viernes, septiembre 29, 2006

Precios y Sobreganancias Mineras

De continuar al ritmo de crecimiento actual, nuestras exportaciones totales de bienes, que alcanzaron los US$ 14.500 millones hasta agosto, tranquilamente podrían llegar a los US$ 22.000’ a fines de año. Si nos fijamos en su composición, podemos atribuir ese crecimiento principalmente a nuestra minería, cuyas ventas representan el 59,8% de ese total; y, si le añadimos las exportaciones de petróleo y derivados, llegamos a la sorprendente cifra de 68,3%. Somos, pues, como es evidente, un país primario exportador minero-hidrocarburífero, que se viene beneficiando además por la excelente coyuntura internacional de precios. En contraposición, las exportaciones llamadas ‘no-tradicionales’ –muchas de las cuales también son del sector primario o extractivo- apenas llegan al 23% del total.

Para fines de ilustración, revisando únicamente las cifras de las cotizaciones de los tres principales metales que exportamos, tomando en cuenta los últimos cincuenta años, podemos observar que las mayores ganancias unitarias de los mineros se dieron en los más variados años, en los que fueron bastante mayores a las que derivaron de las más recientes alzas de precios, que se iniciaron poco antes del 2002 luego del bajón cuatrienal de 1998 a 2001. El cobre, oro y zinc representan el 64% de nuestras exportaciones tradicionales, siguiéndole en importancia el molibdeno, el plomo y la plata en lo que va del año.

Precisando, los gráficos adjuntos nos permiten observar la evolución de los precios nominales y reales en US$ (con base en el año 2000) del cobre, oro y zinc desde 1950, en que la línea gruesa horizontal marca el promedio para todo el periodo. Los precios del 2006 se refieren a un promedio del primer semestre. Lo primero que observamos es el carácter extremamente errático de estas commodities, por lo que será necesario pensar en un Fondo de Estabilización (tipo Alaska o Noruega), que nos permita guardar pan para mayo, el que debe ser complementado –como ya viene haciéndose rudimentariamente- con esquemas pro-mercado de administración de riesgos (futuros, forwards, swaps, opciones y similares). En segundo lugar, queda claro que no hay propiamente una correlación entre los precios de los principales metales, excepto la ligazón tenue que se ha dado durante los últimos veinte años y aquella que se observa entre el oro y la plata. Tercero, los altos precios que se consignan hoy en día para nuestros principales metales aún se encuentran por debajo de los auges espectaculares de periodos anteriores, como el del oro entre 1980 y 1990 o el del cobre entre 1965 y 1974.

Lo que nos lleva al candente debate que se viene desarrollando en estas últimas semanas en torno a las denominadas sobreganancias mineras. Como es sabido, parte importante de estas utilidades extraordinarias del sector minero se debe al ímpetu explorador y al riesgo que han asumido las empresas, así como a las innovaciones tecnológicas que han adoptado en el transcurso de la última generación, por lo que está plenamente justificado que se las apropien las empresas correspondientes. En cambio, se considera que las ganancias que provienen de la excepcional bonanza internacional –que no tienen nada que ver con el esfuerzo empresarial- deberían estar sujetas a un impuesto. Dado que esto no es posible, hasta que no se modifique la Constitución o se renegocien los contratos de estabilidad tributaria, el gobierno ha adoptado la vía de la búsqueda de ‘aportes voluntarios’, que se supone deberían equivaler a ese impuesto a los ‘windfall profits’.

La gran pregunta, sin embargo, que es lo que explicaría la demora en la presentación del acuerdo marco para fijar los criterios del ‘óbolo voluntario’ que entregarían cada año los mineros, radica en la dificultad para calcular la sobreganancia. Si bien hay economistas que niegan la existencia de este concepto, no digo porque el vocablo no figure en el Diccionario de la Real Academia de la Lengua, sino porque el mercado se ocuparía de retribuir ‘correctamente’ –independientemente de los precios de corto plazo- a los empresarios con las retribuciones que se merecen y para conseguir un equilibrio adecuado a largo plazo en ese sector económico, pensamos que es un concepto que existe hace tiempo en la teoría económica y que muy bien puede aplicarse a nuestro caso.

El problema radica en el cálculo preciso y los criterios que deben utilizarse para ello. Existen varias modalidades, no todas aceptadas internacionalmente, porque varían según la escuela económica a que pertenecen sus defensores, así como por razones prácticas de cálculo o por disponibilidad de datos. Una primera forma de valuarlas sería determinando las ganancias promedio reales que ha tenido cada empresa durante los últimos 10, 20 o 30 años (dependiendo de cada proyecto), lo que serviría de ‘base’ para aplicar el impuesto cuando aquellas suben por encima de ese guarismo promedio. Un segundo método podría consistir en calcular sus ganancias como porcentaje de las ventas, pero mejor aún de sus activos fijos o su patrimonio (ver Nota adjunta), con lo que el impuesto se cobraría si ese margen rebasa cierto nivel promedio ‘normal’. Tercero: se estimaría una tasa de ganancia mundial de la minería, cálculo que estaría basado en la tasa de interés activa de las empresas corporativas (bonos de largo plazo) del sector minero, a la que se añadiría un 50% (como quería Adam Smith) por concepto de riesgo político y riesgo de producción (minero), lo que nos llevaría a una tasa que estaría entre 16% y 20%, monto a partir del cual se cobraría el mencionado impuesto. Para complicar aún más el cálculo habría que tener en cuenta la necesidad de fijar tasas crecientes (progresivas) de impuesto, dependiendo del monto o porcentaje en que rebasa al nivel ‘normal’.

En pocas palabras, el tema es un hueso duro de roer y tiene una serie de aristas complejas que sería bueno discutir públicamente, en vez de señalar que el impuesto-aporte sería una tasa fija del 3,75% sobre las utilidades netas. Porcentaje misterioso que, por lo demás, nadie parece conocer ni imaginar cómo se llegó a establecer – excepto quizás los negociadores del gobierno y de los mineros.

Nota sobre la Rentabilidad Patrimonial Promedio (Fuente: Gestión, setiembre 29, 2006; p. VII): según un estudio realizado por la consultora Price-Waterhouse-Coopers, sobre la base de los estados financieros de 255 empresas (a diciembre 31, 2005) se concluye que por sectores, la rentabilidad patrimonial promedio, en orden decreciente fue de: 25,3% en Energía y Minas; 10,1% en Industria Fabril; 7,7% en Servicios; 7% Comercio; y 4,4% Agropecuario y Pesquero. En lo que a nosotros interesa es muy significativo el resultado por el tipo de metal que explotan las empresas mineras, siendo excepcionalmente elevada para los tres principales metales que exportamos: 45,8% las de cobre; 34,1% zinc; 28,1% oro; y 18,1% polimetálicas. De manera que, en todos estos casos habrían sustanciales ganancias extraordinarias, vis a vis las ganancias ‘normales’ del 18%.

PRECIOS METALES, 1951-2006

















Fuente: FMI-Estadísticas financieras, Portocarrero et al (1992). BCRP. Elaboración propia.
El precio 2006 corresponde al promedio mensual de Enero a Junio

Año Base: 2000






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Fuente: 'Carlín', en La República, marzo 2, 2008.

miércoles, septiembre 27, 2006

¿QUO VADIS, FMI?

Con motivo de la reciente reunión conjunta del FMI y del Banco Mundial en Singapur (el 19 y 20 de este mes), vino a mi memoria un hecho anecdótico de hace ya un cuarto de siglo atrás, cuando un célebre Premier y Ministro de Economía, ‘ilustró’ a la nación señalando que el FMI no era otra cosa que una ‘cooperativa’, en que cada miembro dispondría de un voto y acceso pleno a las cuentas y decisiones del organismo. Respondía así a algunos economistas ‘desinformados y radicales’ que afirmaban que el FMI era una institución que ni era democrática ni transparente, por decir lo menos, cuestionamiento que recién es aceptado desde hace pocos años gracias a la ‘labor de zapa’ de economistas del establishment como Joseph Stiglitz y Jeffrey Sachs, entre muchos otros.

Y es que, en efecto, la distribución de votos en los organismos decisorios del FMI, tanto en la Asamblea de Gobernadores, como en el Directorio Ejecutivo, está extremamente sesgada a favor de los países más poderosos políticamente, fundamentalmente de los ‘occidentales del hemisferio norte’. EEUU cuenta con el 17,1% de los votos, con lo que tiene poder de veto, ya que se requiere contar con el 85% de la votación para cambiar los artículos del Estatuto Constitutivo de la institución. Le siguen, redondeando cifras: Japón (6,1%), Alemania (6%), Francia (5%), Gran Bretaña (5%), Italia (3,3%), Arabia Saudí (3,2%), Canadá (2,9%), China (2,9%), Rusia (2,7%), Holanda (2,4%), India (1,9%), Suiza (1,6%), España (1,4%), Venezuela (1,2%) y así sucesivamente (Perú: 0,3%).

Ese poder de voto se establece según la ‘cuota’ que cada uno de los 184 gobiernos miembros han contribuido para constituir el ‘capital social’ del FMI, que actualmente asciende a 213.500 millones de Derechos Especiales de Giro (DEG). La contabilidad del FMI, así como los montos de préstamos que otorgan a los gobiernos necesitados (que se deciden en función a las cuotas de los países), están denominadas en DEG, que son activos incondicionales de reserva creados por el Fondo en 1969. Si bien aún no se han convertido en el principal activo de reserva del sistema monetario internacional, son más y más las transacciones que se realizan con él. Su tipo de cambio con el resto de monedas, así como las tasas de interés que rinde su tenencia, se determina por un promedio ponderado de las cuatro monedas supuestamente más sólidas (US$, Euro, Libra Esterlina y Yen).

Esa especie de ‘fondo revolvente’ del FMI equivale aproximadamente a US$ 316.000’ (a un tipo de cambio de US$ 1,48 por DEG), que no es precisamente un monto abultado, especialmente cuando se desata una crisis relativamente generalizada como la que se vivió durante el último trienio del siglo pasado. Por lo que su importancia radica más bien en el hecho de que los países que tienen problemas de balanza de pagos y acceden a un acuerdo con el FMI, consiguen así el ‘aval de confianza’ que requieren para que otras instituciones financieras –básicamente privadas- les abran las puertas para un financiamiento más sustantivo que les permita sanear paulatinamente sus cuentas externas.

El número de votos que tiene cada país está en función a la cuota, que supuestamente se establece en base al PIB, las RIN y algunas otras variables vagamente establecidas; es decir, se trata de una designación fundamentalmente política. Por ser miembros del FMI a cada país le corresponden 250 votos ‘básicos’, a los que se añade uno más por cada 100.000 DEG que constituyen su cuota. En el caso peruano, tenemos los 250 votos ‘básicos’, más 6.384 por nuestra cuota (que es de 638,4’ DEG o US$ 945’), lo que da un total de 6.634 votos o 0,3% del total. Lo que nos obliga a establecer alianzas con otros países, para poder tener representación (un asiento de un total de 24) en el Directorio Ejecutivo. Solo siete países tienen un asiento propio y exclusivo (EEUU, Japón, Alemania, Francia, Reino Unido, Arabia Saudí y China) y los restantes tienen que formar grupos. En nuestro caso estamos aliados a Argentina, Bolivia, Chile, Paraguay y Uruguay, con lo que conseguimos un 1,99% (sic) de los votos totales en el Directorio Ejecutivo (el grupo más débil después de uno conformado por el de las dos docenas de naciones del África).

En la reciente reunión singapuriana se decidió ampliar levemente las cuotas de cuatro países subrepresentados (México, Corea del Sur, China y Turquía), manteniéndose los desequilibrios fundamentales (también se piensa duplicar los votos ‘básicos’ para –dizque- favorecer a los países pobres). Pensemos solo en el caso de China que produce el 15% del Producto Mundial Bruto (a precios de paridad), pero que solo tendría un 3% de los votos cuando se implemente la propuesta. Respecto a este país, de paso sea dicho, el director ejecutivo del FMI le instó a ‘liberalizar’ aún más su tipo de cambio (que estaba fijo en 9,25 yuanes por US$ hasta julio del año pasado y que ahora se encuentra en 7,92), así como se lo planteara también el Secretario del Tesoro norteamericano, como si esa medida resolviera los desequilibrios fundamentales de la economía mundial, tarea a la que debería estar abocado el FMI. Nada se habló del carnaval norteamericano, cuyo 7% de déficit externo es la fuente básica del desequilibrio mundial (¿se imaginaría usted el ajuste-garrote que nos obligarían a adoptar si tuviéramos un déficit de esa magnitud?), y que afortunadamente aún financia en gran parte China... pero seguramente no por mucho tiempo más. Y, ahí sí, agárrese quien pueda.

En pocas palabras, es una pena que luego de sesenta años de funcionamiento –creado en 1944, inició sus actividades en julio de 1946- el FMI, que se pensaba iría a convertirse en el Banco Central Mundial, se haya mutado en un pordiosero (¡revise usted sus cuentas oficiales!) y sus reuniones anuales en meros eventos sociales. Y, para colmo, con los países emergentes en apuros se comporta como Procusto, ese personaje mitológico que poseía una posada en un lejano paraje, ofreciendo humildemente su cama a cualquier viajero que se aproximara. Luego de unas buenas copas, lo ataba y, si su estatura desbordaba el largo de la cama, le amputaba las piernas para ajustarlas a ella. En cambio, si la litera era más larga que el invitado, le amarraba piedras y cadenas para estirarlo, ajustándolo al tamaño de la litera. Posteriormente desmembraba e ingería a sus huéspedes.

Fuente: Gestión, setiembre 17, 2006; p. 15. Facsímil.

miércoles, septiembre 13, 2006

Sobreganancias y Capitalismo

Por lo menos, desde inicios del siglo pasado, gracias a los trabajos del economista austriaco Joseph A. Schumpeter, sabemos que la dinámica y la expansión de las economías occidentales de mercado, se deben a las sobreganancias que se presentan cíclicamente. El profesor de Harvard entendía por tales a todas aquellas utilidades que derivaban de la ‘innovación’ llevada a cabo por empresarios creativos y arriesgados, hoy denominados precisamente schumpeterianos; es decir, aquellas atribuibles a su capacidad para aplicar uno o más inventos científico-tecnológicos a la esfera económica. Entre éstos destacaban las nuevas tecnologías, el uso de nuevas fuentes de energía, la explotación de nuevos recursos naturales e insumos, el desarrollo de nuevos productos de consumo y servicios, el ingreso a nuevos mercados, el diseño de nuevos sistemas de transporte, la provisión de nuevos sistemas de almacenamiento, comunicación, distribución y financiamiento, etc.

Tales innovaciones se materializaban en grandes inversiones, primero por parte de los empresarios schumpeterianos, cuyo éxito les rendía ganancias extraordinarias, las que a su vez atraían manadas de inversiones de otros empresarios que también ingresaron a los sectores o ramas económicas con sobreutilidades. Este proceso de inversión masiva y en cadena dinamizaba la economía a través de efectos multiplicadores, por el principio de aceleración, por los impactos de transvase y de encadenamientos, con lo que se procesaba una fase larga de auge económico, sobre todo de las economías más avanzadas. A partir de los años veinte del siglo XX, debido al trabajo de un economista ruso, a esos procesos se les denominó ‘ondas de Kondratieff’, las que duraban entre 40 y 60 años, en que aproximadamente la mitad de los cuales –a medida que maduraban las inversiones- era de auge espectacular en términos de las tasas de crecimiento económico y del comercio mundial. En la fase descendente del ciclo largo, en cambio, las economías se enfriaban a medida que la sobreoferta basada en las innovaciones rebasaba a la demanda agregada.

Estos ciclos largos de desarrollo del capitalismo comenzaron con la Revolución Industrial de fines del siglo XVIII, asentada en la máquina de vapor, en que la fuente de energía era el agua y la producción estaba centrada en la producción sencilla y masiva de textiles de lana y, especialmente, de algodón. Una segunda revolución tecnológica se inicia a mediados del siglo XIX, sustentada en máquinas de movimiento, alimentadas con carbón y que revolucionaron los medios de transporte: el ferrocarril y el barco a vapor. Una tercera revolución se da a inicios del siglo apoyada en una nueva fuente de energía (petróleo) y el uso del caucho, en el marco de la fabricación de los automóviles. Después llegó la revolución de los ‘Años Dorados’ de la posguerra (1945-1973), que se basó en el bajo precio del petróleo, la TV y las más diversas industrias de la diversión, los plásticos y la química, el marketing, entre otros.

Finalmente, la revolución tecnológica que está en marcha desde hace poco se alimenta de la biotecnología, los nuevos materiales, las nuevas fuentes de energía y la microelectrónica-telemática. A lo que deben añadirse los nuevos instrumentos financieros, la metamorfosis de una economía de productos a una de procesos y, no menos importante, al ingreso a la economía mundial de gigantes como Rusia, China e India. Su mayor auge se dio en los años noventa y no sabemos bien hasta cuando nos acompañará, deslizándose hacia un enfriamiento relativamente largo; pero que, a la larga, debería dar lugar a una nueva revolución tecnológica que siga asegurando las siete vidas que tendría el capitalismo.

En cada caso, Schumpeter hablaba de un proceso de ‘creación destructiva’, oxímoron que combina ‘lo creativo’, referido a la innovación que da lugar al auge económico, con ‘lo destructivo’, en el sentido que las inversiones que se hicieron en la onda larga anterior, con tecnología ahora caduca, pierden rentabilidad y van desapareciendo paulatinamente. Obviamente al interior de las ondas largas existen ciclos más cortos o coyunturales, los que son más suaves y cortos en la fase de auge de las ondas Kondratieff que las que se dan en la fase descendente. Las grandes crisis económicas del sistema, por lo menos antes de Keynes, se dieron precisamente en esta última etapa. Con cada onda larga cambian también muchos otros procesos, tales como las ventajas comparativas y la división del trabajo, la relación empresa-Estado, las configuraciones y grupos de poder a nivel nacional y mundial, la concentración de capitales, las instituciones y hasta los valores, normas y expectativas de la gente, etc.

En última instancia, en ese proceso compulsivo de competencia entre empresas en el mercado (¡y fuera de él!), a través de las innovaciones lo que se busca es bajar costos y –a la larga- precios, básicamente a través de incrementos en la productividad total de los factores de producción y del uso más eficiente e intensivo de la fuerza de trabajo y del capital disponibles. El que no innova, se queda. En esencia, por tanto, se trataría de la conquista (¿destrucción?) del mundo y de la naturaleza a partir de la técnica, la información y el poder, en que la competencia por sobreganancias y para sobrevivir es el incentivo, cada vez más ciego, que motiva la acción empresarial y la ‘creación destructiva’. Lo que aseguraría el futuro del capitalismo, pero no necesariamente el de la humanidad.

Fuente: Gestión, septiembre 12, 2006; p. 15.

viernes, septiembre 01, 2006

¿De dónde salen los 500 millones?

Luego de siete semanas de negociación comienzan a aclararse, por un lado, a la vez que se enturbian por otro, los aspectos sobre los que se ha llegado a un consenso entre el gobierno y los mineros en torno al ‘aporte voluntario’ que pagarían como consecuencia de la excepcional bonanza de sus precios internacionales. Como lo informara este diario (agosto 26, pág. a2), el principal negociador del ramo por el lado privado, vicepresidente del sector minero de la SNMPE, ha señalado que entregarían ‘voluntariamente’ el 3,75% de sus ganancias netas anuales. Lo que equivaldría a 500 millones de soles, que se desembolsarán a inicios del próximo año.

Solo para fines informativos y de ilustración puede ser interesante conocer cuánto pagaría cada una de las empresas para las que disponemos de los datos pertinentes, según la CONASEV y cocinando algún estimado burdo para las tres empresas grandes que no figuran en Bolsa. La tabla que adjuntamos revela los montos de las ganancias netas en soles, ya descontados el impuesto a la renta (30%) y la participación de los trabajadores (8%) de las utilidades brutas. Como solo disponemos de esos datos para el primer semestre de este año, hemos duplicado burda e ingenuamente las cifras para obtener un estimado de las ganancias totales del 2006. Se supone que, como los precios siguen altos e incluso al alza ese artificio tiene alguna justificación.

Los cálculos que se muestran en la Tabla adjunta nos llevan a la cifra de casi 17.000 millones de soles de ganancias netas que obtendrían las 24 empresas mineras más importantes este año. A un tipo de cambio de 3,23 soles por dólar, se convierten en US$ 5.250 millones. El 3,75% de ese monto es el aporte total de las empresas, que ascendería a 635 millones de soles. Las cuatro primeras empresas, que encabezan la lista de aportantes, cubren prácticamente dos tercios del total.

De otra parte la cifra mencionada puede reducirse en algo por una serie de razones. Primero, porque las empresas que sí pagan regalías se harían acreedoras de un ‘descuento’ por pagar el ‘aporte voluntario’ (caso de dos grandes, como la Southern, y casi todas las mineras medianas). Recuérdese que el ‘argumento’ del gobierno para que ciertas empresas no paguen regalías, tal como lo expresó el anterior Ministro del ramo, una vez que se comprendió que no era un impuesto, es que “la regalía tiene la misma naturaleza retributiva que el derecho de vigencia (contraprestación); por lo tanto, se encuentra comprendida dentro de la cobertura de Estabilidad Administrativa de los Contratos-Ley del sector minero”. Lo que, por supuesto, es una tomadura de pelo.

El cálculo presentado se complica aún más si tenemos presente que los contratos de estabilidad (tributaria, cambiaria y administrativa) se firman por ‘proyectos’, más que por empresas, por lo que muy bien puede ser que tengan estabilidad en un proyecto y en algún otro no. Otra dificultad podría derivar del hecho de que hay empresas que obtienen ganancias de actividades ligadas a la minería o a otros sectores, que podrían ser ‘industriales’ o comerciales, con lo que arguirán que las utilidades de ahí derivadas nada tienen que ver con las sobreganancias provenientes de los elevados precios internacionales, como podría ser incluso el caso de las empresas que transforman el mineral bruto (fundiciones, refinerías, plantas de sulfuros y de óxidos, etc.).


De manera que, en resumen, es muy probable que por concepto del ‘aporte voluntario’ se recauden unos 650 millones de soles el primer día útil del próximo año, mientras que por concepto de regalías apenas se llegará a unos 320 millones, correspondientes a 2006. Como usted podrá observar, se trata de cifras menudas y uno se pregunta porqué tanto escándalo, cuando las empresas se dicen cada vez más “socialmente responsables”











Nota adicional: Antamina ha anunciado que su aporte será de 200 millones de soles para este año (Fuente: Correo, septiembre 4, 2006).


Publicado en: El Comercio, septiembre 3, 2006; p. B3.