viernes, febrero 24, 2006

¡Los costes laborales son muy elevados!

Un prestigioso economista acaba de afirmar que "nuestra economía adolece de una grave falla estructural por las excesivas remuneraciones que se pagan, con lo que estamos perdiendo competitividad internacional, especialmente desde que China y las repúblicas ex comunistas han ingresado agresiva y masivamente al mercado mundial". ¿Le suena conocida esta letanía? Seguramente que sí, porque en nuestras economías bananeras y maquiladoras cada cierto tiempo, aparte de los economistas serios u "ortodoxos, conservadores y prudentes", los OCP (Alberto Acosta dixit), casi todos los empresarios se quejan por los elevados 'salarios mínimos vitales' que son de hambre y, sobre todo, por los excesivos 'sobrecostos laborales' que desmotivarían a la inversión extranjera directa y nos harían perder ventajas absolutas y comparativas.

Pero se equivoca usted si cree que se trata de un autor tropical. La cita la hemos recogido de un reciente 'bestseller' alemán titulado 'La economía-bazar', del profesor Hans-Werner Sinn (Universidad de Munich), quien analiza la situación competitiva global actual de Alemania. Sin pelos en la lengua, sostiene que "en la elección entre trabajadores polacos y alemanes, entre trabajadores alemanes y robots o entre trabajadores alemanes y una inversión en el mercado internacional de capitales, la decisión mayoritaria se vertió en contra de los trabajadores alemanes. Cinco millones de trabajadores están actualmente desempleados. 5 millones ya no son demandados porque no pueden ser empleados en condiciones competitivas. Por el poder de los sindicatos, el Estado Social y las transferencias públicas, que se han añadido a los salarios netos, estos trabajadores alemanes se han vuelto muy caros, de manera que ya nadie los quiere. Esta es la amarga verdad que deben afrontar los alemanes".

Llama la atención esa preocupación si tenemos presente que Alemania es 'el campeón mundial de los exportadores de bienes' y el segundo a escala mundial en exportaciones totales (incluyendo los servicios), las que en 2004 llegaron a la espectacular cifra de 1,041 billones de de dólares, levemente detrás de EEUU, que alcanzó 1,138 billones, pero muy por delante de Japón y China, que llegaron a los 660.000 millonwa. El asunto deja de sorprender, sin embargo, si tenemos en cuenta -al margen de la elevada tasa de desocupación- la bajísima cuota de inversión en Alemania, que representa ¡apenas un 3% del Producto Interno Neto durante el último trienio, ¡muy por debajo del 8% promedio del resto de países de la Unión Europea! Evidentemente esta 'huelga de la inversión' alemana contribuye a explicar una buena parte de la miserable tasa de crecimiento económico, la más baja de Europa en los últimos años.

De manera que lo que se estaría dando es una especie de desconexión entre la boyante expansión hacia fuera y el precario desarrollo interno de la economía germana. También aquí parecería existir un paralelo con las economías del sur, como -por dar un ejemplo concreto- con la economía peruana, donde muchos se preguntan ¿cómo es posible que las exportaciones se hayan duplicado durante el último quinquenio y que el desempleo, el subempleo y la pobreza se hayan mantenido prácticamente congelados?

Varios factores añadidos han agravado el problema según el autor, un economista neoliberal de la variante 'ofertista'. En primer lugar, porque la reunificación alemana le costó al país -a lo largo de los últimos quince años- la friolera de 1,140 billones de euros en transferencias estatales al gobierno, con lo que la deuda pública aumentó de 473.000 millones a 1,453 billones de euros, gracias al hecho que el canciller Helmut Kohl cumplió con su promesa de que tales gastos no se cubrirían con mayores impuestos. Si bien inicialmente (1991-92) ese espectacular aumento del gasto a la keynesiana -probablemente inédito en la historia mundial de postguerra- reavivó la actividad económica, pronto se difuminó y la participación de la región oriental contribuye hoy menos al Producto Interno alemán que en 1990.

En segundo lugar, la propia creación de la Unión Europea (UE) amplió los mercados de exportación para los países pequeños, lo que les permitió aprovechar plenamente de las economías de escala dentro del mercado común, ganándole en muchos casos la competencia a los alemanes. Pero no solo ni tanto por los menores salarios industriales, sino también por el progreso técnico que se venía empollando en esos países; en que el caso más ilustrativo es el de Nokia, empresa finlandesa que fabricaba televisores y se encontraba al borde de la quiebra en 1990, pero que logró -gracias a la innovación y la integración continental- eliminar a la superempresa Siemens del mercado de celulares.

En tercera instancia, como es evidente, con la acelerada globalización asomó el mayor de los desafíos, derivado de una creciente competencia proveniente de las economías 'tercermundistas' de bajos salarios. Si bien se trató de un proceso, su virulencia se sintió especialmente desde que China e India se incorporaron a él e intentaron copar los mercados copiando a los tigres asiáticos en muchos sentidos.

Y, reforzando el efecto anterior, sobre todo a partir de 2004, con la incorporación de 10 nuevos miembros a la UE, ubicados en Europa Oriental, la situación se agravó por los salarios relativamente bajos de estos países en relación a la capacitación de sus trabajadores, con lo que la inversión se mudó a esas zonas, ya que ofrecían ventajas adicionales de localización. Por añadidura, con la materialización de la moneda común, el Euro (€), las tasas de interés de los demás países -que se encontraban en unos 6 puntos por encima de la vigente en Alemania- convergieron notoriamente, lo que mejoró la competitividad de sus demás socios en la UE.

Sin embargo, según el autor y en resumidas cuentas, la principal causa del problema radicaría en los exageradamente elevados costos laborales que tienen que asumir los industriales alemanes en comparación con los de las economías más importantes del mundo. El empinado tobogán de las remuneraciones por hora que puede usted observar en el Gráfico adjunto es aleccionador de los notorios diferenciales.

Naturalmente la productividad de los trabajadores alemanes es mucho más elevada que la de la mayoría de las demás economías del diagrama, gracias a un sistema judicial superior, a bien establecidos sistemas de instituciones estatales, a una excelente infraestructura, a la pujanza de las medianas empresas, a las persistentes innovaciones tecnológicas, a un buen sistema de capacitación profesional, a la cooperación entre el Estado y el gran capital, a una situación social más equitativa, entre otros factores. Nótese de paso, sin embargo, que -de acuerdo a la última encuesta del World Economic Forum- en materia de 'competitividad' se encuentran delante de Alemania (que es calificada con 5,10 puntos) otros 14 países, ocupando los primeros puestos Finlandia (5,94), EEUU (5,81), Suecia y Dinamarca (5,65).

Sin embargo, que los costos laborales sean 8 veces más elevados en Alemania que en Europa Oriental y 25 veces los de China no puede explicarse sólo por diferencias de productividad. Ese enorme desequilibrio económico seguramente que se puede sostener políticamente por un tiempo, pero a la larga resulta imposible por acción de las propias fuerzas del mercado, entendidas como aquellas que son administradas centralmente -por no decir planificadas- por las corporaciones transnacionales. En un entorno económico y político cada vez más abierto se supone que se daría -si bien muy pausadamente- una convergencia de los precios internacionales de los factores de producción, incluida la tasa de ganancia.

Frente a este hecho aparentemente incontrovertible, en vista de los altos salarios relativos y la creciente competencia intra-europea y foránea, la gran mayoría de empresas grandes y muchas de las medianas de Alemania se vienen defendiendo de diversas maneras, todas las que directa o indirectamente estarían contribuyendo a incrementar el desempleo doméstico y a reducir su tasa de crecimiento económico. Si bien muchas empresas han quebrado, otras tantas han sabido defenderse exitosamente: invirtiendo más y más en tecnología y en industrias intensivas en capital dentro del país; sustituyendo fuerza de trabajo humana por sofisticada maquinaria y robots; constituyendo alianzas estratégicas para la realización de ciertas labores conjuntas, como investigación básica; consiguiendo mayor apoyo del Estado; sustituyendo materias primas o ahorrando tales insumos por unidad de producto; etc.. Por lo demás, frente a los sindicatos, los empresarios amenazan con el cuco de la globalización para contender sus demandas, lo que han logrado en muchos casos.

Sin embargo, la estrategia preferencial ha consistido en la reasignación de inversión y la producción de los elementos más intensivos en trabajo de la 'cadena de valor' hacia otros proveedores ('outsourcing'), radicados en el extranjero ('offshoring'), preferencialmente a las de sus periferias orientales, en Europa o Asia. Y es desde ahí que surge la controvertida hipótesis central del autor (y del título del libro): que Deutschland se estaría convirtiendo en una economía-bazar, país en que, dicho sea de paso, se realizan 75% de todas las grandes exposiciones mundiales de la industria. Ese supuesto 'bazar económico' se debe entender como uno que -a la larga- solo se dedicaría a ensamblar partes de productos que compra allende de sus fronteras, a lo que se añaden las inversiones en el exterior para ganar mayores porciones del mercado. De manera que gran parte del costo de producción se realizaría fuera del país, tendiendo así a generar menos valor interno de retorno y a destruir más y más empleos domésticos.

El ejemplo paradigmático de esa metamorfosis viene dado -a pesar de tratarse de un bien duradero altamente sofisticado- por el modelo 'Cayenne' de la Porsche, cuyo creativo presidente del Directorio ha logrado que solo un tercio del costo de producción de ese modelo sea propiamente de origen alemán, aumentando notoriamente el margen de ganancia de la empresa. En efecto, de acuerdo a información aparecida en los diarios, la Porsche vendió 93.000 unidades en el año fiscal 2004/05 (41.000 'Cayenne', 31.000 '911', 20.000 'Boxster' y 715 'Carrera GT'), alcanzando un valor de ventas de € 6.600 millones, lo que le permitió alcanzar ganancias brutas por €1.240' (y de €780' después de impuestos). Con lo que su tasa de ganancia se disparó al 18% (utilidades antes de impuestos sobre ventas), frente al 6% de Toyota o BMW.

Por lo que el autor sostiene, extremando su argumento en pocas palabras, que el éxito exportador germano solo sería pura ilusión, una verdadera fata morgana estadística. Por supuesto que a nadie se le ocurriría sustituir la etiqueta del famoso 'Producido en Alemania' por el más realista "Made for Germany by China" o por Estonia o por una recatafila de países exóticos juntos. Eso tampoco quiere decir que la calidad de esas mercancías haya bajado (aunque sí es comprobable de hecho en algunos casos), si bien este aspecto ha sido así interpretado por muchos empresarios y comentaristas alemanes del libro, por lo que lo han inscrito en su índice expurgatorio, probablemente junto a Marx y angelitos similares.

¿A qué nos lleva todo esto? Al margen del simplismo y exageración que caracterizan su libro, lo que el profesor Sinn plantea en esencia como solución al 'problema alemán' es la contención de los incrementos salariales, el aumento de las horas de trabajo y la disminución de los subsidios al desempleo en Alemania, más que medidas de protección o de estímulo estatal del mercado interno. Lo que nos lleva a un asunto más interesante aún, porque algo muy extraño debe estar sucediendo en el mundo si, tanto en el Perú y en países pobres similares, como en Alemania y en países parecidos muy ricos, se habla de 'remuneraciones demasiado elevadas'. Lo que no es sino reflejo de la competencia salvaje que se da a nivel internacional como consecuencia de la apertura y la globalización.

De donde se tiene que este proceso está llevando aceleradamente a una 'competencia de fondo de pozo', en que la compresión salarial -a pesar del espectacular progreso técnico- se ha convertido en el mecanismo 'natural' para ganar competitividad en los mercados internacionales. Por lo que no resulta difícil deducir que pronto viviremos en un mundo en que se darían simultánea y paradójicamente, abundancia de mercancías por un lado y escasez de poder adquisitivo por el otro; a no ser que aún creamos en la Ley de Say, de acuerdo a la cual siempre 'la oferta crea su propia demanda', aunque el problema de esta 'teoría' es que ya no vivimos en el siglo XIX.

Si bien ese proceso universal viene favoreciendo -bastante menos universalmente- a los consumidores, a la larga ese 'patológico boom exportador' (Sinn) no nos debería sorprender que desemboque en una fenomenal sobreproducción industrial. Por lo que quizás en el año 2029 nuestros hijos y nietos festejarán el centenario de la gran depresión de 1929 en condiciones de desempleo masivo y de deflación mundial similares a las de entonces. Asunto que precisaremos en una próxima entrega, en la que analizaremos la 'falacia de composición' que implica la tríada: Exportaciones = crecimiento económico = mayores remuneraciones. De ella se desprende una creencia que comparten casi todos los expertos: que la solución al subdesarrollo de los países pobres o al maldesarrollo de los ricos radica en la expansión de las exportaciones y que, por tanto, estén concentrando todos sus esfuerzos en la producción extrovertida de más y más mercancías para alcanzar el nirvana, por cierto que infructuosamente.


Fuente: La Insignia, febrero 24, 2006.

domingo, febrero 05, 2006

¿Está sobrevaluada nuestra moneda?

Algunos prestigiosos economistas ortodoxos vienen afirmando categóricamente que el tipo de cambio actual está 'embalsado', que el sol está sobrevaluado. Por lo que sugieren que la autoridad monetaria debería dejar de 'administrarlo', permitiendo su devaluación para llevarlo a su valor 'correcto' sobre la base de una peculiar interpretación y aplicación práctica de lo que dicen es la "teoría de la paridad del poder adquisitivo".

Para fundamentar su aserto de la supuesta contención artificial del sol, señalan que durante el presente régimen la diferencia entre los ingresos y los costos de los exportadores se ha estrechado notoriamente, por lo que consideran que ha caído su rentabilidad, amenazando así el equilibrio externo de nuestra economía. En efecto, de acuerdo a sus simplistas cálculos, de una parte, el tipo de cambio nominal --entre 2001 y julio 2005-- se revaluó en 7,4% (al pasar de S/.3,51 a S/.3,25 por dólar), castigando subrepticiamente con esa tasa al receptor de cada dólar exportado; y, de otra, como la inflación había sido del 8,9% en ese lapso, también los costos de producción han aumentado a esa tasa. Si hacemos un cálculo elemental, partiendo del año 2001 como base (=100), tendríamos que, en efecto, a mediados del año pasado los exportadores habrían estado recibiendo 15 centavos de dólar menos de lo que habrían recibido en las condiciones de hace cuatro años, con lo que se vendría afectando irresponsablemente sus ganancias.

Con el respeto que me merecen quienes así opinan y por la tiranía del espacio, trataré de plantear únicamente tres observaciones críticas a esos 'técnicos' planteamientos y que deberían ser conocidos por todo iniciado en teoría económica; por lo que dejaré de lado los comentarios en relación a la enorme carga ideológica que subyace o que deriva de la tesis mencionada.

En primer lugar, en ningún momento se explica por qué se usa el año 2001 como base, asumiéndose aparentemente que entonces el tipo de cambio era el 'correcto'. Este es un tema complejo, pero muy bien podría ser que ese año el sol estuviese subvaluado (como lo estuvo en efecto), con lo que perdería fuerza el argumento. Sin embargo, aceptemos ese supuesto, interpretando que únicamente les interesa resaltar cómo se habría dejado sobrevaluar el sol durante el presente régimen; aunque --lo que tampoco entendemos-- los cálculos solo cubran el período hasta mediados del año pasado.

En segunda instancia, el argumento excluye los precios internacionales de nuestras exportaciones los que --como todos sabemos-- han sido muy favorables para incrementar los ingresos de quienes venden sus mercancías en el mercado internacional.

Tercero y esencial: parecería que esos técnicos consideran que la única moneda existente en el mundo es el dólar y/o que sólo comerciamos con EE.UU. o con países que solo nos pagan en dólares. Pero resulta que en el comercio internacional también se transan otras divisas. Que los aludidos no hayan tenido en cuenta este aspecto es evidentemente un pecado capital, ya que resulta que esas otras monedas (euro, franco suizo, libra esterlina, yen) se han revaluado respecto al dólar y, consecuentemente, en relación al nuevo sol. Así que por cada unidad de cada una de esas divisas los exportadores han venido recibiendo más dólares (y soles).

Resumiendo los tres puntos y para decirlo más directamente: tales economistas parecerían haber olvidado sus conocimientos sobre la 'teoría de la paridad de compra'. Además, argumentan --e incluso ahí parcial y equívocamente-- en términos del tipo de cambio real 'bilateral' y no, como debería ser, del 'multilateral', cuando es este último el más significativo para afirmar si el tipo de cambio es el 'correcto'. El diagrama adjunto ilustra la diferencia y nos saca de toda duda; por supuesto, siempre que nos atengamos a la guía burda derivada de la teoría tradicional (bastante abollada) de la 'paridad de compra' que dicen explícitamente estar aplicando en sus cálculos. Si bien existen otros métodos para calcular la 'paridad', no tiene sentido aquí entrar en esa discusión.

Para aburrimiento del lector experto y para información del interesado, si se desea llegar a un estimado adecuado del tipo de cambio real multilateral es necesario tomar en cuenta, a partir de un año base (que debería elegirse para un momento en que el equilibrio del balance externo estuviese garantizado y que el BCR asume es 1994): en el numerador, la evolución de los tipos de cambio nominales y la inflación, ponderadas en cada caso en función a la importancia de los diversos países con los que comerciamos; y, en el denominador, la inflación doméstica, como si equivaliera a los costos de las empresas exportadoras.

Sin embargo, esta pauta solo es de utilidad para el mediano plazo, no así para la coyuntura. Desde esta perspectiva y contemplando el gráfico adjunto, el tipo de cambio real bilateral seguía subvaluado en 15,9% y el multilateral en 5,6%, ambos respecto a 1994; muy favorable, por tanto, para los exportadores. De otra parte, considerando únicamente la evolución del tipo de cambio real de diciembre de 2004 a diciembre de 2005, el bilateral se devaluó en 6,5%, mientras el multilateral lo hizo en 3,9%. No veo, entonces, cuál es la desesperación por presionar por devaluar el sol, al margen de la burneo-fobia, becerre-alergia y las malévolas intenciones políticas que puedan tener algunos.

Dada la experiencia, lucidez, claridad y bonhomía de estos autores nos sorprende que hayan cometido errores tan elementales y que repitan que sus "posiciones son estrictamente técnicas". El lector malpensado podría considerar que se trata, en este caso, de ignorancia de la teoría y/o de un exagerado favoritismo proexportador. Sería triste que eso sea cierto, dado que se trata nada menos de quienes serían las próximas autoridades máximas del BCR, del BN, del Ministerio de Economía y similares, por lo que estimo que los faux-pas se deben al hecho de que no se puede escribir sesudos artículos periodísticos cada semana, a la vez que se tiene responsabilidades en la elaboración y difusión del Plan de Gobierno de un partido que goza de la mayor probabilidad de acceder a Palacio.

Fuente: El Comercio, domingo 5 de febrero 2006; p. B3. Facsímil.