y engañosamente con devaluaciones del tipo de cambio y reducción reales de las remuneraciones, y la ‘competitividad auténtica’, que se alcanza con la innovación, la educación, las cadenas productivas y el progreso técnico.

El gráfico que acompañamos a este texto ilustra los niveles de ‘apertura’ (cociente resultante de la suma de las exportaciones e importaciones entre el Producto Interno Bruto) durante los últimos cincuenta años en el Perú (promedio: 26,6%). De donde se puede colegir que la economía peruana siempre ha estado relativamente abierta, incluso durante los procesos de ISI, cuando –de paso sea dicho- nuestra economía creció a ritmos más elevados y más equitativos que durante las últimas dos décadas de liberalismo exodirigido. Se olvida –ingenua o interesadamente- que la ‘cerrazón económica’ –en la práctica- fue mínima y muy selectiva y se centró básicamente en bienes finales y materias primas industriales sencillas, cuando nuestras economías en realidad eran muy ‘hospitalarias’, tanto para las importaciones de materias primas y equipo, como sobre todo para la inversión extranjera de exportación primaria y de ensamblaje. De manera que el Perú, al igual que el resto de América Latina, en el proceso de ISI jamás llegamos a los extremos de cerrazón característicos de Albania (en su momento) o Corea del Norte, como parecen sugerirlo tan ligeramente los economistas ortodoxos.

En pocas palabras, los planteamientos de Prebisch -incluso los primigenios- fueron bastante más sofisticados y equilibrados en términos de estrategia de desarrollo capitalista de los que sus interesados exegetas liberales piensan: contemplaba la necesidad de combinar la expansión de las exportaciones primarias y de un desarrollo agrario tecnificado, así como el fomento de exportaciones ‘no tradicionales’, todo ello en el marco del denominado ‘desarrollo hacia dentro’, en contraposición al fracasado ‘crecimiento hacia fuera’. De manera que, si hubiéramos seguido las recomendaciones de Prebisch seguramente nos habríamos convertido, si no en Tigres, por lo menos en los Pumas de este continente.




Fuente: Gestión, marzo 7, 2007; p. 15.