domingo, julio 30, 2006

Equilibrio Macroeconómico y Sostenibilidad Sociopolítica

La gran mayoría de economistas que diseñan y administran la política económica en nuestros países tienen la vista puesta exclusiva y permanentemente en los equilibrios macroeconómicos, literalmente como minuciosos y responsables cajeros. Las cuentas monetarias, fiscales y externas tienen que cuadrar al momento o en un plazo prudencial que generalmente es muy breve, independientemente de la forma como se logra cubrirlas y sin considerar sus consecuencias económicas y sociopolíticas de mediano y largo plazo. Con mucha razón aparente, si bien desde la estrecha mira de su propia profesión, consideran que esa es su responsabilidad principal para evitar la inflación y los déficit externos, con lo que se materializaría automáticamente un crecimiento económico sustancial, sano y sostenido.

Las medidas que para tal efecto aplican, particularmente las de corte monetario, fiscal, cambiario, tarifario y comercial, deben alcanzar esas metas a toda costa en base al conocido recetario del Consenso de Washington, porque los fines mencionados justifican cualquier medio, independientemente de sus ulteriores impactos. De lo contrario los acusarían, a voz en cuello, de ‘populistas’, ese término que en sociología y ciencia política posee un estatuto relativamente bien determinado, pero que los economistas han achatado a una definición simplona, literalmente un cajón de sastre en que caben gobiernos tan disímiles como los de Belaúnde I (y hasta del II), Velasco, García I y similares en el Perú, así como a los de Perón, Allende, Chávez y muchos otros en los más diversos países latinoamericanos. Los políticos y especialmente los economistas que están a cargo de la administración pública le temen a esa palabra, considerada un insulto de la peor especie, lo que los empuja a la ortodoxia, incluso más allá de lo que ellos mismos quisieran.

En el Perú esa propaganda interesada ha dejado una huella imperecedera, básicamente como consecuencia del trauma que dejaron el desbarajuste y la hiperinflación del primer gobierno del Dr. García, lo que permitió instalar el diabólico concepto para acusar a cualquiera que osara adoptar políticas fiscales contra-cíclicas, aranceles diferenciados, subsidios, controles de precios, restricción de capitales de corto plazo, políticas sectoriales y similares, como si no hubiera un sinfín de ejemplos de países que remontaron su condición del subdesarrollo adoptando precisamente algunas de esas heterodoxias y otras aún más radicales. Horrores que hoy en día siguen adoptando otros países, desde la China hasta EEUU, aunque allá se les denomine ‘fine tuning’ y aquí se les recuse como medidas populistas y demagógicas.

De donde se desprende, porque así lo creen y predican sus acólitos, que primero debe crecer el pastel, luego podemos pensar en su distribución, porque ‘no se puede repartir la pobreza’. Lo que olvidan es que, muy a menudo, por no decir siempre, en ese esfuerzo por hacer crecer la torta equilibradamente de esa manera, se procesan condiciones que a la larga impiden, no solo mejorar la distribución del ingreso y la ampliación del mercado interno, sino el propio crecimiento económico. A lo que se añade, en el ámbito político, el ‘efecto bumerán’ que observamos en las recientes elecciones. Porque no se llega a entender que la repetición de esas drásticas políticas de ajuste y estabilización ortodoxas -ingenuamente adoptadas- se vierten a costa de las condiciones de vida de la niñez, de una educación de calidad para la juventud, de una protección social a los trabajadores y ancianos, etc. Por lo que, lo que hacen aparentemente bien con una mano, lo destruyen con la otra. No tienen conciencia que ese proceder deja heridas que no terminan de cicatrizar, imposibilitando que las próximas generaciones puedan responder adecuadamente a los retos del desarrollo. Ese ‘equilibrar para poder crecer y distribuir después’ sigue siendo el dogma dominante a pesar de la bonanza macroeconómica; pero, si la redistribución no llega en 30 años –como en nuestro caso- la torta puede seguir creciendo, pero el estómago de la población ya no aceptará alimento alguno y mucho menos habrá quienes puedan digerir las clases en el colegio, si neurona alguna les queda después de esos recurrentes experimentos neoliberales. Con el logro de los equilibrios dan de alta a la economía del hospital, pero ingresan a la sociedad en un manicomio, por decir lo menos. Tarde descubren que también había la necesidad de adoptar políticas y redes sociales de contención, cuando la mejor de éstas pudo muy bien ser precisamente una bien aderezada política económica.

De ahí que, en contraste con los conductores ortodoxos de nuestra economía, un buen ministro del ramo equivaldría a un Ulises moderno, que sabe navegar fríamente entre la Escila de la ortodoxia económica y la Caribdis del populismo político. Es decir, uno que tenga la capacidad de conciliar razonablemente el crecimiento económico equilibrado y sostenido con un proceso redistributivo dinámico y justo, para lo que ciertamente se requiere de mucha astucia para adoptar las medidas pertinentes que reduzcan los insostenibles desequilibrios sociales, sin caer en desajustes económicos insostenibles.

A ese respecto no está demás recordar que la teoría económica es aún muy joven y, como decía Paul Samuelson: “Creo que las disciplinas económicas ha avanzado mucho en el último medio siglo. Pero si he de ser franco con ustedes, debo admitir, mejor dicho, debo insistir en que la Economía se encuentra a mitad de camino entre el Arte y la Ciencia”. A lo que el diminuto gran Premio Nóbel de Economía añade, muy ‘populistamente’ según el discurso en boga hoy, que “los gobiernos democráticos pueden utilizar de un tercio a un cuarto del Producto Nacional para rectificar las desigualdades extremas de las rentas personales producidas por los mecanismos del mercado”.

Y es esa parte ‘artística’ de la política económica, que es política, la que generalmente olvidan los ‘técnicos’, que generalmente son los más asépticos ideólogos del statu quo. Por lo que, parafraseando al estadista francés Georges Clemenceau, según el cual la guerra es un asunto demasiado importante para dejársela a los militares, habría que añadir que la economía es demasiado compleja como para endilgársela solo a los economistas. Estoy convencido que el Dr. García ha elegido a un equipo económico de esas características, por su raigambre socialdemócrata, por su permanente compromiso con los pobres y, sobre todo, porque no será cooptado por los enamoradizos intereses trasnacionales que buscan imponer cierto tipo de ministros ‘técnicos’, que solo piensan en el ‘riesgo país’ y el ‘grado de inversión’, pero que en ese afán profundizan aún más el ‘riesgo social’ y el ‘grado de insatisfacción’ de la gran mayoría de la población.

Fuente: El Comercio, julio 30, 2006; p. B2.

viernes, julio 28, 2006

Dos puntos de vista sobre el segundo período de Alan García (entrevista en el diario Hoy de Ecuador)

Joaquín Hernández, columnista de Hoy y analista

“Terapia de choque” es el nombre con el que bautizó la conocida revista peruana Caretas a lo que será la gestión de los primeros 100 días de Gobierno de Alan García: un triple shock de austeridad (baja de los salarios de la administración pública, empezando por el propio presidente), inversión y eficiencia. El efecto shock responde a la estrategia de movilizar positivamente al país después de los magros resultados de su antecesor Alejandro Toledo, que no logró disminuir la pobreza pero sobre todo del Perú pendiente representado por un alto porcentaje que votó por Ollanta Humala. No tiene mucho tiempo para convencer de su capacidad de gestión y de su fortaleza política debido al país que hereda, y al país expectante tras las elecciones".

Jürgen Schuldt, profesor principal de la Univ. del Pacífico, Perú

"¿Qué esperar de este segundo Gobierno de García? Respondo en base al famoso dictum de Marx, de acuerdo al cual ciertos hechos importantes y personas notorias de la historia tienden a repetirse dos veces, una vez como tragedia y la otra como farsa. Me temo que, luego de la hecatombe que significó para el Perú su primer Gobierno, este segundo será un sainete. Si bien su eslogan de campaña hablaba de un "cambio responsable", después de observar el equipo económico neoliberal que ha elegido, este experimento culminará en un "continuismo irresponsable". Sin un cambio del modelo primario-exportador de acumulación no habrá esperanza alguna de gestar un desarrollo incluyente, descentralizado y autocentrado".


Fuente: Diario Hoy, Ecuador 28 de Julio de 2006.

viernes, julio 21, 2006

"Si sale Alan ¡Me voy del país!" (Artículo en versión preliminar e impublicable)

Se solicita encarecidamente las sugerencias de los internautas para transformar el presente artículo en un texto serio...

Con el mayor respeto, permítanme compartir con ustedes algunas líneas íntimas de mi diario personal.
Florida-USA, julio 21, 2006. Hoy se cumplen tres meses desde que emigré del Perú. Esta mañana, mientras ingería mis pancakes with syrup y el clásico orange juice del breakfast, casi me atoro por la sorpresa que me causó leer la sorprendente noticia en la primera plana del Miami Herald: “Alan García ratifica nombramiento de funcionario del BBVA como Ministro de Economía del Perú”. En efecto, se trataba nada menos que de mi gran amigo Luis Carranza, un técnico de primera, genio de las finanzas y con varios doctorados en las mejores universidades de mi patria adoptiva. A lo que hay que añadir un lauro a su luminoso pedigree: el de haber renunciado valerosamente al viceministerio de Hacienda por los arrebatos populistas en que hace unos pocos meses estaba deslizándose su jefe inmediato, el gran Ministro de Economía neoliberal Pedro Pablo Kuczinsky.

De manera que, por fin tendremos a un Ministro de Economía que habrá de asumir con serenidad y seriedad el saneamiento de las cuentas fiscales, el pago adelantado del servicio de la deuda externa y las demás políticas que asegurarán la estabilidad macroeconómica que ya había conseguido el gobierno saliente. Nada de experimentos, pues, ni políticas fiscales anticíclicas, ni medidas de fomento sectorial, ni subsidios y exoneraciones, como debe ser... cuando se tiene el conocimiento, la certidumbre y el pragmatismo de mi gran amigo de juventud. Con lo que tendremos el apoyo ciego del FMI, del Banco Mundial, de AID, de la CAF y demás organismos internacionales y, obviamente, de las empresas transnacionales radicadas en Perú.

Mis más sinceras felicitaciones y efusivos respetos por el nuevo discurso de Alan García y, porqué no decirlo, por su renovada imagen. Con esa designación y algunas otras que se vienen filtrando por la prensa, está demostrando –aunque siga caminando como quien levita y admira la luna- que ha madurado y que sigue alimentándose de la filosofía esa del tiempo-espacio histórico, que hace lucir razonables sus aparentemente contradictorias nominaciones y decisiones en un mundo globalizado. Tampoco ya no se entrena dando pataditas a algún transeúnte, conciente que el campeonato mundial de fútbol acabó.

Y fíjense en sus progresos en otros campos: El otro día nomás mandó a votar a sus congresistas por la ratificación del TLC, con lo que se alcanzó una abrumadora mayoría en el Congreso; donde lo que más me gustó es esa buena broma que se gastó Alan cuando dijo que iba a estudiar ‘línea por línea’ el Tratado y, mejor aún, esa otra de que iba a renegociar algunos de sus contenidos. Según esa ilógica dialéctica del reloj-abismo-einsteiniano-arqueológico no nos queda pues otra, como ha entendido bien Alan, y es que habrá que seguir privatizando y concesionando, abriendo la economía y cerrando la distribución, ajustando gastos públicos y aumentando impuestos indirectos, acelerando el servicio de la deuda externa y demás medidas acordes con la dinámica de la nueva división internacional del trabajo y del poder; o, para ser más preciso, con aquellas políticas coincidentes con el espíritu del WC, que nada tienen que ver con el water closet donde suelo redactar este diario, sino que provienen del tan mentado y exitoso Washington Consensus.

¿Que por qué Alan se decidió por Carranza? Difícil saberlo y más difícil decirlo. Uno: Un rapto de ingenuidad no puede ser, aunque debería serlo si tenemos presente que tendremos elecciones regionales y municipales en noviembre. La ventaja es que si los resultados le son adversos Carranza será el chivo expiatorio y retornará sin mayores problemas a España. Dos: Terquedad puede ser, porque toda la izquierda inútil cuestionó ese nombramiento desde un inicio, especialmente la caviar (que no sé de donde sacan que tienen, como los que produce el esturión, tantos huevos y que además son tan chiquitos). Tres: Ahorro a toda costa, ya que nadie va a trabajar por los 5.000 soles que le pagarán a los Ministros, por lo que hay que buscar a quienes su patrón les seguirá pagando, digamos que si trabaja para un banco y no renuncia a su sueldo –digamos por modestos US$ 30.000- puede sacrificarse tranquilamente en el cargo y de paso le ahorra mucha plata al gobierno. Cuatro: Compromiso con la patria, que sin duda es el más importante, aliándose al gran capital transnacional, nombrando a quien es de la confianza de una empresa y un gobierno que tiene muchos intereses en el país (digamos que posea una compañía de teléfonos, una empresa de energía, un enorme banco con su AFP y pequeñeces por el estilo), con lo que garantiza de paso la estabilidad, el respeto y las gollerías del resto de empresas transnacionales.

Lo que, sin duda confirma, una vez más, la inteligencia y olfato político de nuestro próximo mandatario. Si vemos el conjunto de ministros que asoman en los corrillos periodísticos, se observa claramente que mi gran amigo (¡ahora sí que lo es!) Alan ha aprendido. Y lo más interesante de todo es que –como me cuenta mi colega Bruno Seminario- su gran maestro ha sido nada menos que Fujimori, quien –dicho sea de paso, ojalá regrese el 2011- le enseñó que lo fundamental estriba en asegurarse del equilibrio macroeconómico (¡quién mejor que Carranza!) y utilizar algunas de las migajas de los abultados impuestos de los exportadores y del propio crecimiento económico para su uso inteligente y focalizado como morigerador social y clientelar en provincias, no vaya a ser que se vuelvan a movilizar las huestes etnocaceristas, que hace poco amenazaban tomar el país desde las urnas. Quizás haya una diferencia con Fujimori II: los próximos cuatro cuatro años tendremos sobre-equillibrios macroeconómicos y el final será de carnaval.

Obviamente deben cumplirse algunos supuestos para que ese continuismo económico tan responsable tenga éxito. Cuando menos hay que tener en cuenta tres: que la economía internacional y los precios de nuestras exportaciones sigan boyantes; que las heladas o El Niño no malogren las cosechas; y, el más importante, que algún exabrupto de Alan no rompa –como antaño con los 12 Apóstoles- la sólida alianza que en estos días se está constituyendo entre el gobierno y el capital transnacional. Nadie en su sano juicio pensaría que –en su madurez- Alan despierte un día insomne o calenturiento -como aquella vez en 1987- y proponga la nacionalización, ya no la banca porque no sería muy original que digamos, sino todas las minas o todos los fundos agroexportadores, creativa e innovadoramente.

Por lo demás, sin duda, a nivel internacional Alan habrá de convertirse en el baluarte de los EEUU en América Latina y el Caribe, muy distante de los nacionalismos baratos de Chávez y Evo, y de los populismos demagógicos de Tabaré, Lula y Kirchner, con quienes habría podido fortalecer la peligrosísima integración sudamericana, traicionando así nuestra integración con el coloso del norte, que sin duda es lo que más nos conviene. A nivel doméstico, su gobierno también será una promesa: aunque pueda aumentar el ‘riesgo social’ declinará el prioritario ‘riesgo país’ y, en unos pocos años, nos haremos acreedores del ansiado “grado de inversión’ aunque aumente el ‘grado de insatisfacción’ de los segmentos C, D y E (más el de uno nuevo, que será el F).

Recordando, debo reconocer que sí que fue milagroso cómo Alan pasó a la segunda vuelta, sacándole la vuelta a mi adorada Lourdes. Y ahí sí que nos aterrorizamos todos cuando conocimos los resultados. Entonces fue cuando nos dimos cuenta que había muchichísimos pobres en el país, que no solo eran los que nos pedían la limosna en las bocacalles y a los que les dábamos 5 centavos para que no nos ensucien las lunas con sus manos andrajosas. Si pues, ahí fue cuando los empresarios, políticos y analistas comenzamos a indignarnos con la miseria y a hablar de la importancia de luchar contra la pobreza en el Perú, ese fenómeno tan nuevo y acuciante. Y entonces sí que me decidí a emigrar al día siguiente de la primera vuelta.

Pero ahora veo, porque la distancia azuza la vista, que no hay mal que por bien no venga. Resulta que el gobierno será como si mi adorada Lourdes hubiera ganado y hasta mejor que eso. Porque Lourdes habría sido un fiasco en el gobierno, no habría tenido la lucidez política que posee Alan, no habría podido contener a las masas, la habría embarrado nombrando Carranzas para todos los ministerios y se habría desatado la ‘Tempestad en los Andes’. Alan, en cambio, nos habrá de representar mejor ya que viene preparando un milkshake ministerial bien equilibrado, como esos que me gustan, con papaya, melón, sobón y palta. También habrá de lograr el maridaje (qué bella palabra y que bien la uso combinando mis vinos franceses) perfecto para cubrir los restantes 3.000 cargos de confianza que necesita. No sé cómo pude ser tan ciego: debí votar por Alan desde la primera. Espero que me perdone, porque no lo haría tan mal como cónsul aquí, aunque sea ad honorem. Lo que más me gustó de las declaraciones de mi amigo Alan fue aquella en la que aseguraba que no habrían privilegios para esa masa de ignorantes carnetizados de su partido, exceptuando por cierto a los que trabajaban para una transnacional y, sobre todo, privilegiaría a éstos siempre que no tengan carnet. Por fin se hará realidad, así, el SEASAP, porque no hay duda que en las actuales condiciones Sólo el Apra Salvará al Perú.

Fuente: La República, julio 20, 2006



Todo esto me tiene muy contento, porque por fin se augura un seguro y promisor futuro para el Perú. Lo único que me ha desilusionado es la actitud de mis amigos más íntimos. Fueron precisamente ellos quienes me convencieron para dejar mi tierra y, sobre todo, mis tierras en Ica. Porque cada vez que nos tomábamos unas copitas repetían al unísono: “Si Alan llega al poder, me voy del Perú”. Tanto me sugestionaron -¡qué falta de visión la de mis amigotes!- que seguí sus consejos: vendí mis casas, la de Las Casuarinas, la de Los Cóndores y la de Mamacona; rematé mi Mercedes, mi BMW y mi Audi (aunque no me simpatizan los alemanes, no hay como su tecnología); mi Rottweiler, mi pastor alemán y mi Pudel (disculpen esta fijación germana); lo único que no logré es librarme de mi adorable mujer y de mi querida suegra. Me fui apurado, amargado y atolondrado, pero pronto me tranquilicé pensando en la vivienda muy bien apertrechada que había adquirido en Florida, gracias a los dólares MUC que Alan me facilitó durante su primer gobierno. Así pues, esa era mi gran esperanza entonces, ya que me ahorraría otro quinquenio malsano de gobierno y seguramente que no tendría nada que extrañar en Fort Lauderdale.

Pero, la verdad-verdad es que lo único que extraño aquí en esta tierra santa es a mis amigos empresariotes, ya que todo lo demás es igualito a mi Perú pequeñito, arquitectónica y cinematográficamente hablando. No olvidemos que –gracias a Gastón Acurio- dispongo de una enorme variedad de restaurantes peruanos, además de peñas criollas y de insumos culinarios peruanos en Wal Mart, y sin olvidar las empleadas peruanas ilegales y los médicos peruanos postgraduados y los profesores peruanos de inglés y las secretarias peruanas bilingües, todos tan buenos ellos. ¡Tanto que nos habíamos ilusionado en yunta, por pasear en yate con unas buenas nenas por los Cayos de Florida y por las islas del Caribe!

¿Qué por qué no vinieron los que prometieron irse conmigo e incluso antes que yo? No lo sé, para ser franco. Las malas lenguas dicen que se han ido en patota con Lourdes a visitar a Alan, allá en su oficina de San Isidro. Por la que dicen han desfilado todos los dueños de los bancos y seguros, empresas y restaurantes, aefepes y demás, saludándolo muy amables, como debe ser. La procesión era seguida por abogados, agrónomos, cineastas, economistas, filósofos, masones, diplomáticos y otros diplomáticos, acróbatas de circo y acróbatas de la vida –todos, de la A a la Z- fluyeron en masa a la abigarrada oficina del gran –¡el único!- Partido. También, por no decir en primer lugar, estuvieron los presidentes y expresidentes, vicepresidentes y exvicepresidentes, gerentes y exgerentes, de los gremios y exgremios, de los colegios profesionales, los representantes de la iglesia, los rectores de las universidades y los presidentes de otras sociedades secretas. Muchos consejos constructivos, palmaditas de amigotes, recomendaciones (para uno mismo y para algún pariente, claro) fluyeron, día tras día, hora tras hora. En pocas palabras, era y sigue siendo una procesión conformada por todos los que decían pestes de y pitiaban (casi digo puteaban) irresponsablemente contra Alan. Acudieron y saludaron cortésmente, y conste que no he dicho cortesanamente. Es que los peruanos somos, pues, bien educados y conocemos todas las reglas de ese famoso dedo meñique de la señora Holler.

Pero los amigos son los amigos. Por más que acabo de confirmarlo viendo CNN, estimado Diario, observando a mis amigotes desfilando, aconsejando, ofreciéndose y brindando con (y por) Alan. Siguen siendo, pues, tarde me doy cuenta, unos grandísimos CDSM, acrónimo que no tiene nada que ver con los Compact Discs de Su Majestad. Mañana cumplo 50 años y tendré que soportarlos solo y triste en lo que podría ser el paraíso si estuvieran mis amigotes.

“Carlincaturas”, en: La República, julio 19, 2006.

Ya para terminar, no sé porqué he retrocedido a mis años mozos, cuando estudiaba sociología en la Católica, que se me ocurrió esta frase absurda de Marx (hasta me había olvidado que era esa terrible época en que militaba en ‘Vanguardia Revolucionaria’): “Hegel dice en alguna parte que todos los grandes hechos y personajes de la historia universal aparecen, como si dijéramos, dos veces. Pero se olvidó de agregar: una vez como tragedia y la otra como farsa. Caussidière por Dantón, Luis Blanc por Robespierre, la Montaña de 1848 a 1851 por la Montaña de 1793 a 1795, el sobrino por el tío. ¡Y a la misma caricatura en las circunstancias que acompañan a la segunda edición del Dieciocho Brumario!”. Y, a lo que por supuesto no se podría añadir, García II por García I.

La primera edición de este texto apareció en la revista Die Revolution, Nueva York, EEUU, 1852, con el título "Der Achtzehnte Brumaire des Louis Bonaparte". Escrito entre diciembre de 1851 y marzo de 1852).

Vuestro amigo:

El buen Goyo (Gregorio Pardo y Aliaga)


Nota importante:

Este texto solo puede ser leído por miembros del APRA o de UN; es decir, por todos los que comulgan con mis ideas.


miércoles, julio 19, 2006

Seis errores o trucos numéricos comunes

Desde la infancia muchos hemos aborrecido las matemáticas en general y ciertas operaciones numéricas en particular. Bien enseñada esta materia debió convertirse paulatinamente en un desafío estimulante y hasta en un pasatiempo divertido. Mal transmitida, en cambio, nos marca de por vida y para nada queremos ver siquiera elementales guarismos u operaciones aritméticas. Lo que nos lleva a ciertas afirmaciones erróneas que se materializan en barbaridades, como las siguientes, algunas de las cuales las hemos escuchado repetidamente en los medios de comunicación durante las últimas semanas: “La pobreza disminuyó 6 por ciento”; “la economía peruana creció 25% durante el presente régimen”; “el precio del petróleo llegó a niveles nunca antes vistos”; “el número de desempleados cayó ostensiblemente”; “el sol está sobrevaluado”; etc. Compruebe usted mismo, estimado lector, si comete alguno de estos horrores elementales.

El más común consiste en confundir porcentajes con puntos porcentuales, lo que puede suceder cuando se comparan dos valores numéricos que están en %. Así, por ejemplo, si la inflación en un año fue de 10% y al año siguiente se incrementó al 20%, usted no puede decir que ello corresponde a un aumento del 10% (=20-10). Tiene dos alternativas para comentar ese resultado: o dice que aumentó en 10 puntos porcentuales o dice que fue del 100% (se duplicó)… lo que es una gran diferencia. El ejemplo más reciente a este respecto lo hemos escuchado en estos días cuando el gobierno proclamó que la pobreza había disminuido del 54% al 48% (papelito manda) y los comentaristas dijeron que había caído en 6 por ciento; cuando debió decirse que lo hizo en 6 puntos porcentuales o en 11% (=48 por 100 entre 54, menos 100).

Una segunda falla deriva del hecho que no se diferencien los valores nominales de los reales, en que estos últimos descuentan los efectos inflacionarios. De ahí que se diga que el precio del barril del petróleo, que llegó a US$ 75 esta semana, ‘es el más alto de la historia’. Si tomamos un año base y deflactamos los precios del barril en base a la inflación norteamericana (o por algún otro índice de precios), observaremos que está por debajo del precio máximo alcanzado en enero de 1980. En dólares norteamericanos de 2004 equivalía a US$ 94. De manera que la afirmación anterior solo sería cierta si el precio nominal del petróleo estuviese en aproximadamente US$ 100 por barril.

También es muy común observar los errores que se cometen por dejar de diferenciar entre el interés simple y el compuesto. Hace unos días un comentarista decía que durante el presente gobierno la economía se había expandido en 25%, partiendo del hecho que el Producto Interno Bruto (PIB) había crecido a una tasa anual promedio del 5%. Es decir, cometió el error de multiplicar 5 (años) por 5 (aumento del PIB), que equivale al interés simple; cuando debió acumular sobre lo acumulado (interés compuesto) y habría llegado a la conclusión que crecimos 27,6% (lo que se consigue elevando el cinco a la quinta = 1,05 con potencia 5, menos 1).

Un cuarto traspié deriva del hecho de confundir valores porcentuales con valores absolutos, en que éstos pueden aumentar a pesar de que aquellos disminuyan. Un ejemplo podría ser el que nos lleve a decir que el número de desempleados ha disminuido en los últimos diez años porque el porcentaje de desempleados disminuyó de 10% a 9%. En el caso peruano, como la fuerza laboral creció de 9,3 a 12,3 millones en ese lapso, eso significa que hoy en día habrían 77.000 desempleados más que entonces (1’107.00 menos 930.000).

Un quinto error, ya más justificable, que cometemos incluso economistas profesionales, deriva de cálculos algo más complejos ligados a nociones teóricas de gran importancia. Se afirma, por ejemplo, que el tipo de cambio (es decir, el sol) está sobrevaluado, lo que estaría perjudicando a los exportadores y beneficiando a los importadores. Es fácil caer en esta trampa –destino de muchos empresarios- porque efectivamente el tipo de cambio nominal ha ido cayendo, digamos de 3,44 soles por US$ a 3,25 soles por US$, entre julio de 2004 y el momento actual. Lo que en esa afirmación no se ha tenido en cuenta es la inflación y la evolución del tipo de cambio de los países con los que comerciamos o lo que se denomina ‘tipo de cambio multilateral’. A diferencia de los cálculos anteriores, que se pueden realizar en una servilleta o con una calculadora primitiva, este requiere de una computadora y una muy buena base de datos. Pero como el Banco Central publica este dato cada semana, no tenemos que complicarnos mucho la vida. De tales cifras se desprende que en el lapso de tiempo mencionado el tipo de cambio se devaluó en 1,8% (porque índice del tipo de cambio real multilateral –con base 100 en 1994- pasó de 104,4 a 106,3) a pesar de la revaluación nominal del 5,5%.

Finalmente, hay otra confusión que vale la pena anotar, a pesar de que se trata de un asunto meramente formal y de definición, especialmente cuando se leen diarios norteamericanos. Se trata de los ceros que acompañan a nociones como un billón o un trillón. En castellano un billón tiene 12 ceros y un trillón cuanta con 18 ceros (equivale a un millón de billones), mientras que en EEUU y en la comunidad científica tienen 9 y 12 ceros (como nuestro billón), respectivamente. Esta diferencia es esencial tenerla presente cuando se quieren comparar los valores absolutos de ciertas variables entre diversos países, sea de sus PIB o de sus exportaciones, sea de sus déficit fiscales o de sus superávit de balanza de pagos.

Siento mucho si este pesado footing aritmético le ha malogrado a usted el agradable desayuno que viene ingiriendo. Pero debo advertirle que estos errores pueden ser muy bien utilizados por los conocedores –solo en el extranjero, por supuesto- para realizar una serie de embelequitos, aprovechándose del desconocimiento de los usuarios. Los gobiernos que quieren impresionar, los expertos en marketing que están desesperados por vender, las instituciones financieras que ofrecen créditos supuestamente baratos, entre otros, aprovechan esas triquiñuelas basadas en diferencias aparentemente sutiles para su propio provecho en contra de su clientela, muchas veces indispuesta a calcular por su cuenta las cuentas elementales en cuestión.

Si los estudiantes que egresan de la secundaria dejaran de cometer estos deslices aritméticos básicos habríamos avanzado una enormidad en muchos sentidos. Que olviden su trigonometría, su cálculo diferencial e integral y demás no es muy grave para la sobrevivencia, pero hay ciertos conocimientos numerales que resultan indispensables para que nuestros jóvenes puedan convertirse en ciudadanos bien informados, especialmente si no quieren ser engañados por ciertos políticos, banqueros, mercachifles y demás truhanes. ¿Serán capaces nuestros sacrificados profesores de matemáticas de tamaña hazaña? Quizás sea mucho pedir en un subalimentado país, donde incluso la enseñanza y la digestión adecuadas de las cuatro operaciones básicas ya es heroico. Pero nunca hay que perder la esperanza.


Fuente: Diario Gestión, Lima 19 de julio de 2006. Facísmil.

Emigración, pobreza y crecimiento económico

En estos días se vienen discutiendo ardorosamente las cifras sobre reducción de la pobreza que habría logrado el gobierno actual. El oficialismo dice que –entre 2001 y el primer trimestre de este año- la pobreza habría disminuido en 11,1%, al caer del 54% al 48% de la población total. Los voceros del gobierno entrante dicen que aquellos ‘mienten’ y que tales cifras han sido ‘groseramente manipuladas’. De donde seguramente habrán de seguir debates sin fin –muy útiles por cierto- sobre las diversas definiciones y formas de medir la pobreza. Sin embargo, mientras los expertos discuten los sofisticados vericuetos de esa gastronomía estadística, entre ramas y lianas, se viene perdiendo una visión del bosque. De ahí que intentaremos presentar una visión panorámica del debate y muy gruesa de las cifras, asumiendo que los datos divulgados por el INEI son veraces.

Para comenzar, debería darnos vergüenza ajena que el gobierno considere triunfalmente esa leve reducción de la pobreza en apenas 6 puntos porcentuales y que prácticamente la mitad de la población siga sobreviviendo en condiciones miserables, al margen de la increíblemente desigual distribución del ingreso y de la riqueza. Porque, en términos absolutos, sobre una población que –entre julio 2001 y el día de hoy- aumentó en 1,9 millones, al subir de 25,7’ a 27,6’ (asumiendo una tasa de crecimiento demográfico del 1,4% anual), significa, si creemos en las cifras oficiales, que la pobreza disminuyó de 13,9’ a 13,3’ y, más precisamente, en escasas 650.000 personas.

¿A qué podemos atribuir esa reducción? Evidentemente, se dirá, que al espectacular crecimiento económico de estos años, ascendente grosso modo al 5% anual. ¿Y a qué se debió esa expansión Producto Interno Bruto (PIB)? Nuestra chocante respuesta es que se debió, básicamente, a la contribución de esa fracción de emigrantes que eran pobres. Esto puede sorprender a primera vista, pero veamos algunos argumentos que podrían sustentar una hipótesis tan insólita.

Comencemos con un estimado del número de nuestros emigrados, que podemos derivarlo directamente de un reciente informe del INEI. De ahí se desprende que en el quinquenio 2001-2005 la emigración neta llegó al sorprendente guarismo de ¡un millón y nueve mil personas! Y, en lo que va del presente año, hasta mayo, el saldo migratorio fue de 157.000 personas. Sin duda, durante ningún gobierno se ha alcanzado una cifra tan elevada, la que por supuesto no podemos achacársela solo a la gestión gubernamental que fenece en los próximos días. Con lo que actualmente vivirían fuera del país 2,8 millones de personas (descontando los que fallecieran desde entonces), es decir, un notorio 10% de la población total.

Ahora bien, ¿qué tanto han contribuido los emigrados a la reducción de la pobreza en el Perú? Obviamente no todos los que emigran son pobres y, mucho menos, pobres extremos. Estos últimos, si logran migrar, lo hacen a Ecuador, Chile y Bolivia, mientras que los demás pobres que migran provienen de los estratos C y D, muchos de los cuales también lo hacen a través de Bolivia que sirve como ‘puente’ y que, según los datos, es el supuesto destino de la mayor parte de migrantes. De ese millón de emigrados durante el quinquenio, ¿cuántos son pobres? Es difícil saberlo por la falta de estudios, por lo que asumiremos que de cada 100 migrantes 54 son pobres, derivando esta cifra de otra que nos dice que el 54% de nuestros emigrados son ‘peruanos en situación migratoria irregular’ (según el ministerio de RREE). Lo que significa que durante el último quinquenio salieron del país 540.000 pobres. Es decir, si a ese guarismo le añadimos los emigrados no detectados y la contribución de las remesas al crecimiento económico, se puede llegar a ¡una cifra similar a la de los 650.000 de reducción de pobres durante ese periodo! De donde podría argumentarse que, más que el gobierno, fueron los propios pobres los que contribuyeron a reducir la pobreza en el Perú.

En efecto, los emigrados no solo contribuyeron a disminuir el número de pobres en forma directa al migrar, sino que también estimularon el crecimiento económico y, con ello, en una doble ronda, a disminuir aún más la pobreza. Son varios los argumentos que podrían llevarnos a sustentar su significativa contribución. En primer lugar, obviamente, hay que considerar el impacto que sobre el PIB ejercieron sus remesas en términos de exportaciones, tal como figuran en la cuenta de ‘servicios’ de nuestra balanza de pagos. Oficialmente, según los datos del BCR, las remisiones oficialmente contabilizadas ascendieron a US$ 4.900 millones durante el quinquenio (2001-2005). Pero esta cifra solo incluye las que se envían por vías formales. El año pasado, por ejemplo, éstas llegaron a US$ 1.440’, pero las ‘informales’ fueron de US$ 1.020’ (según una encuesta de Bendixen & Associates de Miami). Por lo que ascendieron a casi US$ 2.500’, equivalentes al 14,7% de las exportaciones de bienes (US$ 17.200’), al 12% de las exportaciones totales (US$ 21.000’) y al 3,3% del PIB (que sería de US$ 75.000’). Utilizando esta relación de remesas informales sobre las totales (59%), diríamos que las remisiones totales alcanzaron la asombrosa cifra de US$ 10.000’, equivalentes al 175% del flujo de reservas internacionales netas acumuladas durante el presente régimen, que llegaron a US$ 5.700’. Ligado a lo anterior, en segundo lugar, también deben haber aumentado las exportaciones ‘no tradicionales’ de bienes que demanda esa masa de peruanos en el extranjero, así como la de los extranjeros que han ido adquiriendo ‘hábitos de consumo peruanos’.

Un tercer impacto evidente de tales remisiones, quizás el más importante, reside en el hecho de que permitió aumentar el consumo privado agregado en el país, estimulando el crecimiento económico a través del efecto multiplicador, en que presumiblemente solo se ahorró el 10% de lo recibido por sus familiares. Un cuarto beneficio de la elevada tasa de emigración debe haber actuado por el lado de la oferta de fuerza laboral (PEA), que –en promedio- debe haber aumentado menos en unos 200.000 trabajadores por año. Dado que esta creció a ritmos menores como consecuencia de la migración, debe haber ejercido algún efecto benéfico sobre los salarios de la población. Quinto: dejando el país, los que se van liberan bocas que alimentar, con lo que mejora la alimentación, educación y demás de los familiares que se quedan, aumentando presumiblemente su ‘productividad’. A ello habría que añadir lo que los emigrados envían a sus familias en especie (ropa, conservas, juguetes, dulces y demás). Finalmente, entre otros muchos factores que actúan en pro del crecimiento, como consecuencia de la gigantesca migración, hay quienes dicen que ha aumentado menos –aunque levemente quizás- la delincuencia, la drogadicción, la prostitución, etc. en el país.

Evidentemente, a los rubros anteriores hay que restarles aquellos que tienen relación con lo que dejaron de producir y consumir los emigrados: la producción formal o informal de quienes se fueron precisamente porque no ganaban lo suficiente o porque estaban desempleados o porque tenían mejores ofertas fuera (médicos, profesores, etc.); los componentes importados de la incrementada demanda de bienes de consumo; el hecho de que un cierto porcentaje de familias peruanas aún sufragan los gastos de sus hijos emigrados, sobre todo de los que recién han emprendido esta ‘aventura’; y, lo más grave, la pérdida de valioso ‘capital humano’ que se pierde, entre otros muchos factores.

De manera que, en pocas palabras, conservadoramente hablando, los migrantes explican gran parte de –por no decir, toda- la reducción de la pobreza y contribuyeron con un punto porcentual o algo más al PIB del Perú en cada uno de estos últimos años. Por lo que la bonanza macroeconómica se debería a tres eses: la Suerte (por el aumento de los precios internacionales de nuestras exportaciones primarias), el Saneamiento (de las cuentas fiscal y externa) y, sobre todo, el Sacrificio (por la enorme emigración). El costo social es inconmensurable: desde lo ocurrido a nivel micro, con la destrucción o separación de las familias, a nivel meso con la pérdida de capital humano valioso y a nivel macro por los desequillibrios sociopolíticos generados por equilibrar ortodoxamente la economía. Estamos convencidos que el gobierno entrante hará todo lo posible por reducir el número de emigrantes pobres, generando empleo digno. Sería un digno gobierno.




Fuente: La Insignia, 19 de julio de 2006.

Nota: Perú.21 informa hoy (septiembre 5, p. 11) que este año el Perú recibiría US$ 3.250 millones por concepto de remesas, según declaraciones del gerente general de la Asociación de Bancos. Lo que significa que, frente al monto alcanzado el año 2005 (US$ 2.484’), aumentarían en 30%. De esa cifra, según el BID, el 51% llega a través de canales formales (bancos y empresas de transferencia de fondos), mientras que el resto es ‘informal’ (viajeros, correo o courier). Los envíos proceden principalmente de EEUU (49%), Europa (26%), del resto de América Latina (18%) y Japón (3%). Los principales receptores viven (o cobran) en Huancayo (17%), Lima (16%) y Piura (14%). El monto promedio de cada remesa sería de US$ 200 (el año pasado: US$ 166). 60% del dinero que reciben lo gastan en bienes de consumo, 21% para fines educativos, 8% para negocios y 6% se ahorra.

miércoles, julio 05, 2006

Boom Exportador y Enfermedad Holandesa

Contrariamente a lo que generalmente se piensa, cuando un país súbitamente logra grandes éxitos exportando commodities, a la larga puede terminar bastante maltrecho. El ejemplo clásico, que sirve para ilustrar esta paradoja aparente, proviene de la experiencia de Holanda, que en 1959 encontró reservorios enormes de gas natural y los comenzó a exportar masivamente. Sin embargo, hacia mediados de los años setenta, especialmente luego del primer choque petrolero, como consecuencia de la catarata de divisas que la irrigó, se estancó la producción de la industria manufacturera, el desempleo saltó abruptamente y la participación de la ganancias en el Producto Nacional cayó, entre otras calamidades. Todo lo que derivó de la consecuente revaluación del florín neerlandés, que implicó una drástica pérdida de competitividad internacional de la poderosa manufactura doméstica, si bien favorecía las arcas fiscales y a las empresas productoras de bienes no transables. Sin tener mayor conciencia de ella, hoy en día los países que más la padecen son los petroleros, al margen de los demás maleficios que acompañan el espectacular auge del oro negro. Como esa bonanza exportadora modifica los principales precios relativos, también la estructura sectorial del país se transforma radicalmente, generando trastornos variados, los más conocidos de los cuales son la ‘desindustrialización y la ‘desagriculturización’ de la economía, al margen del crecimiento exagerado y atolondrado del gasto público.

En general, ese virus se transmite a todos aquellos países que ven incrementar súbitamente el valor de sus exportaciones por aumentos inesperados de sus precios fijados internacionalmente y/o por drásticos incrementos de los volúmenes. Igualmente se puede presentar cuando ingresan cuantiosas divisas por concepto de inversión extranjera directa, de capitales de corto plazo, de la ‘ayuda externa’, del auge del turismo, etc. Que es justamente el caso peruano, por lo que nos preguntamos ¿por qué la economía peruana no fue contagiada por esta enfermedad en estos últimos años de extraordinaria bonanza externa? Recordemos que durante el último lustro nuestros ingresos de divisas aumentaron acelerada y masivamente: Básicamente, como consecuencia de su acumulación por los enormes superávit comerciales (US$ 9.200 millones), la inversión extranjera directa (US$ 8.300’, aparte de un poco más de 500’ por privatizaciones), las remisiones de nuestros paisanos emigrados (casi US$ 5.000’, sin contar los que llegaron ‘informalmente’) y los desembolsos de préstamos de largo plazo al sector privado (US$ 3.400’), entre otros. Obviamente a esta sumatoria de flujos del último quinquenio hay que restarle los déficit de servicios, los pagos a factores extranjeros, el servicio de la deuda externa, etc.

En nuestro caso, en principio, como consecuencia del chorro de divisas que ingresó al país, hemos debido sufrir una revaluación drástica del tipo de cambio, como ha venido sucediendo últimamente en Chile. Hay quienes dicen que hoy el US$ debería estar en 2,70 nuevos soles y no en 3,25 (a pesar de que el tipo de cambio real multilateral se ha devaluado en 7 por ciento desde que se inauguró el presente gobierno). En cuyo caso no estaríamos hablando de las notables exportaciones de espárragos y café, de mangos y uvas, de polos y camisas, entre otros tantos. Si se hubiera dejado el mercado cambiario a su libre albedrío, habría quebrado una infinidad de empresas pequeñas y medianas, con lo que el problema del desempleo y subempleo sería aún más grave del que de por sí es. Que esto no haya sucedido se lo debemos, en gran parte, a las heterodoxias de nuestro Banco Central, tanto por la política de metas explícitas de inflación, como por su intervención en el mercado cambiario. De ahí que Posición de Cambio del BCR haya aumentado en 190%, al pasar de US$ 2.600’ a 7.500’ en lo que va de este gobierno. Por su parte, el stock de Reservas Internacionales Netas pasó de US$ 8.700’ en julio de 2001 a US$ 14.235’ en mayo 2006, equivalente a un aumento del 64%.

Pero aún faltaría lo peor. Porque también hay economistas que consideran, con mucha razón, que la ‘verdadera’ enfermedad holandesa recién se siente cuando culmina el auge exportador, cuando hay que ajustar los incrementados gastos públicos y reprimir las alzas salariales; y, sobre todo, cuando se descubre que nos hemos concentrado demasiado en ciertas exportaciones primarias por efecto de los elevados precios internacionales. Así, en Colombia a ello se le ha dado en llamar el “efecto Pambelé”, por el destino de ese gran boxeador que -de la noche a la mañana- se hizo millonario, pero que una vez que tuvo que dejar los guantes cayó (y falleció) en la más penosa e incomprensible miseria. Y eso es algo que muy bien puede sucedernos si no guardamos pan para mayo (del 2008), si no realizamos las reformas internas necesarias para soportar el golpe, si no se diversifican las exportaciones hacia ramas productivas no primarias, si no se incentivan encadenamientos productivos y, consecuentemente, si no de amplía el precario mercado interno.

A este respecto hay que decir –sin afán de alarmar a nadie- que las proyecciones del Banco Mundial de nuestros términos de intercambio no son muy halagadoras para los próximos años, a lo que se añade que EEUU viene ajustando su economía –como ya era hora- con los cambios graduales que viene procurando Bernanke desde la Reserva Federal, cuya tasa de interés se encuentra en 5,25%, subiría a 5,50% en agosto y amenaza con llegar a 6% en diciembre. La compresión consecuente de la demanda agregada norteamericana tendría efectos desastrosos sobre los precios de nuestras commodities. Ni qué decir si China revalúa el yuan, como debe ser. ¿Estaremos preparados para aguantar el puño de Mike Tyson y las embestidas de Jackie Chang?

Fuente: Gestión, julio 5, 2006; p. 15.