viernes, enero 13, 2006

Humala y el 'efecto túnel'

"Si pretendemos mantener la democracia, por más 'delegativa' que sea, el próximo gobierno tendrá que afrontar la 'crisis distributiva'".

Hace unas semanas, El Comercio publicó una encuesta a nivel nacional de Apoyo sobre preferencias electorales. El dato que más sorprendió fue el ascenso de Ollanta Humala hasta 22%, el doble que un mes antes y a solo tres puntos debajo de Lourdes Flores. Afloraron así tanto la indignación y el susto en los niveles socioeconómicos A y B, como la esperanza y fascinación de parte importante de los C, D y E.

Son muchos y muy complicados los factores que permitirían explicar el surgimiento sorpresivo -una vez más- de un candidato supuestamente comprometido con 'el gran cambio'. Entre los complejos elementos en juego, me parece que un proceso dinámico, planteado por el prestigioso economista Albert Hirschman, en 1973, lo explica en gran medida el denominado 'efecto túnel'. Otros autores lo han denominado 'factor esperanza' (Pablo González Casanova) o 'política de la frustración' (Ralf Dahrendorf) o 'tolerancia limitada frente a las desigualdades' (Adolfo Figueroa).

De acuerdo con esta hipótesis, mientras las personas tienen la esperanza de ver alguna luz al final del túnel y de llegar a destino, la tolerancia respecto de las desigualdades e injusticias predominará sobre la impaciencia. Esto sería así porque saben que, si alguno de los viajeros que iba en otro vehículo pudo avanzar en esa dirección o incluso llegar hasta allá, ellos eventualmente también lo podrán lograr. En ese entendido, "el efecto de túnel opera porque los avances de los demás proveen información acerca de un ambiente externo más benigno; la recepción de esta información produce satisfacción; y esta satisfacción supera a la envidia o, por lo menos, la suspende". Con buenas razones, por tanto, Hirschman concibe esta externalidad como una especie de 'válvula de seguridad' que asegura el statu quo.

Es decir, que muy bien puede haber una contradicción aparente entre las 'condiciones objetivas' dadas por paupérrimos ingresos, pésimas condiciones de trabajo y privación general, por un lado, y un favorable 'sentimiento subjetivo' de esperanza y expectativas, por el otro. Con lo que la tolerancia y, en muchos casos, la resignación predominan frente a la rebelión. Esta hipótesis resultaba novedosa en su tiempo y contrastaba con la que postulaba entonces la mayoría de antropólogos, sociólogos y economistas, quienes proclamaban -y que hasta ahora comparten muchos- que la pobreza extrema nutre y es el principal determinante de los sentimientos contra-sistémicos.

En cambio, detrás del planteamiento hirschmaniano, persiste la esperanza de ascenso social por un buen tiempo, en que las condiciones objetivas -por pésimas que sean- no resultan determinantes. Sin embargo, según ese autor, ese proceso no dura ad infinítum: "Pero esta tolerancia es como un crédito que se vence en cierta fecha. Se concede con la esperanza de que, finalmente, se reducirán de nuevo las disparidades. Si esto no ocurre, habrá inevitablemente problemas y quizá desastres". Es decir, en el momento menos pensado, el proceso puede desembocar en desilusión, frustración, agresividad y depresión en el nivel personal-familiar y, más adelante, puede materializarse en movilizaciones sociopolíticas a diversos niveles y espacios locales, regionales o, en el extremo, nacionales. En nuestro caso, ha desembocado efectivamente en emigración masiva, delincuencia común, terrorismo resucitado, corrupción desaforada y, en esta coyuntura electoral, en anómicos votos 'anti-establishment'.

Y, en efecto, si bien el auge -la bonanza macroeconómica- continúa en el país, el 'efecto cascada' o 'chorreo' ha venido violando persistentemente la ley de gravedad, a contrapelo de toda la acrobacia estadística ensayada por ciertos economistas y voceros del gobierno para fundamentar que el derrame se vertió sobre los más pobres. Por lo que, como bien ha dicho Figueroa, se presenta aun más pronunciada la crisis distributiva: "Los individuos no están dispuestos a tolerar cualquier grado de desigualdad. Hay grados de extrema desigualdad que no tolerarían. Pero, además, actuarían para remediar esta situación que la consideran injusta. Huelgas, protestas, redistribución privada con violencia son algunos de los mecanismos que utilizarán los individuos para tratar de restaurar una situación de desigualdad que sea más justa. Cuando el grado de desigualdad pasa los umbrales de tolerancia social, se produce caos y violencia; cuando el grado de desigualdad se encuentra dentro de los límites de la tolerancia social, existe orden social".

Es decir, se pasa de la gratificación al desencanto y, finalmente, a la indignación y la rebelión. Lo interesante de este proceso es que, llegado un momento, se da un efecto huayco, al que se refería Hirschman, cuando señalaba que las frustraciones se van acumulando silenciosamente y que -sin aviso previo- pueden explotarle en el rostro al gobierno y en el momento menos esperado; o, -como en la coyuntura actual- en las intenciones supuestamente perversas de voto. En tal sentido, el cambio de estados de ánimo puede darse repentinamente, sin que medien necesariamente causas exógenas aparentes: "La ausencia de realización de la expectativa hará que en algún momento me 'ponga furioso', es decir, me convierta en un enemigo del orden establecido. Este cambio de partidario a enemigo es simplemente un resultado del paso del tiempo: no hay ningún evento externo particular que desate este giro dramático. En este sentido, la teoría del conflicto social propuesta aquí es muy distinta de la hipótesis de la 'curva J', que atribuye los estallidos revolucionarios a una recesión repentina de la actividad económica tras un largo auge", según Hirschman.

Si pretendemos mantener la democracia en el Perú, por más 'delegativa' que sea, el próximo gobierno -independientemente de su color político- tendrá que afrontar la 'crisis distributiva'; tan bien diagnosticada por Figueroa y tan poco percibida por los contendores del 9 de abril y del 11 de mayo, cuando nos veremos obligados a elegir entre Guatemala y guatepeor.

Fuente: Perú.21, enero 13; p. 9. Reproducido en: www.bcasas.org.pe. Facsímil.

martes, enero 10, 2006

El efecto túnel y el indigesto menú electoral

El domingo 11 de diciembre del 2005, El Comercio publicaba una encuesta a nivel nacional, elaborada por Apoyo, en la que se daba cuenta de las preferencias ciudadanas para la presidencia. El dato que más atención suscitó entonces fue el sorprendente ascenso del novel candidato Ollanta Humala, quien alcanzó un 22% de la intención de voto (el doble de la que tenía un mes antes), a sólo tres puntos porcentuales por debajo de Lourdes Flores. Afloraron así, tanto la indignación y el susto en las primeras dos letras del abecedario, como la esperanza y fascinación de parte importante de las siguientes tres. Sin duda, reflejo de las intensas emociones desatadas por los datos y las airadas respuestas de los grupos de interés, los resultados de la encuesta que se publicará este domingo 15 de enero reforzarán las tendencias hacia una polarización, en que ambos candidatos crecerían, más el primero que la segunda y ambos a costa de los otros dos que aún tienen posibilidades entre los 23 que están en carrera.

Son muchos y muy complejos los factores que permitirían explicar el surgimiento sorpresivo -una vez más- de un candidato desconocido supuestamente comprometido con 'el gran cambio' en la contienda por la presidencia. Sin embargo, de los variados elementos en juego, me parece que un peculiar proceso dinámico, esbozado por el prestigioso economista Albert Hirschman en 1973, lo explica en gran medida: el denominado 'efecto túnel'. Otros autores lo han denominado 'factor esperanza' (Pablo González Casanova) o 'política de la frustración' (Ralf Dahrendorf) o 'tolerancia limitada frente a las desigualdades' (Adolfo Figueroa).

De acuerdo a esta hipótesis, mientras las personas tienen la esperanza de ver alguna luz al final del túnel y de llegar a destino, la tolerancia respecto de las desigualdades e injusticias predominará sobre la impaciencia. Esto sería así porque saben que si alguno de los viajeros que lo acompañan en otros vehículos pudieron avanzar en esa dirección o incluso llegar hasta allá, ellos eventualmente también lo podrán lograr. En ese entendido, "el efecto de túnel opera porque los avances de los demás proveen información acerca de un ambiente externo más benigno; la recepción de esta información produce satisfacción; y esta satisfacción supera a la envidia, o por lo menos la suspende". Con buenas razones, por tanto, Hirschman concibe esta externalidad como una especie de 'válvula de seguridad' que asegura el status quo.

Es decir, que muy bien puede haber una aparente contradicción entre las condiciones objetivas dadas por paupérrimos ingresos, pésimas condiciones de trabajo y privación general, por un lado, y un favorable sentimiento subjetivo de esperanza y expectativas, por el otro. Con lo que la tolerancia y, en muchos casos, la resignación predominan frente a la rebelión. Esta hipótesis resultaba novedosa en su tiempo y contrastaba con la que postulaba entonces la mayoría de antropólogos, sociólogos y economistas, quienes proclamaban -y que hasta ahora comparten muchos- que la pobreza extrema nutre y es el principal determinante de los sentimientos contra-sistémicos. Bien lo ha expresado Dahrendorf recientemente: "Un grupo más importante en cualquier sociedad son quienes han comenzado a avanzar a nuevas condiciones de vida, pero encuentran bloqueado el camino. Sus deseos y ambiciones no son poco realistas si se consideran las circunstancias, pero se ven frustrados. Las cosas no avanzan tan rápido como lo desean, o no lo hacen del todo, debido a condiciones que no controlan. Las oportunidades existen, pero no se pueden aprovechar ni hacer realidad. Este grupo, no los desesperadamente pobres y desvalidos, forma la gran fuerza movilizadora de protestas violentas y, en último término, de cambios de envergadura".

Más específicamente, detrás del planteamiento hirschmaniano aparece -inicialmente- la esperanza en la posibilidad de ascenso social, en que las condiciones objetivas -por pésimas que sean- no resultan determinantes. Sin embargo, según ese autor, ese proceso no dura ad infinitum: "Pero esta tolerancia es como un crédito que se vence en cierta fecha. Se concede con la esperanza de que, finalmente, se reducirán de nuevo las disparidades. Si esto no ocurre, habrá inevitablemente problemas y quizá desastres". Es decir, en el momento menos esperado, el proceso puede desembocar en desilusión, frustración, agresividad y depresión en el nivel personal-familiar y, más adelante, en movilizaciones sociopolíticas a diversos niveles y espacios locales, regionales o, en el extremo, nacionales. En nuestro caso se ha materializado efectivamente en emigración masiva, delincuencia generalizada, terrorismo resucitado, corrupción desaforada y, en esta coyuntura electoral, en preferenciales alucinantes por el voto anti-establishment.

Y, en efecto, si bien el auge -la bonanza macroeconómica- continúa en el país, el 'efecto cascada' o 'chorreo' ha venido violando persistentemente la ley de gravedad, a contrapelo de todas las acrobacias estadísticas ensayadas por ciertos economistas y voceros del gobierno para tratar de convencernos de que el derrame se vertió sobre los más pobres. Por lo que, como bien ha dicho Figueroa, se presenta aún más pronunciada la crisis distributiva: "Los individuos no están dispuestos a tolerar cualquier grado de desigualdad. Hay grados de extrema desigualdad que no tolerarían. Pero, además, actuarían para remediar esta situación que la consideran injusta. Huelgas, protestas, redistribución privada con violencia son algunos de los mecanismos que utilizarán los individuos para tratar de restaurar una situación de desigualdad que sea más justa. Cuando el grado de desigualdad pasa los umbrales de tolerancia social se produce caos y violencia; cuando el grado de desigualdad se encuentra dentro de los límites de la tolerancia social existe orden social".

Es decir, se pasa de la gratificación al desencanto y, finalmente, a la indignación y la rebelión. Lo interesante de este proceso es que, llegado un momento, se da un efecto huayco, al que se refería Hirschman, cuando señalaba que las frustraciones se van acumulando silenciosamente y que -sin aviso previo- la frustración acumulada puede explotarle en el rostro al Gobierno y en el momento menos esperado; o, como -en la coyuntura actual- en las intenciones supuestamente 'perversas' de voto. En tal sentido, el cambio de estado de ánimo puede darse repentinamente, sin que medien necesariamente causas exógenas aparentes: "La ausencia de realización de la expectativa hará que en algún momento me 'ponga furioso', es decir, me convierta en un enemigo del orden establecido. Este cambio de partidario a enemigo es simplemente un resultado del paso del tiempo: no hay ningún hecho externo particular que desate este giro dramático. En este sentido, la teoría del conflicto social propuesta aquí es muy distinta de la hipótesis de la 'curva J' que atribuye los estallidos revolucionarios a una recesión repentina de la actividad económica tras un largo auge", según Hirschman.

De manera que, si pretendemos mantener la democracia en el Perú, por más 'delegativa' (O'Donnell) que sea y por más débiles los hilos que aún la sostienen, el próximo gobierno -independientemente de su color político- tendrá que afrontar la grave 'crisis distributiva' que rige y que ha sido tan bien diagnosticada por Adolfo Figueroa y que es tan poco percibida por los contendores del 9 de abril y el 11 de mayo, en que nos veremos obligados a elegir entre guatemala y guatapeor.

Ya más en serio, a la hora de votar, no sé si habrá que ir por el blanco, el viciado o por alguno de los otros 21, porque los dos menúes disponibles en la vidriera indigestarán al país aún más de lo que está, conduciéndonos invariablemente a la ingobernabilidad, por no decir al caos. De un lado, tenemos a la candidata que Hugo Chávez ha tildado malcriadamente como la 'representante de la oligarquía', cuando en realidad lo es de la plutocracia y del capital transnacional. Del otro, disponemos del candidato-sorpresa de apariencia izquierdista, cuyas raíces son clásicamente fascistas, dadas sus -hasta ahora- solapadas consignas etnocaceristas-nacionalsocialistas-militaristas, muy a tono con las bases sociales anómicas que lo sustentan. Pero no hay que perder la esperanza, porque seguramente ando totalmente despistado, ya que no hay que olvidar que los economistas somos tan malos como los astrólogos para pronosticar el futuro... aunque se trate de lo que habrá de pasar el día de mañana.

Fuente: Actualidad Económica del Perú y en La Insignia. Lima, enero 10, 2006.

Bibliografía

Dahrendorf, Ralf (2005). "La política de la frustración", en Project Syndicate.

Figueroa, Adolfo (1993). La crisis distributiva en el Perú. Lima: Fondo Editorial de la Pontificia Universidad Católica del Perú.

González Casanova, Pablo (1965). La Democracia en México. México, D.F.: Ed. Era. Hirschman, Albert (1973).

"The changing tolerance for income inequality in the course of economic development", en The Quarterly Journal of Economics, vol. 87, no. 4; pp. 544-566.

O'Donnell, Guillermo (1992). ¿Democracia Delegativa?", en Cuadernos de CLAEH, no. 61.

jueves, enero 05, 2006

La sonrisa de las multinacionales

En el transcurso del último cuarto de siglo la economía mundial han mutado drásticamente, como consecuencia de las peculiaridades de la nueva revolución tecnológica (microelectrónica, biotecnología, nuevos materiales y demás), por la terca e ingenua aplicación del simplista Consenso de Washington (decálogo de políticas de apertura y liberalización de las economías) y por el ingreso agresivo al comercio internacional -culminada la Guerra Fría- de los países-continente (China, India, Rusia). A ese proceso se le ha venido denominando equívocamente globalización, cuyas repercusiones son bastante mayores a uno de similar importancia acaecido entre 1870 y 1914.

A raíz de esas transformaciones, durante estas últimas décadas se han modificado notoriamente, tanto la división del trabajo entre y dentro de los países y de las empresas, como la estructura y dinámica del comercio y las finanzas internacionales. Aquí nos concentraremos únicamente en ciertos aspectos medulares de este nuevo entorno externo y en algunas de las consecuencias que viene acarreando esa metamorfosis para economías periféricas como la nuestra.

La curva de la sonrisa

De una parte, gracias a los factores enumerados, las empresas transnacionales (ETN) han venido reasignando sus inversiones y ciertas etapas de sus procesos de producción de bajo valor agregado y de rendimientos decrecientes a los países subdesarrollados, a fin de reducir sus costos. Esto ha sido posible gracias a la posibilidad de modularizar o particionar las cadenas de producción, dividiendo en diversas fases su esquema de generación de cada mercancía industrial.

Lo que les permite des y re localizar la producción en función a sus particulares intereses geopolíticos y conveniencias pecuniarias, como se puede observar en el gráfico 1. En éste observamos -si bien burda e idealizadamente- el complejo productivo de un determinado bien industrial (que también podría adaptarse para estudiar el caso de algún recurso natural) en sus diversos componentes: el desarrollo del prototipo o modelo; la producción de los moldes y las partes más intensivas en conocimiento; las unidades modulares homogéneas y mecánicas de la producción; el ensamblaje trabajo-intensivo de las partes, que puede adoptar la forma de maquila; la distribución y las ventas propiamente dichas; y los servicios post-venta. La marca del bien, obviamente, proviene de las ETN, cuya publicidad -deslocalizada también- abarca al mundo como un todo.

Resulta que, de acuerdo a los datos, los extremos de esa cadena generan un valor agregado superior (mayores ganancias y remuneraciones) y rendimientos crecientes a escala. Y son precisamente esos segmentos los que guardan propiamente para sí -se especializan en ellas- las empresas del norte. Mientras, en las partes centrales de la cadena, se encuentran las actividades que ofrecen menores valores agregados (con rendimientos decrecientes y menores tasas de ganancia) y que son los procesos que las ETN transfieren a los países del hemisferio sur para que se 'especialicen' en ellos, siempre según los principios de las clásicas 'ventajas comparativas' (estáticas) y determinadas variables político-institucionales.

Algo similar sucede en los sectores de servicios, tales como las finanzas, la logística, las telecomunicaciones y el turismo, en que las ETN concentran sobre sí la producción de las lucrativas componentes de los extremos -tanto de las que se encuentran 'río arriba', como de las ubicadas 'río abajo'- del proceso, dejándonos a nosotros los depreciados espacios de la hondonada o 'fondo de pozo' de la curva en U.

De manera que la curva de este diagrama representa el valor agregado -básicamente la suma de remuneraciones y ganancias- a lo largo de la cadena de valor y que el Presidente de la empresa taiwanesa Acer Inc. ha calificado pertinentemente -fijándose en su forma- como una 'Curva de la Sonrisa'. Pensando en el fondo, la curva representa -diríamos que casi literalmente- la sonrisa de las ETNs norteamericanas, europeas, japonesas y del sudeste asiático, que son las que más se benefician de esta relativamente nueva división internacional 'modular' del trabajo.

Por lo demás, si se procesa un avance tecnológico específico, en que un módulo puede producirse con rendimientos crecientes y elevado valor agregado (altamente intensivo en conocimiento o basado en una innovación reciente), su producción inmediatamente se transferirá de la periferia a los centros. Es el caso, por ejemplo, de cierta marca de pijamas cuyas etiquetas originalmente decían: 'tela norteamericana, corte y confección de República Dominicana (RD)'; y que, cuando se desarrolló el rayo láser, cambiaron la inscripción, después de transferir el módulo pertinente a la metrópoli: 'tela y corte en EEUU y confección en RD'.

Evidentemente, ciertos productos manufacturados -por sus peculiaridades y por decisión centralizada de las ETN- se fabrican íntegramente en el norte y otros en el sur. Baste el ejemplo de las pelotas -tomado de Erik Reinert, como el ejemplo anterior- para ilustrar el hecho de que las mercancías que tienen alto contenido tecnológico y rendimientos crecientes se las reservan los fabricantes del norte, mientras que las que son intensivas en trabajo y bajo valor de retorno quedan para los del sur: en tal sentido, las de golf se producen en EEUU, por su alto grado de mecanización; y, del otro, las de béisbol se fabricaban en Haití y las de fútbol (encima, hasta hace poco, por niños) en Pakistán, en que ambas han dejado de hacerlo por decisión de los 'planificadores globales' por razones políticas, de 'responsabilidad social' u otras más pecuniarias. Naturalmente el día en que una innovación tecnológica deje de hacer necesario el cosido a mano de los paños para configurar esos balones, la producción de esa mercancía se reconcentrará -robots de por medio, quizás- en los países metropolitanos.

Industrialización bastarda y competencia autodestructiva

La descripción anterior, a pesar de su superficialidad, nos lleva a pensar que muchos países se están industrializando solo en apariencia, en la medida en que su dinámica no es autocentrada, sino exo y teledirigida por las ETN, que son las que les asignan los módulos específicos que generan el menor valor agregado de toda la red global.

De manera que lo que en algunas economías periféricas da la apariencia que se está desarrollando un sector industrial moderno o ramas manufactureras específicas para la exportación, no es sino una industrialización espuria y manca, compuesta por segmentos enlazados a procesos internacionales de valor que en cualquier momento se pueden desactivar desde el Norte, sea por razones económicas o financieras, sea por sucesos puramente políticos. Para lo que basta que la empresa 'planificadora' de la metrópoli decida cambiar el destino de sus inversiones y sus 'módulos' por alguno de aquellos motivos. Con lo que esa rama económica y hasta la economía toda quedaría disminuida o incluso desplazada del circuito internacional de división del trabajo, ya que no posee el potencial financiero, científico y tecnológico necesario para mantener en pie el sector o la rama mencionadas.

De otra parte, diferenciando gruesamente entre diversos tipos de mercancías que se transan a escala mundial, observamos -según el gráfico 2- que los que más han crecido o que tienen una mayor participación en el comercio internacional son los de las manufacturas altamente intensivas en tecnología, siguiéndoles de cerca las de tecnología intermedia y, bastante más atrás, las de bajo contenido tecnológico. Completando la pentatipología, se observa la precaria evolución y participación de las exportaciones menos dinámicas, tanto las manufacturas intensivas en recursos naturales, como las que son propiamente materias primas, que son precisamente 'nuestra especialidad' y en las que basamos todas nuestras ilusiones para insertarnos al caprichoso mercado mundial, sin tener conciencia plena de la subordinación y precariedad que ello significa.

Lo que quiere decir que estamos concentrando nuestros esfuerzos en la exportación precisamente de estas commodities (de recursos naturales y manufacturas sencillas), que muestran una expansión más pausada que todas las demás categorías y que son las que menores porcentajes del comercio internacional representan.

Más grave aún, como casi todos los países del denominado Sur vienen siguiendo rutas similares a la nuestra, a la larga, no hay duda que nuestros términos de intercambio declinarán más y más, llevando -entre otros maleficios- a lo que Jagdish Bhagwati denominara 'crecimiento empobrecedor', caracterizado por tasas relativamente elevadas -aunque temporales y cíclicas- de crecimiento económico que son acompañadas por declinantes niveles de bienestar de la población, básicamente como consecuencia del deterioro de los términos de intercambio. Lo que no solo incluye a las materias primas (agropecuarias, mineras, forestales, pesqueras), actualmente en auge coyuntural, sino asimismo a las exportaciones industriales intensivas en recursos naturales y las de bajo componente de conocimientos y tecnología, calificadas graciosamente por nuestras estadísticas como 'no tradicionales' (espárragos, uvas, café orgánico, flores y similares).

Con lo que se prolongará el inmemorial proceso de 'desarrollo del subdesarrollo' -por usar un viejo aunque cada día más fresco dictum de André Gunder Frank- a lo largo del presente siglo, en la medida en que nos estamos concentrando justamente en la producción y la exportación de los bienes y servicios más intensivos en trabajo, de menores márgenes de ganancia y reducido valor agregado, de rendimientos decrecientes a escala, de términos de intercambio declinantes, de bajo valor de retorno, de escasas externalidades positivas, etc. ¿Cuándo aprenderemos que lo importante no es cuánto exportamos sino qué exportamos (Hausmann y Rodrik)?

Y, lo que es más grave, la 'sonrisa' del primer diagrama se irá curvando cada vez más, reflejando el beneplácito de la ETN, precisamente como consecuencia de lo señalado: porque más y más economías se están especializando en manufacturas sencillas y en simples procesos de ensamblaje (maquilas, zonas de procesamiento de exportaciones y similares), al igual que aquellas que se vienen concentrando crecientemente en la exportación de materias primas y productos 'no tradicionales'; ilusionados como están por la excelente coyuntura actual -desafortunadamente temporal- de los precios internacionales. Pero, precisamente por esto, la oferta se viene incrementando aceleradamente, lo que paulatina pero sostenidamente está dando lugar a una peligrosa sobreproducción mundial.

Aparte de la nociva división norte-sur del trabajo, esa creciente competencia horizontal 'de fondo de pozo' sur-sur ('trampa de la pobreza' en jerga más técnica) necesariamente llevará, entre otras medidas para aumentar la 'competitividad' espuria y bastarda, a devaluaciones competitivas, a reducciones de los salarios reales, a recortar los estándares laborales (la famosa 'necesidad' de flexibilización de los mercados de trabajo), a menores exigencias medioambientales en nuestros países. En la desesperada 'necesidad' por mantenernos en pie en esa aguerrida competencia sin destino y por 'caerle bien' a las ETN, estas nos vienen empujando al pozo, que pronto se convertirá en pantano. Si no despertamos a tiempo, la burlona sonrisa de las ETN (del gráfico 1) acaso habrá de convertirse en una sádica carcajada.

Fuente: “La sonrisa de las multinacionales”, en Actualidad Económica del Perú y en La Insignia, 5 de Enero de 2006.

La Sonrisa de las Empresas Transnacionales




FUENTE: Actualidad Económica del Perú, enero 5, 2006.


En el transcurso del último cuarto de siglo la economía mundial han mutado drásticamente, como consecuencia de las peculiaridades de la nueva revolución tecnológica (microelectrónica, biotecnología, nuevos materiales y demás), por la terca e ingenua aplicación del simplista Consenso de Washington (decálogo de políticas de apertura y liberalización de las economías) y por el ingreso agresivo al comercio internacional -culminada la Guerra Fría- de los países-continente (China, India, Rusia). A ese proceso se le ha venido denominando equívocamente globalización, cuyas repercusiones son bastante mayores a uno de similar importancia acaecido entre 1870 y 1914.

A raíz de esas transformaciones, durante estas últimas décadas se han modificado notoriamente, tanto la división del trabajo entre y dentro de los países y de las empresas, como la estructura y dinámica del comercio y las finanzas internacionales. Aquí nos concentraremos únicamente en ciertos aspectos medulares de este nuevo entorno externo y en algunas de las consecuencias que viene acarreando esa metamorfosis para economías periféricas como la nuestra.

La curva de la sonrisa

De una parte, gracias a los factores enumerados, las empresas transnacionales (ETN) han venido reasignando sus inversiones y ciertas etapas de sus procesos de producción de bajo valor agregado y de rendimientos decrecientes a los países subdesarrollados, a fin de reducir sus costos. Esto ha sido posible gracias a la posibilidad de modularizar o particionar las cadenas de producción, dividiendo en diversas fases su esquema de generación de cada mercancía industrial.

Lo que les permite des y re localizar la producción en función a sus particulares intereses geopolíticos y conveniencias pecuniarias, como se puede observar en el gráfico I. En éste observamos -si bien burda e idealizadamente- el complejo productivo de un determinado bien industrial (que también podría adaptarse para estudiar el caso de algún recurso natural) en sus diversos componentes: el desarrollo del prototipo o modelo; la producción de los moldes y las partes más intensivas en conocimiento; las unidades modulares homogéneas y mecánicas de la producción; el ensamblaje trabajo-intensivo de las partes, que puede adoptar la forma de maquila; la distribución y las ventas propiamente dichas; y los servicios post-venta. La marca del bien, obviamente, proviene de las ETN, cuya publicidad -deslocalizada también- abarca al mundo como un todo.

Resulta que, de acuerdo a los datos, los extremos de esa cadena generan un valor agregado superior (mayores ganancias y remuneraciones) y rendimientos crecientes a escala. Y son precisamente esos segmentos los que guardan propiamente para sí -se especializan en ellas- las empresas del norte. Mientras, en las partes centrales de la cadena, se encuentran las actividades que ofrecen menores valores agregados (con rendimientos decrecientes y menores tasas de ganancia) y que son los procesos que las ETN transfieren a los países del hemisferio sur para que se 'especialicen' en ellos, siempre según los principios de las clásicas 'ventajas comparativas' (estáticas) y determinadas variables político-institucionales.

Algo similar sucede en los sectores de servicios, tales como las finanzas, la logística, las telecomunicaciones y el turismo, en que las ETN concentran sobre sí la producción de las lucrativas componentes de los extremos -tanto de las que se encuentran 'río arriba', como de las ubicadas 'río abajo'- del proceso, dejándonos a nosotros los depreciados espacios de la hondonada o 'fondo de pozo' de la curva en U.

De manera que la curva de este diagrama representa el valor agregado -básicamente la suma de remuneraciones y ganancias- a lo largo de la cadena de valor y que el Presidente de la empresa taiwanesa Acer Inc. ha calificado pertinentemente -fijándose en su forma- como una 'Curva de la Sonrisa'. Pensando en el fondo, la curva representa -diríamos que casi literalmente- la sonrisa de las ETNs norteamericanas, europeas, japonesas y del sudeste asiático, que son las que más se benefician de esta relativamente nueva división internacional 'modular' del trabajo.
Por lo demás, si se procesa un avance tecnológico específico, en que un módulo puede producirse con rendimientos crecientes y elevado valor agregado (altamente intensivo en conocimiento o basado en una innovación reciente), su producción inmediatamente se transferirá de la periferia a los centros. Es el caso, por ejemplo, de cierta marca de pijamas cuyas etiquetas originalmente decían: 'tela norteamericana, corte y confección de República Dominicana (RD)'; y que, cuando se desarrolló el rayo láser, cambiaron la inscripción, después de transferir el módulo pertinente a la metrópoli: 'tela y corte en EEUU y confección en RD'.
Evidentemente, ciertos productos manufacturados -por sus peculiaridades y por decisión centralizada de las ETN- se fabrican íntegramente en el norte y otros en el sur. Baste el ejemplo de las pelotas -tomado de Erik Reinert, como el ejemplo anterior- para ilustrar el hecho de que las mercancías que tienen alto contenido tecnológico y rendimientos crecientes se las reservan los fabricantes del norte, mientras que las que son intensivas en trabajo y bajo valor de retorno quedan para los del sur: en tal sentido, las de golf se producen en EEUU, por su alto grado de mecanización; y, del otro, las de béisbol se fabricaban en Haití y las de fútbol (encima, hasta hace poco, por niños) en Pakistán, en que ambas han dejado de hacerlo por decisión de los 'planificadores globales' por razones políticas, de 'responsabilidad social' u otras más pecuniarias. Naturalmente el día en que una innovación tecnológica deje de hacer necesario el cosido a mano de los paños para configurar esos balones, la producción de esa mercancía se reconcentrará -robots de por medio, quizás- en los países metropolitanos.

Industrialización bastarda y competencia autodestructiva

La descripción anterior, a pesar de su superficialidad, nos lleva a pensar que muchos países se están industrializando solo en apariencia, en la medida en que su dinámica no es autocentrada, sino exo y teledirigida por las ETN, que son las que les asignan los módulos específicos que generan el menor valor agregado de toda la red global.

De manera que lo que en algunas economías periféricas da la apariencia que se está desarrollando un sector industrial moderno o ramas manufactureras específicas para la exportación, no es sino una industrialización espuria y manca, compuesta por segmentos enlazados a procesos internacionales de valor que en cualquier momento se pueden desactivar desde el Norte, sea por razones económicas o financieras, sea por sucesos puramente políticos. Para lo que basta que la empresa 'planificadora' de la metrópoli decida cambiar el destino de sus inversiones y sus 'módulos' por alguno de aquellos motivos. Con lo que esa rama económica y hasta la economía toda quedaría disminuida o incluso desplazada del circuito internacional de división del trabajo, ya que no posee el potencial financiero, científico y tecnológico necesario para mantener en pie el sector o la rama mencionadas.

De otra parte, diferenciando gruesamente entre diversos tipos de mercancías que se transan a escala mundial, observamos -según el gráfico 2- que los que más han crecido o que tienen una mayor participación en el comercio internacional son los de las manufacturas altamente intensivas en tecnología, siguiéndoles de cerca las de tecnología intermedia y, bastante más atrás, las de bajo contenido tecnológico. Completando la pentatipología, se observa la precaria evolución y participación de las exportaciones menos dinámicas, tanto las manufacturas intensivas en recursos naturales, como las que son propiamente materias primas, que son precisamente 'nuestra especialidad' y en las que basamos todas nuestras ilusiones para insertarnos al caprichoso mercado mundial, sin tener conciencia plena de la subordinación y precariedad que ello significa.

Lo que quiere decir que estamos concentrando nuestros esfuerzos en la exportación precisamente de estas commodities (de recursos naturales y manufacturas sencillas), que muestran una expansión más pausada que todas las demás categorías y que son las que menores porcentajes del comercio internacional representan.

Más grave aún, como casi todos los países del denominado Sur vienen siguiendo rutas similares a la nuestra, a la larga, no hay duda que nuestros términos de intercambio declinarán más y más, llevando -entre otros maleficios- a lo que Jagdish Bhagwati denominara 'crecimiento empobrecedor', caracterizado por tasas relativamente elevadas -aunque temporales y cíclicas- de crecimiento económico que son acompañadas por declinantes niveles de bienestar de la población, básicamente como consecuencia del deterioro de los términos de intercambio. Lo que no solo incluye a las materias primas (agropecuarias, mineras, forestales, pesqueras), actualmente en auge coyuntural, sino asimismo a las exportaciones industriales intensivas en recursos naturales y las de bajo componente de conocimientos y tecnología, calificadas graciosamente por nuestras estadísticas como 'no tradicionales' (espárragos, uvas, café orgánico, flores y similares).

Con lo que se prolongará el inmemorial proceso de 'desarrollo del subdesarrollo' -por usar un viejo aunque cada día más fresco dictum de André Gunder Frank- a lo largo del presente siglo, en la medida en que nos estamos concentrando justamente en la producción y la exportación de los bienes y servicios más intensivos en trabajo, de menores márgenes de ganancia y reducido valor agregado, de rendimientos decrecientes a escala, de términos de intercambio declinantes, de bajo valor de retorno, de escasas externalidades positivas, etc. ¿Cuándo aprenderemos que lo importante no es cuánto exportamos sino qué exportamos (Hausmann y Rodrik)?

Y, lo que es más grave, la 'sonrisa' del primer diagrama se irá curvando cada vez más, reflejando el beneplácito de la ETN, precisamente como consecuencia de lo señalado: porque más y más economías se están especializando en manufacturas sencillas y en simples procesos de ensamblaje (maquilas, zonas de procesamiento de exportaciones y similares), al igual que aquellas que se vienen concentrando crecientemente en la exportación de materias primas y productos 'no tradicionales'; ilusionados como están por la excelente coyuntura actual -desafortunadamente temporal- de los precios internacionales. Pero, precisamente por esto, la oferta se viene incrementando aceleradamente, lo que paulatina pero sostenidamente está dando lugar a una peligrosa sobreproducción mundial.

Aparte de la nociva división norte-sur del trabajo, esa creciente competencia horizontal 'de fondo de pozo' sur-sur ('trampa de la pobreza' en jerga más técnica) necesariamente llevará, entre otras medidas para aumentar la 'competitividad' espuria y bastarda, a devaluaciones competitivas, a reducciones de los salarios reales, a recortar los estándares laborales (la famosa 'necesidad' de flexibilización de los mercados de trabajo), a menores exigencias medioambientales en nuestros países. En la desesperada 'necesidad' por mantenernos en pie en esa aguerrida competencia sin destino y por 'caerle bien' a las ETN, estas nos vienen empujando al pozo, que pronto se convertirá en pantano. Si no despertamos a tiempo, la burlona sonrisa de las ETN (del gráfico 1) acaso habrá de convertirse en una sádica carcajada.